En ese gran salón, un hombre maduro capta enteramente la atención del respetable contando historias. Carlos Torres, ese es su nombre, ha hablado del enamoramiento de María Reiche con nuestro soleado suelo de Nazca, pues fue gracias a una visión desde los cielos que tuvo del mono de nueve dedos (sí, no diez) que la terminó por atrapar a esta tierra. El público se siente parte de esto, porque un monito ha aparecido en el techo del salón.

Carlos lleva una casaca colorida y un jean casual. Se pasea detenidamente narrando por esta gran aula de la Casa de la Literatura.  Sin llegar a cruzar la línea que lo separa del público, urdía historias de construcciones, músicos que cantan sin instrumentos y luchas libertarias.

Algunos toman fotos.

Un niño se lleva la mano al bolsillo y sostiene algo: es un caramelito que le regalará al señor Carlos una vez haya acabado de contar los cuentos. Seguidamente, le dirá que él es un gran lector.

Este último sábado de julio, Carlos Torres presenta, como ya es tradicional, su sesión de cuentos. La ubicación no puede ser más inspiradora pues al costado de la Casa de la Literatura, donde nos encontramos, está Palacio de Gobierno, punto de encuentro de dramas, comedias y tragedias que signan la historia del país.

A días del mensaje presidencial, Carlos, como por una premonición, narra su última historia, una escrita por el novelista Ciro Alegría llamada El desaliento, la cual cuenta cómo el diablo bajó a la tierra y vendió todos los males habidos. La gente no le compraba el desaliento por su alto precio. Finalizada la venta, solamente el desaliento quedaba. El diablo, molesto, lo arrojó a los vientos, gritando estas palabras: “¡Con este mal, todos; sin este mal, ninguno!”.

Terminado el cuento, Carlos se despide, recibe los saludos del público, alza su mochila en la que lleva títeres y adornos para hacer más vivaces los momentos del cuento y acepta ser entrevistado.

¿Cómo inicia su trabajo como artista?

-En enero del 2012. Esa fue mi primera presentación como narrador de historias en la Triple A, en una ocasión en que se preparaba un homenaje por el centenario de don José María Arguedas. Yo narré una historia muy larga. Creo que se desanimaron después por haberme invitado, porque casi no quedó tiempo para quienes venían después, pero el tema que me pusieron era bien extenso: Jose María Arguedas y las novelas que leí. Y yo iba contando qué tipo de historia me había ligado con cada título. Esa fue mi primera oportunidad.

¿Y por qué narrar cuentos? ¿Por qué no otra cosa?

-Bueno, mi especialidad profesional es ingeniería eléctrica. Yo estudié ingeniería eléctrica y soy especialista en baterías, acumulación de energía, pilas y baterías. Y cada cierto tiempo me pedían una charla de capacitación en ese tema: mantenimiento, usos y cuidados, selección de equipos. Antes de iniciar la exposición, para hacerla amena, iba  contando historias que tenían que ver justamente con el tema de baterías.  Eso era parte de la experiencia que había acumulado con la venta de baterías. Entonces ahí veía el poder que tenía la historia. Hasta que armé una, buscando información, que tenía que ver con Arquímedes y la densidad (la densidad es una característica muy importante para los que trabajan con baterías).  Entonces me hice conocido con ese tema. A partir de ahí, comencé como un narrador, que no lo era, pero había logrado facilidad de exposición, dominio del público y, anteriormente, yo tenía una gran capacidad de lectura. He tenido la suerte de estar conectado con los libros desde muy niño.

Esa capacidad que usted tiene le resulta provechosa a la hora de hacer narraciones extensas como hoy…

-Claro, me sirven. Por ejemplo, yo no repito una palabra. Y no estoy haciendo una exhibición de mi capacidad. Lo que pasa es que pienso que si yo fuera oyente me gustaría escuchar “cajón”. Después una palabra que sea “cajón” pero que no sea “cajón” mismo. Era el cubo de madera. Entonces la capacidad de haber leído bastante me da ese tipo de habilidad.

También es importante no usar muletillas.

-Claro, eso también los cansa.

¿ Cómo toma el hecho de la falta de atención actualmente? Le preguntó esto en referencia a la generación Facebook, a la sociedad que vive conectada con los aparatos modernos.

-Ah, claro, o sea, el público es escaso. Pero oportunidades como esta van abriendo camino. De continuar así, quizás de aquí a unos cincuenta años haya una mayor oportunidad para las historias.

¿Cuál es su criterio para seleccionar cuentos? ¿Lo tiene o simplemente fluye?

-Es lo que me voy en ese mismo momento evocando. Desde el principio [habla de su trabajo de esta tarde] comencé hablando sobre la construcción de la carretera de Tingo María-Pucallpa y de ahí podía haberme quedado en un cuento porque una historia me jala a la otra. Le voy diciendo: yo no tengo las historias de memoria, sería imposible. Las voy construyendo en el momento en que las relato. No es que de la nada las vaya haciendo. Sino que sé cuál es la estructura de la historia, sé cuál es su inicio y final y las voy llenando de palabra al momento que las voy narrando.

Entonces, diríamos, que usted lee la historia, analiza la estructura, pero ya pone palabras de su propia cosecha.

-Pongo de mi propia cosecha las palabras pero no cambio la historia. Cuando leo una historia, que casi todas las historias que cuento son de lectura, pues no tengo cuentos ancestrales, que me gustaría, pero estoy moviéndome en un medio urbano. Todos los relatos que cuento, son relatos de autor, algunos son anónimos. Pero para poder relatarlo tengo que hacer una conversión. No todo relato escrito se puede transformar en relato oral. Algunos son muy, muy difíciles pero para poder hacerlo, necesito poner lo mío. Entonces voy leyéndolo, lo interpreto, voy buscando el mensaje, porque todo cuento tiene uno que no se cuenta. Entonces cuando logro eso ya lo puedo narrar.

¿Cuenta historias largas? ¿Cómo hace para contarlas?

-La historia más larga es un cuento que se llama La mujer de la frontera que (piensa) demora 28 minutos. Es un cuento de cincuenta páginas. Lo leí hace como seis años y me gustó. Lo volví a encontrar y dije: “Esto podría narrarse”. Lo leí, lo reduje a diez páginas, después a ocho y después a seis. Ahí ya quedó como para contar.  Alteré un poco también la secuencia, porque el cuento escrito juega con los tiempos a veces. En ellos, usted comienza en un presente, va a un pasado y después retorna a donde inició. Eso es difícil hacerlo en narración. Por ello, las más de las veces las narraciones son lineales. En este caso, también tuve que convertirlo. Y el autor quedó contento. Yo le escribí al autor para que me autorice relatarlo, pero nunca pude contactar con él. Pero le presentaron el video, porque hay un video hecho de ese cuento, y le gustó la forma como se había llevado la narración.

Seguramente, en sus primeros días de cuentista, habrá observado que, mientras cuenta, hay en el auditorio personas que no le prestan atención. ¿Qué hace frente a eso?

-Elevo la voz, me muevo o me acerco a la persona que en ese momento o está adormitando o parece que está un poco perdida. Uno tiene que mirar al oyente. Es algo que aprendí cuando seguí unos cursos muy cortitos sobre narración. El mirar al otro establece una comunicación entre el decidor y el escuchador. Algo, por ejemplo, que no pude hacer cuando me invitaron una vez a narrar en la Union Nacional de Ciegos. Ahí no pude mirar al oyente.

¿Qué hizo ante eso?

-Bueno, eso fue difícil, pues, ¿no? Los invidentes no solamente escuchan con el oído, también escuchan con las manos, con los pies, con los brazos. Lo veía porque cuando se saludaban entre ellos, no es el saludo nuestro, ¿no? Sino que además se frotaban, se reconocían. Quizá eso me ayudó de parte de ellos.

¿Cuándo va a dar otra función?

-No sé cuándo la daré, pero usualmente me presento todos los sábados a eso de las 11: 30 en el campo ferial del libro de Amazonas, en la sala de lectura Mario Vargas Llosa. Tiene que haber algo muy extraordinario para que no esté, pero usualmente siempre estoy.

¿Es su labor o hobbie?

-Es… (piensa) un poco les solicite que nos dieran ese espacio, lo dieron y… no vivo del cuento.

No, no, no podría. O sea, es… ehh… mi profesionalismo en baterías lo que me permite poder tener esta posibilidad. Claro, ya he sido contratado por una editorial para narrar en colegios. Eso –piensa de nuevo- es un logro. Pero si solamente hubiera comenzado con las historias hubiera sido muy difícil. Creo que no hubiera sido… No hubiera podido tener acceso a adquirir libros, que ahí está la fuente de las historias.

Y hablando sobre eso, ¿cómo  toma esa realidad, la del artista que no puede dedicarse de lleno a su pasión y tenga que utilizar las herramientas de la Academia u otras?

-Bueno, hay quienes que sí lo hacen, yo creo que tienen mucha valentía, saben cómo hacerlo. Hay gente que conozco que vive de eso. Yo al inicio dije: “¿Para qué sirve leer? ¿Para qué sirve hacer títeres? ¿Para qué sirve narrar historias? O, ¿para qué sirve hacer mimo?” Pero… Cuando descubramos que eso también es una necesidad, tanto como la necesidad de seguridad ciudadana o la de acceso a un sistema de salud que sea decoroso, quizá la historia cambie. Por ahora lo vemos como un bien que se puede prescindir. Como mucha gente toma el cuidado de la salud mental. Te puedes ir al médico si te duele la muela, si te duele la cabeza, si tienes fiebre. No piensas que también acceder a una terapia mental, a un psicólogo, tiene también sus beneficios. No lo consideras como una necesidad muy mediata. Eso es lo que tenemos.

Al narrar historias, alguien piensa… Una vez subí, un taxista me dijo: “Pero, ¿tu narras historias? Yo también puedo contar, mira que (me va a disculpar, me dice, la expresión porque voy a usar…) mira, mira este huevón y se sacó la conchasumadre y, entonces, tú dices ve y, tan-tan, te aplaudieron”.

Termina de decir eso y me mira por segundos.

-No es tan sencillo. Es sencillo pero no es tan sencillo en el sentido que… uno, cuando narra una historia, se hace uno con la historia que narra. Si no, prenderíamos una grabadora, pues, y la gente escucha.

Foto: RPP

16-08-14