Marcan las 7:45 pm, y varios alumnos ya se encuentran en sus asientos. Me dirijo hacia la laptop del escritorio designado para “teachers”. Ese es mi lugar, mi área personal. Aquel pedazo de madera crea la barrera física entre profesor y alumno. Día del writing —repaso mentalmente— 30 minutos libres, pues solo me dedicaré a monitorearlos (o fingir que lo hago) hasta que acabe la clase. Sin embargo, hay un largo trecho de 1 hora antes de llegar a ese ansiado momento.

Empiezo a dictar; finjo la sonrisa inicial para dar la bienvenida empleando todos mis conocimientos sobre el lenguaje corporal para así motivar a mis alumnos. Como “teacher”, hay días buenos, sin tanto ajetreo, como también días malos, en los que solo me queda sobrevivir. A pesar de todo, el trabajo es interesante, una experiencia de vida más, ya que finalmente estoy en el otro lado, el del profesor. Puedo ver a través del alumno; ver su aburrimiento, su alegría, el desinterés, la duda, el miedo y entre otras cosas.

Comienzo a escribir la estructura del Present Continuous en la pizarra. “Never forget the use of the verb to be (is, am, are), it’s very important for this tense”. Ha pasado media hora sin darme cuenta, así que empieza la parte práctica, en la cual los estudiantes resuelven los ejercicios mientras que tomo algo de agua, y los observo hasta que inicia lo bueno.

“Teacher, I have question”, “teacher, can you come please?” y el clásico “teacher, how do you say ___ in English?”. Voy de un lado a otro absolviendo las dudas esperando que no me pregunten algo que ni yo mismo sepa, porque, si algo he aprendido, es que de los alumnos se puede esperar lo que sea. “Is there any volunteer for number one?” Silencio total, por lo que solo me queda llamar a alguno a la fuerza. Ese es el poder de un profe. Lamentablemente, no todos respetan a la autoridad. Nuevamente, el grupo de siempre empieza a causar desorden. Debo mostrarme firme, pero “nice” a la vez, para evitar intimidar. Consigo callar al grupo menos a una alumna que a veces busca “trolearme”. Ignorar es una opción para no mostrarle que me molesta. Funciona. Mi intuición me ha salvado una vez más. “Si no estuviera de” teacher”, me encargaría del asunto a mi estilo”, —pienso—, pero entonces recuerdo mis épocas juveniles, cuando ocasionaba problemas, y me digo: “Aún está en el cole, típico de su edad”.

Finalmente, el momento del writing ha llegado. Es viernes y solo quiero irme a descansar. Cada uno inicia una carrera contra el tiempo, siendo yo el más tranquilo. En un examen, el profesor puede relajarse: no hay que dictar, sino solo ver a los alumnos sufrir o reír. Se siente bien estar del otro lado y no en la PUCP dando parciales. Por el contrario, corregir exámenes es otra cosa.

Acaba la clase y recojo los writings. “Bye teacher” es el saludo final. Es entonces cuando se me acerca aquel hombre entrado en sus 50 años, y dentro de mí mismo me digo: “El alumno al que más le cuesta seguir la clase, quizás viene con una pregunta”. No es el caso, solo se acerca a darme la mano, a despedirse, no sin antes decirme “gracias”. Aquello me hizo sentir desconcertado, ya que “he hueveado parte de la clase y durante la semana”. No estoy seguro de qué haber hecho por él, pero al parecer le ayude a aprender. Un profesor trabaja por y para sus alumnos, y que estos aprendan es el mejor regalo que se puede recibir. No fue una gran clase, pero tampoco fue un desastre, por lo que puedo decir que algo se hizo bien.