La reunión de los países industrializados y emergentes del mundo sí ha atraído los ojos de todo el mundo. Como cualquiera de las grandes reuniones interestatales, ha recibido una enorme cantidad de críticas y de periodistas sedientos de ver cada movimiento de cada presidente o gobernador.  Las críticas implican muchas cosas. Una de las cosas que implica es un conjunto de decisiones que se tomarán políticamente a lo largo de los próximos años. Y también implica, por otro lado, una serie de protestas de enorme magnitud en contra de esta cumbre. Como esta cumbre es de una magnitud de dimensiones inmensas, las protestas también continúan con ese tamaño. Este es un acontecimiento del que sí puede decirse que tiene dos caras. O quizá tiene más. Es curioso ver las caras sonrientes en los presidentes que logran plantear objetivos comunes. Es curioso ver cómo los vínculos que se arman parecen ser tan aceptados por lo soñado. Es muy curioso. Y digo que es curioso por las constantes demostraciones de rabia en las caras de los protestantes. Digo que es curioso, porque hay un número de protestantes enorme que están durante días en las calles. Digo que es curioso: es probable que el sentir de la sociedad civil que se queja nada o muy poco tenga que ver con el ámbito político. Sin dudarlo, esto es todo un tema. Es controversial hasta el hueso. En cada una de las cumbres de este tipo, siempre surge la misma actitud. ¿Por qué? ¿Qué es lo que causa que, mientras unas fotos muestran a unos tan felices, otros se encuentran tan enojados?

La tensión entre la política y sociedad civil es un tema de largo registro en la historia en general. Muchos pensadores políticos de los inicios de la Modernidad fueron artífices de diversos sistemas políticos que trataban de hallar un sistema que estableciera la mejor relación entre el ámbito de la gobernanza y el ámbito de lo social. Se habló tanto de esfera pública, de “lo político”, de representatividad, de democracia –que pareciera uno de los mayores nexos entre aquello que es público y aquello que es privado–, de Estado, de una serie de temas más que cambiaron la forma de entender las formas en las se gobernaba y se organizaba la vida en general. Thomas Hobbes hablaba de un consenso social y cesión de libertades para que uno trajera orden y seguridad. John Locke trataba temas de propiedad privada y defensa de los primordiales derechos de la sociedad civil. Rousseau traía la idea de voluntad general: una asamblea enorme en la que cada miembro de la sociedad civil fuera parte constituyente de aquello que era concerniente a lo político. Kant pensaba en un autogobierno de cada uno que fuera el principio de un Estado totalmente justo y global. Hegel ya hablaría en términos directos sobre la sociedad civil y el Estado como partes de un proceso que debían ir conjuntamente para satisfacer las necesidades de todos a partir de instituciones éticas que favorezcan tanto al “uno mismo” como “al otro”. Rawls trataría temas de igualdad y justicia. Arendt pondría en un altar a la capacidad política de acción deliberativa y democrática. Honneth y Habermas hoy en día se encargan de hacerle una visión a la política que abarque temas como el reconocimiento, la laicidad, la aceptación de nuevos credos políticos no necesariamente comunitarios sino también individualistas, entre otros. Después de tanto esfuerzo de reflexión, llega a preguntarse uno, ¿por qué hoy pasa Hamburgo, por ejemplo, noches intranquilas, llenas de fuego expandido y miedo por incertidumbre? Una primera contestación simple a esta pregunta se encuentra justamente en la existencia de tantas respuestas. Al existir varias respuestas, podemos darnos cuenta de que hay seria divergencia a la hora de definir cómo debe ser una relación entre la esfera privada (la sociedad civil) y la esfera pública (el Estado). Pero no solo nos trae eso a colación. Si es que hay tantas soluciones, es que siempre aparece un problema nuevo. Parece que el último problema, o la última serie de problemas, que ha surgido se ha vuelto un pan de cada día en términos demostrativos. Es decir, las noticias últimas acerca de las protestas nos hacen ver cómo se presentan estas protestas en el lugar en donde se celebra la cumbre, Hamburgo, y nos deja en claro que hay un patrón en esta visión quejumbrosa de la cumbre misma. Este patrón es el de la desigualdad que ha causado el sistema imperante.

Las grandes reuniones políticas, económicas y financieras a lo ancho y largo del planeta han sido escenarios constantes de protestas a causa de la insatisfacción de la sociedad civil mundial por las ineficientes medidas de los Estados. Los países empiezan a dialogar en un terreno en el que la gente se siente terriblemente disgregada. En otras palabras, los políticos dicen aquello que los civiles no han pedido. Por eso, los civiles dicen, gritan, manifiestan a gran volumen y con gran cantidad de gente en las calles qué es lo que quiere. Los carros quemados y las bombas lacrimógenas en la realidad opacarán por algún momento debido al humo la visión del terreno, pero como una imagen externa demuestran algo clarísimo: “¡No te estás preocupando del problema necesario!”. La gente ve a estos políticos manejando sus Estados como pueden (con sano esfuerzo, muchos de ellos y también como mucha capacidad de ensoñación) y, muchas veces, en vez de comprender la situación algo complicada en la que se encuentran estos gobernadores, los satanizan y el problema se vuelve radicalmente violento. El hecho de mostrar una imagen de lo sucedido en Hamburgo nos será suficiente ejemplo. Esta violencia desmedida en contra de una defectuosa relación entre el Estado y la sociedad civil tiene dos caras: una queja en contra, como se dijo, del sistema imperante capitalista financiero que endeuda a muchos países y que establece relaciones de control de algunos países a otros y una respuesta desmedida que solo ve lo negativo de este tipo de situaciones. Esto puede traernos a la cabeza, sin pensarlo dos veces, una frase que se le adjudica a Michel Foucault y que me parece muy adecuada para el momento actual: “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. Estos medios de diálogo se han convertido hoy en excusas de, en primer lugar, la incesante aparición de problema globales de improbable rápida solución y, en segundo lugar, de protestas desmesuradas que, en vez de llevar los ánimos a un nivel más racional para hacerle frente al problema, llevan los ánimos a un nivel totalmente emocional. El problema es doble. La cuestión es que hay que verlo de esa manera, aunque cueste. Esta Ge veinte realmente se siente.