Este conjunto de torres, galerías, locales y centros bancarios, se mezclan con los vendedores informales que tratan de lograr la mayor venta posible, en un juego que consiste en generar la mayor cantidad de dinero posible antes de que llegue la autoridad a decomisar todos sus productos.


Son las siete de la mañana y las calles se muestran vacías. El silencio se apodera del lugar. Las bocinas de los vehículos son las que le brindan el ritmo a las sucias avenidas que componen la trama urbana del emporio comercial de Gamarra. Son aproximadamente nueve calles, entre arterias principales y prolongaciones, las que componen el recorrido que realizan los compradores de cada día que optan por visitar las galerías del emporio comercial. Desde la prolongación Hipólito Unanue hasta la avenida Gamarra, este centro de comercio textil se ha convertido, con el paso del tiempo, en el motor de la producción económica de la micro y pequeña empresa.

Los puestos ambulantes de comida van llegando, como si fuera una procesión, por toda la avenida Humboldt. El ruido de las llantas desgastadas, el vaivén de las lonas en los precarios techos de los puestos de comida itinerantes, el crujir de los metales sueltos por el óxido, los grandes bidones de refresco, seguramente preparados en la madrugada, son los abastecedores de aquellos trabajadores que empezarán a llegar a partir de las nueve de la mañana.

Mediodía. Una persona corre por toda la avenida Prolongación Gamarra en dirección hacia Aviación. “¡Ahí vienen!, ¡escondan todo!”, se le escucha gritar, mientras sostiene unos percheros con polos y buzos de color negro. Todos los ambulantes que se encuentran en la vereda ofreciendo mercadería- de procedencia china- corren hacía las tiendas que están detrás de ellos. Esconden sus productos detrás de los mostradores, y sacan un banquito de madera para sentarse a vigilar su mercadería ilegal. “Los serenazgos nos quitan nuestras cosas. No respetan nada” comenta una de las señoras que vende bolsas de tela para transportar ropa.

Este centro de comercio se ubica en el distrito de La Victoria, en el terreno cedido por la familia Cánepa. Se estableció el mercado de La Parada hace más de setenta años entre las avenidas 28 de julio, Aviación y Gamarra. Como toda zona de comercio, necesitaba de accesos de transporte y zonas de abastecimiento de productos. Es entonces que este mercado se convierte en un punto de encuentro, terminal informal de buses de la sierra y zona de comercio de productos de primera necesidad. A partir de esto, aparecen corralones, chancherías e incluso chinganas y prostíbulos.

 Luego de que sucediera, como lo explica Matos Mar, la “oleada de migración provinciana” a partir de 1950, el índice de desocupación en Lima creció, a pesar de que para esta fecha un aproximado del ochenta por ciento de la población económicamente activa de Lima era dependiente económico de algún empleo.

Gamarra comprende aproximadamente diecisiete galerías, las cuales se agrupan en veinte manzanas. Estas albergan diecisiete mil locales manejados por diez mil empresarios. Un estimado de cincuenta mil personas son las que laboran en el emporio comercial. Lo más resaltante es que reciben entre sesenta y setenta mil personas todos los días.

La pulsera de oro y el anillo con un adorno en color rojo evidencian años de trabajo para conseguir aquellos objetos que se muestran bastante relucientes. Su tenida es impecable, una camisa rosada y un saco plomo combinan perfectamente con su pantalón y correa negra. Su oficina se encuentra en el corazón de la galería  El Éxito, una de las torres más conocidas en Gamarra. Diógenes Alva es una persona con un carácter fuerte.

“Los ambulantes han puesto mallas de venta en todas las paredes, puertas. Es increíble. Es una competencia desleal al empresario gamarrino, la informalidad se crea aquí mismo, por la misma autoridad”.

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Fue el empresario, Diógenes Alva, quien invirtió doscientos mil soles en seguridad para erradicar la informalidad en las calles. Esto a partir de que asumió el liderazgo de la Asociación de Empresarios de Gamarra. Y es que la situación de la venta de ropa de manera informal no apareció de manera gratuita.

Gamarra vende alrededor de cincuenta mil prendas por hora, si se calcula el tiempo en horario de jornada laboral. Esto quiere decir que en un día de trabajo de ocho horas, las tiendas pueden vender aproximadamente cuatrocientos mil prendas.

Una de las vendedoras informales, quien se ubica en el cruce del jirón Unanue con Huánuco, posee una opinión diferente. “Nosotros no somos informales. En realidad pagamos a la municipalidad un boleto que nos permite vender por día. En sí no tenemos un puesto, pero sí nosotros queremos trabajar. No molestamos a nadie, y es que tampoco tenemos para pagar un local. Están muy caros”.

“Todos tenemos el derecho de llevar un pan a la casa, eso es verdad. Pero yo creo que deben de formalizarse. Es justo que lo hagan, ya que nosotros en sí invertimos en los locales como formales. ¿De qué vale que paguemos tanto dinero, entonces?”, comenta la microempresaria Rosa Pacheco, quien se muestra indignada por la proliferación de informales. Son las doce y media de la tarde y el bullicio ahora es la que reina en las hacinadas calles.

Gamarra generó, para el año 2008, más de ciento cincuenta mil millones de dólares. Para el fin del gobierno de Ollanta Humala, este emporio comercial solo generó aproximadamente setenta y seis mil millones de dólares. Quiere decir que se redujo en casi el cincuenta por ciento su producción anual para el final del gobierno nacionalista.

“¡Pruébate amiga, te va a quedar lindo!”, grita una de las vendedoras informales en la calle Sebastián Barranca. Otro de los informales mira cómo esta vende. Sus ojos muestran cólera, como si fueran a atravesar el polo strapless color beige con puntos blancos y cortarlo a la mitad.

Este centro de comercio emplea a más de quinientos mil peruanos. Estos provienen de distintas partes de Lima, en incluso de distintas partes del país. El tren eléctrico es una de las conexiones que posee este concurrido centro de comercio para conectar a aquellas personas que laboran todos los días, de lunes a domingo, sobre todo en feriados. La estación Gamarra es la que brinda el acceso a los usuarios del tren a las instalaciones del emporio comercial.

El sesenta y uno por ciento de los trabajadores laboran en las tiendas comerciales. Estos se reparten generalmente entre los jaladores, los que atienden a los clientes, cajeros, y personal encargado de la seguridad en cada local comercial. El resto, el treinta y nueve por ciento, laboran en los restaurantes, bancos, son cargadores, trabajan en los talleres o se encuentran en la avenida Gamarra, donde están los que arreglan las máquinas de coser.

La tarde avanza y la premura por culminar la venta de los productos se vuelve más evidente en los informales. La prisa por la ausencia de luz se muestra en el regateo del precio de los productos que tienen en la mano. Generalmente estos compran las prendas en las galerías de ropa en la vía expresa Grau.

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“La gente que vende ropa de manera informal no necesariamente la compra procedente de China. Sino que los productos para su elaboración son de esa procedencia, por lo que su costo de producción es bajo. A eso se le añade el hecho de que no pagan impuestos ni alquiler de tienda, entonces el precio de venta de sus prendas supera en oferta frente a los vendedores formales de galerías.”

Frunce el ceño, aprieta el puño y levanta el tono de su voz. A pesar de corta estatura, Analiz dice estas palabras enfatizando su preocupación e indignación por la situación. Su padre es empresario y posee una tienda en las torres donde se producen y confeccionan las prendas. Ella no lleva una buena relación con él, pero pese a esa situación, le preocupa que la informalidad sea uno de los problemas que tenga que enfrentar su papá.

El sol se oculta y la multitud crece en volumen. Los responsables de las tiendas en las galerías recriminan a los jaladores por permitir que los vendedores informales se posicionen frente a la puerta de sus negocios. La gente apura el paso, compra casi compulsivamente. Y es que el peligro ronda por toda la avenida Gamarra. Los “cogoteros” rondan a los compradores y sus productos como hienas a la carroña. La masa de gente se agita, el ruido crece.

 “¡La Municipalidad!”, grita uno de los vendedores informales. La masa de informales se alborota y todos ellos corren a sus escondites. La calma vuelve a las calles de Gamarra. Por primera vez en toda esa noche, el silencio también se apodera del emporio comercial.