Perú perdió la semana pasada ante un Brasil potenciado. En el trámite, la selección no jugó un mal partido ni tuvo un mal planteamiento. Se demostró la medianamente repentina mejoría táctica que se adquirió para el partido en Asunción con, por ejemplo, la cobertura en el medio y los cierres laterales; es decir la defensa en general. Esta ya se había trabajado de una buena manera desde hacía tiempo. Gareca, desde que llegó a Perú, trabajó sus equipos de abajo para arriba siempre, priorizando menos lo ofensivo y dándole más importancia (además de tener una idea de juego plasmada desde el primer partido) al sector de atrás. De acá parte tal vez que, luego, en la Copa América Centenario, lo defensivo haya sido lo característico del equipo nacional; y que a esto le siga en Eliminatorias un desorden escandaloso en del ataque en los partidos, por un afán de generar una verticalidad innecesaria.

Para esta fecha doble Perú tuvo un despliegue ofensivo sorprendente, que se esperaba que llegara en algún momento por la intención notoria de Gareca de lograrlo. Primero, en ambos partidos, se adelantaron las líneas en relación a encuentros anteriores y hubo una presión sistemática y organizada, sin descubrir alguna banda o algún lugar en el centro del campo, con jugadores posicionados correctamente detrás del que realizaba o de los que realizaban la presión. Es decir, a diferencia de lo hecho anteriormente, Perú fue un colectivo mejor en este aspecto.

Hubo también asociaciones constantes en el medio con volantes que jugaron más juntos (con un equipo más corto en general), que jalaban y distraían a la marca rival para que luego se generen espacios en las bandas y se pueda atacar por ahí; hubo una dinámica continua en ataque. Se ganó también con el ingreso de Carrillo para lograr un desequilibrio que era necesario y poder funcionar en un sistema que necesitaba de un extremo puro, y se ganó con la creciente y extraordinaria movilidad de Cueva, que viene mejorando constantemente.

Se puede mencionar a más jugadores, pero más que inspiraciones individuales, que indudablemente también definen el desempeño de la selección, en mi opinión, se fue más un equipo, se jugó mejor como tal, se realizó el fútbol en su esencia: colectivamente. Así se le ganó bien a Paraguay: goleando y de visita. Brasil también realizó el fútbol en su esencia, como lo viene haciendo desde que llegó Tité. Es un equipo pragmático, vertical, directo y, a través de una intensidad impresionante, sentencia siempre y rápidamente. Se agrupan atrás, achican los espacios, y luego los agrandan a la hora de contraatacar, para así aprovechar el despliegue brutal de sus jugadores (que definen con una facilidad natural e irremediable). Funciona bien como un conjunto futbolístico porque saben perfectamente a lo que juegan, porque, más allá de las individualidades que tengan, su idea en el planteamiento predomina.

Sin embargo, y un poco contradictoriamente, fue su jerarquía la que ganó en Lima. La selección peruana no se desempeñó mal, no jugó un mal partido. Fue la capacidad brasileña la que terminó definiendo el encuentro. Perú se paró bien en el campo, realizó las labores tácticas necesarias, tanto en defensa como en ataque: se tuvo orden en ambos aspectos del juego. Pero fue sometido en el control del partido y, finalmente, en la marcha letal brasileña; porque su nivel era más potente y mayor, al fin y al cabo. Aunque respondió en gran parte del partido, el equipo peruano terminó desgastado ante un equipo que, por jerarquía y por funcionar muy bien en lo colectivo, dominó las acciones del transcurso y las finalizaciones. La potencia y la intensidad no siempre pueden ser controladas, sin importar que se tenga el orden que se tuvo; el cual fue debilitado en el segundo tiempo por Brasil.

El equipo de Tité tuvo más mérito en ganar el partido que Perú en perderlo. Fue el partido más difícil que pudo afrontar el equipo nacional y lo encaró bien, implantando su idea pero limitándose por una propuesta inevitable de despliegue poderoso, que viene siendo la mejor de Sudamérica y tal vez del mundo. El equipo de Ricardo Gareca mejoró: hay orden, hay asociación y existe esa idea que el argentino quería implantar desde el comienzo. Pero, indudablemente, falta que esta siga desarrollándose en sí; además de que el progresar, en nuestro caso, no solo depende de qué tan bien juguemos, porque en grado de categoría individual (a pesar de que muchos jugadores resaltan) somos menos, y de eso también se depende innegablemente. Solo mejorando este aspecto podremos potenciar aún más la actividad en equipo, que es, finalmente, lo principal y que ya viene efectuándose de una buena manera. Por ahora, lo mejor es no mirar la tabla y seguir avanzando en el juego, seguir progresando en la creencia de nuestras posibilidades, seguir adelantando líneas, seguir tocando la pelota como reclama el ideal del peruano; por más de que tal y tal tengan mejor formación futbolística. Sigamos trabajando tácticamente para consolidar un concepto de juego e ir escalando. Que se sigan fortaleciendo las individualidades, pero que se siga fortaleciendo más el colectivo.