Tres grupos iban a exponer ese día. El mío lo haría al final, algo que no suele gustarme porque te quedas con los nervios por más tiempo; por ello, prefiero hacerlo al inicio. Aún así, mi exposición no estaba del todo planificada, así que deposité mi confianza en la improvisación y la astucia para lograr tener  la aprobación del profesor.

Además, mientras los otros grupos exponían, pude darme cuenta de que pocos alumnos les hacían caso. La mayoría de ellos daban una vista esporádica hacia nosotros para luego sumergirse completamente en sus respectivos smartphones; otros estaban durmiendo o, como se dice coloquialmente, “jateando”.

—“Bueno, no hay nada de malo en ello, veamos qué hace el profe”— pensé—. Lo mismo, él también checkeaba cada cierto tiempo su cel, aunque, obviamente, fijaba más su atención en los expositores.

Es curioso, pues mientras gran cantidad de chicos se encuentran preocupados por hablar en público, en realidad nadie les presta mayor atención, y no culpo a quienes lo hacen, ya que también lo hago usualmente.

Es el turno de mi grupo y debo ir al frente. No recuerdo bien lo que tenía que decir, pero conforme hablo las ideas van aflorando. Veo al frente y son pocos los que me miran; más atrás, está el profesor junto a su asistente. Ambos me miran; observan el PPT; comentan entre ellos; y de vez en cuando se ríen disimuladamente. Es el turno de mis compañeras, así que doy un paso al costado.

El no sentirse completamente escuchado como alumno, no me incomoda, y creo que a otros estudiantes tampoco, pues es solo un procedimiento, una exposición corta para luego pasar a sentarse. Pero, ¿qué sucede con un profesor que habla todos los días, en frente de la clase, y ve un panorama tan poco entusiasmado por lo que dice? Realmente, debe ser molesto, incómodo hasta incluso decepcionante.

Aunque, claro, parte del desgano del alumno es responsabilidad de quien dicta, pero ello no exime la poca predisposición del estudiante a escuchar las clases. En un consuelo, el profesor si quiera puede decir “al menos me están pagando”.

Termino mi exposición y mi grupo es aplaudido de la misma forma a los otros que nos precedieron. Empieza la ronda de preguntas y sorprendentemente algunos se entusiasman en ese momento, quizás porque ello aumenta su nota o puede que realmente tengan interés en el tema. ¿Mi opinión? Intuyo que es más lo primero que lo segundo.

Acabada esa fase; me dirijo a mi asiento; y el profesor es ahora quien está de pie dando las indicaciones finales. Repitidiendo el círculo vicioso, saco mi smartphone y empiezo a huevear.