El minutero giraba, ya cansado, pero giraba;
él salía presuroso ante un encuentro incierto,
que forzosamente retrasaba,
que forzosamente evitaba,
era como prolongar lo inevitable, lo ineludible.

Y así, las piezas del rompecabezas, no se podían llenar,
como una hoja con partes vacías, que no se desea llenar.
Las manecillas seguían marcando, y esa pequeña libertad
que se presenta ante nosotros como presuntuosa y alcanzable,
esa libertad se presentó ante él.

Decidió preparar el encuentro, y ya traía consigo tanto pesar,
tanto vivir,y la presuntuosa libertad,
no le podía dar nada,
él no se podía perdonar tanto dolor,
tenía débil el corazón, que lo reprimía a actuar.

Hoy, como otras veces, está mirando su reloj,
avanza lento y más seguro, ha puesto a un lado su dolor
y ve esa puerta grande y gris, esperando un deseo consumado.