Cuando encendemos la televisión porque queremos distraernos y, de pronto, aparecen noticias ligadas a personajes públicos, es probable que queramos saber más sobre ellas. En muchos casos puede que identifiques historias conocidas ahí (las tuyas o las de algún conocido), pero ¿es eso lo que ocasiona que la mayor parte de la población sienta interés o – en algunos casos admiración –  por dichos personajes y su vida personal ventilada a través de los medios?

La mayor parte de la programación de los canales de televisión de señal abierta está dedicada a los llamados reality shows y programas de espectáculos (cuyo contenido muestra notas sobre los personajes de dichos realities). En estos programas se ventilan asuntos personales de los diversos personajes que vemos en pantallas; si están relacionados a amoríos generarán mayor impacto y exposición. Pero no solo se transmiten estas noticias a través de la televisión, también otros medios informan al respecto. Toda la exposición que se les brinda obedece al interés que tiene la población por seguir a dichos personajes.

Y aunque hay otra parte de la población que se muestra en contra de todo lo relacionado a estos contenidos, la mayoría no actúa de forma consecuente; pues, en su rutina diaria, ven estos contenidos o incluso siguen a personajes públicos a través de las redes. Es, en algún sentido, una especie de doble moral. Se critica lo relacionado a los personajes públicos pero se sigue, discretamente, lo que los medios muestran de ellos.

El interés desmedido que puede ocasionar la vida privada de personajes públicos es el interés que ocasiona el conocer la vida de tu amigo, vecino o familiar. Conocer los problemas o situaciones anecdóticas del otro siempre ha sido interés de todos, solo que antes los famosos no exponían de forma tan directa su vida privada (al menos no la mayoría). La televisión, al igual que la sociedad cambia, se transforma, está en la lucha constante de la autorregulación; pero, no debemos olvidar, es un negocio donde lo más rentable es expuesto.

Así, tengamos en cuenta que la televisión no tiene la responsabilidad de educar, pero los padres de familia sí. No esperemos que los medios ocupen un rol distinto del que siempre han tenido, transmitir información.