Esta semana les contaré un poco acerca de la hora del almuerzo.

Ciertamente mis hábitos para el almuerzo en la PUCP han variado a lo largo de los ciclos. Cuando ingresé me quedé realmente sorprendida y maravillada con el básico y el económico. Un almuerzo a s/.1.50 o s/.3.60 me parecía un regalo del cielo. Ya que mis horarios de los dos primeros ciclos tenían varios huecos, solía almorzar al menos 3 veces por semana en la universidad. Si tenía hueco de más de tres horas regresaba a mi casa a comer, a fin de cuentas vivo cerca. Otros días cuando tenía que leer, o, simplemente, por flojera me quedaba en la PUCP. Esos huecos larguísimos con almuerzos incluidos albergaron mis recuerdos más felices con mis amigos de la “T”.

Recuerdo que salíamos de clase en grupo a revisar el panel del comedor de Letras. Si el básico del día era de nuestro gusto, comíamos ahí o, si no, nos íbamos a Arte, porque, obvio, antes de ingresar nos habían dateado que en el comedor de Arte la comida era más rica. Recuerdo, incluso, que aún si comprábamos en Letras, llevábamos nuestras bandejas hasta Arte simplemente porque nos parecía más “chévere” comer ahí.

Nos sentábamos en círculo en el pasto con nuestras bandejas y conversábamos de todo. De cuando en cuando venía algún venado que espantábamos con nuestros cuadernos, pero si nos encontraba desprevenidos se tomaba nuestro refresco o le daba una lamidita al arroz. El desafortunado se quedaba sin almuerzo aunque nosotros solidarios donábamos nuestros panes.

Cuando llevé Investigación Académica pasaba casi todos los días en la biblioteca de 8 am. a 9 pm. Comía básico casi todos los días, y realmente sentí que me subí de peso por tanto arroz. En esa época no hacía ejercicio como ahora, así que esa vida sedentaria y esa comida repleta de carbohidratos no le hizo nada bien a mi cuerpo.

Con el paso de los ciclos empecé a re-sentir la molestia de las colas por el básico. Cola para comprar, cola para recoger. Es una gran pérdida de tiempo.  El esfuerzo no era recompensado porque la comida nunca es tan buena y la porción me parece más pequeña cada año. Eso me sucedió hace un par de semanas: tuve que esperar una hora bajo el sol ardiente. El básico era pollo o pescado a la chorrillana. Cuando llegué, me dijeron que ya no había pescado y me dieron una presa de pollo miniatura. Cuando la probé, sabía a pescado. Nunca más.

Eventualmente decidí tomar el control con respecto a mis almuerzos y empecé a traer mi lonchera. Por supuesto que es un poco incómodo cargar tu táper, pero realmente esto me ha ahorrado incontables minutos y disgustos. Tener la certeza que tendrás algo que comer sin importar el tiempo del cual dispongas es realmente confortante, mejor aún cuando sabes que es una rica comida casera. Especialmente ahora que presto mucha atención a mi alimentación, traer mi propia comida me permite elegir y seleccionar los ingredientes y las proporciones de acuerdo a las necesidades de mi cuerpo debido a mi actividad física.

Cuando pasé a facultad dejé de utilizar el comedor de Letras, pues ahora uso siempre el Comedor Central. Allí tengo la rara pero hermosa oportunidad de reencontrarme con mis amigos que ahora se encuentran en otras facultades para compartir un almuerzo y ponernos al día.

Sin embargo, ahora ya casi nunca almuerzo en Cato, prefiero regresar a mi casa, especialmente si tengo clases en la mañana y sé que regresaré en la tarde a entrenar. Así me evito de cargar mi mochila con ropa y aprovecho en tomar una siesta.

Por supuesto, sucede que si no planeaba almorzar en Cato pero tengo que quedarme a terminar un trabajo o investigar en la biblioteca me veo forzada a comprar algo de comer. Eso me pasó algunas veces el ciclo pasado que llevé Métodos ¿Qué opciones hay? La ensalada Caesar de Central Snack o el Salad Bar de Ático me salvan cuando me tengo que quedar algunas horas más de lo planeado. Si sé que me quedaré hasta la noche, compro el menú mientras haya, o, en el peor de los casos y con el dolor de mi corazón, un pollo broaster o una pizza individual.

Si eres muy, pero muy piña, si no tienes más que media hora para comer, son las 4 pm.y ya no queda nada de nada en ninguna cafetería, muchos terminan conformándose por un sándwich, unas galletas o algún otro snack. Felizmente eso solo me ha pasado un par de veces,y suelo escoger yogur griego y granola del  quiosco de Letras. Quienes me conocen un poco, saben que si no almuerzo me pongo de un humor terrible, así que algo tengo que comer. Me gustaría que hubiera opciones más saludables en Cato, pero debo reconocer que sí hay variedad para todos los gustos y todos los precios. Barriga llena, corazón contento. No hay verdad más grande.

Hasta la próxima semana.