I

Camino por la noche. Voy a casa. Mis manos, contrariando a lo que me dijo un abuelo que vendía golosinas en el  Centro “¡¿Tan joven y con las manos en los bolsillos?!”, están en los bolsillos. No es frío, es decepción. Miro mi destino, situado a más de 300 metros. No será largo. Pienso en si debo salir o no, y la balanza se inclina para la palabra de dos intensas letras. Miro, sin embargo y de súbito, a mi costado: un tipo de jean apretado y cabello hasta el hombro descuidadamente ensortijado que corre a ganar la calle, a ese lo conozco:

– ¡Covián!

Él voltea.

– ¡Hola!

– ¿Pa’onde te vas?

– ¡La Vecinal!

– ¡Vao!

Me deshago superficialmente de mis pesares y me voy con él. Pero por alguna razón mi boca se vuelve un torrente de verdad.

– Voy a salir, acabaron mis clases, las vacas, pero… ¡He dormido solo tres horas…!

– Querido, yo no he dormido por tres días.

Me sacude.

– ¿Y a dónde te vas?

Su picaresca risa suspira… “Donde mi flaco”.

No se diga más. Los tres días versus mis tres horas, la conversación sobre Mircea Eliade, materialismo, simbolismo, lo sagrado y lo profano, antropología e historias y el Marx etnólogo, anteceden una toma de combi ya cerca de las 9:30 pm., en una Lima semi dormida, de siempre amarillo anaranjado, que no sabe que el mañana aguarda a un día feriado.

 

II

 

Me hacen esperar. Sentado en una banca, no puedo concentrarme en la lectura de un historiador británico. Leo “anarquismo” y no entiendo. Leo “centrales obreras” y no entiendo. Menos aún me entiendo a mí que sé que no podré hacer todas esas realidades porque estoy solo y nadie me cree, que necesito plata y, en uno, dos o tres años, estaré laborando para una minera. “¿Qué más da?”, ni pienso eso. Solamente pienso que siendo lunes, hay poca gente y más ladrones, que la moto que estaba en Tacna no era de policía sino de esos tipos que provocan la agridulce broma: “Te mando la moto”. Siento paranoia, miedo, angustia. Veo a mi alrededor. Grupos de hombres que caminan, que se detienen en la esquina a comer salchipapas, están los carros, las combis, las motos, el edificio de inimitable fachada y embelesadora azotea. Una pareja adulta se sienta en la banca contigua y me devuelve la comprensión lectora y mis cabales. Entonces sí entiendo de las disputas político sociales entre anarquismo y comunismo e intuyo que puedo volverme en todo un Lenin.

Un tío que me dice: ¿Y-tú-cómo-te-llama?, me abraza por detrás. Es ella o Eminem. No importa. Su franela se junta a mi algodón. Después de media hora, somos dos y nadie más. La ciudad infiel nos espera.

 

III

 

Salimos de una tienda con dos cervezas negras. Caminamos, escucho hablar de feminismo, de la humildad y de contradicciones sobre la definición. Nos despedimos de una malabarista que siente que todos tienen lo suyo y que no hay que sentirse mejor por un conocimiento, y me quedo hablando con ella, sentados en la grada de un instituto cerrado, frente a nosotros hay una extensa pared blanca embrutecida por la suciedad gaseosa de los carros y más todavía por los transeúntes. La escucho hablar y me gusta que sea respondona. “¡Qué bien!”, podría pensar, pero no lo hago metido como estoy en la vehemente forma en que argumenta… La cerveza negra nos invade, también las miradas de hombres viejos que parecen salidos de un antiguo partido de izquierda, también las miradas de jóvenes que no saben que, a esta hora, si los travestis practican sexo oral al aire libre, ¿por qué nosotros no nos podemos besar con pasión de tres semanas extintas? Da igual, nos bes…uqueamos.

– Mira –me dice sin advertencia y más con curiosidad.

Veo. No veo nada.

– ¿Qué pasó?

Volviendo a beber ese rico líquido, me cuenta:

– Una mujer, trepó la pared y se metió.

Imagino que detrás de esa pared estaría la codicia de cualquier periodista osado (pienso incluso que ella podría serlo) por el irreal oasis de historias; ahí mismo donde solo hay tierra sucia, donde lo que es sombra, es en realidad una bolsa grande de basura descompuesta, ahí donde la pared protege a viejos autos y sirve de asilo momentáneo a las prostitutas del lugar.

– ¿Y por dónde se subió? ¿Cómo era?

No le presta tanta atención a mis preguntas, sigue bebiendo sin importancia. Yo sigo pensando en la posibilidad del periodismo.

– ¿Vamos?

– Vamos.

Cuando cruzamos la pista y pasamos por la plaza, sin mirar hacia la Iglesia, mis ojos se dirigen a la puerta ploma. En efecto, se ve muy fácil de subir.

 

IV

 

Hemos empezado a dialogar por esa angosta calle que lleva hacia la luz de un cerro. Sin proponérmelo le hablo de mi carrera y de los planes de mi vida. Con medio litro encima, me he quitado el cansancio y también las precauciones. Para ser sinceros, monologo.

Cerca esta un vendedor viejo de buena pinta. Es el señor Óscar del Niño. Ella y yo tenemos ganas de hablar, de quedarnos.

– Hola, ¿ustedes son los jóvenes del cine?

– Sí –le decimos.

Nos saludamos. Yo tomo la forma de su apellido en minúsculas y pregunto por cada juguete (o sea, libro) que hay ante mis ojos.

¡Ah, Octavio Paz! ¡Ah, Schopenhauer! ¡Ah, Levi-Strauss! ¡Ah McLuhan! ¡Ah, Max Weber! ¡Ah… ¿Antroposofía?!

– Hey, Calle, esa te puede interesar…

Óscar nos cuenta que, de joven, organizaba tertulias y que le gustaría –lo dicen sus ojos– que hubieran más. Este hijo de hijos de hijos de la España nos dice que invitará a la juventud a que vaya por su poderosamente humilde librería al espacio sacro en el que estamos y que a ella le podría hacer una rebaja en su momento sobre un libro de Max Weber, uno de ensayos de Octavio Paz e inseguramente de uno del misógino Schopenhauer.

Nos despedimos, los dos estamos chinos de risas, del Queirolo salen oficinistas. Dejamos la calle que más que el Centro, parece una calle granadina blanca llena de gitanos, de esas por las que solía andar el andariego poeta García Lorca…

 

V

 

Ha pasado el tiempo, las tiendas están cerradas y en el monopólico comercio de la esquina le ponen agregados al precio. Inaceptable. Caminamos donde los viejitos (donde ellos mismos son) para comprar cerveza negra. Al llegar, doblando una esquina crema, apuramos el paso: el viejito ya cierra el local.

– Señor, señor, señor.

– Nada que “señor”.

En un acto antimoderno, el señor se niega a recibirnos el dinero pese a estar la luz interior prendida, donde en medio hay tertulia. El señor se niega, cierra su puerta de plástico metal: la vida puede seguir siendo una posibilidad.

Regresamos a comprar y vemos que donde habían unos fumones de mala calaña sentados en las gradas de la vereda, ahora hay un músico. Este les toca de su flauta o quena, y los parias hacen como si hubieran estrellas allá arriba.

– Este es músico callejero-me digo.

Vamos al monopolio. Un joven me pregunta si su moneda de S/. 5 es falsa, yo le digo que sí, ella que no. Le creemos a ella. Yo veo a su amigo que tiene pelo largo y parece que le va bien en la vida. Me dan ganas de preguntarle: ¿Qué hacemos los pelucones en este lar de pelos cortos? No lo hago. Pagamos. Regresamos, de la mano, y ya el músico se va despidiendo. Extiende el apretón de cinco dedos al fumón de tullido rostro y al bebedor de lisiadas piernas. Antes, bebe un poco del embotellado trago de ellos. Pasa por nuestro costado.

– Bien, compa –le digo.

– Soy músico, soy charapa –responde con la fugaz resaca de la calle madre.

¿A dónde irá?

 

VI

 

La noche va encendiendo su oscura bóveda. Salen hombres de posaderas infames, también hordas de jóvenes que escuchan reggaetón a alto volumen.

– ¿Quieres adrenalina?

– ¿Cómo es eso?

– Ir de frente.

Ella mira la calle que se nos abre a los ojos, los pocos carros de la avenida distante que se mueven en letargos, se ríe.

– Vamos, pues.

– ¿Y si nos roban? ¿Si tenemos una anécdota? –pongo diques.

– Que nos roben, pues. Ya tendremos algo que contar– y se sigue riendo, ella es muy loca, muy de caminar por la noche.

 

VII

 

Acabó. El olor a fruta de su cuerpo aún impregna mis fosas nasales. Estamos mental y corporalmente pródigos. El sabor de las fresas, galletas, chocolates, qué delicias, caminan por conductos interiores y estallan de placer. Hubo de todo, hasta simplones tocados por la dicha que sienten al oído la palabra eternidad.

Me estiro como un gato y me acerco temerario a la feble vela alumbrada. No pienso en nada, solo en las dotes sagradas que evoca ese ícono de cera. Desde otra posición se encuentra ella. No nos miramos, no sabemos qué pensamos, y no queremos la verdad. Solo estamos ahí, y tiembla nuestra sangre tras esta carne tibia, dorada por la vela piadosa. El cansancio pone en duda nuestra edad, va arribando el sueño. Moverse. Dormimos, pero alguien antes nos rezó: “así como están, pero más juntos”.

Foto: Carla Core

10-12-15