Luis Alberto, el célebre sheriff de Letras, fue amable de hacer una pausa en sus labores para conversar. Diecisiete años recorriendo los pasillos de Letras lo han llenado de historias y moralejas de las que nos cuenta un poco en la siguiente entrevista. 

¿Cómo era Estudios Generales Letras cuando usted empezó a trabajar aquí?

Bueno, cuando yo llegué a Generales Letras no sabía realmente lo que tenía que hacer. Yo venía de trabajar en una empresa de seguridad en donde tenía el cargo de supervisor y recorría todo Lima verificando el trabajo de mis compañeros. Llegué aquí y me di cuenta que era otro mundo. Yo me dedicaba a la seguridad y aquí lo que me pedían estaba más ligado a la disciplina. Al principio me resultó difícil porque yo siempre he sido una persona introvertida y aquí tenía que estar en contacto directo con los alumnos. Gracias a Dios la educación que tuve en mi tierra fue muy buena y eso me permitía comunicarme, aunque tengo que admitir que tuve problemas con el volumen de mi voz. Yo hablo bajito y en la actualidad no se me quita eso, me siguen diciendo que no me escuchan o no me entienden si es que no levanto la voz. 

¿Qué anécdotas interesantes y/o divertidas recuerda de esos tiempos?

Hay varias. Por ejemplo, cuando empecé a trabajar en Generales Letras todas las personas me eran desconocidas. No conocía a los profesores ni a los trabajadores y menos a los alumnos. Nadie sabía mi nombre y por mucho tiempo nadie lo supo, a tal punto que uno de los retos de las cachimbadas recuerdo que fue averiguar mi nombre.

También, una leyenda urbana que se ha tejido alrededor de mi persona es la de la pistola, que yo porto un arma. Es algo que muchas personas tuvieron presente durante mucho tiempo (risas). Después, también los problemas que tuve con los profesores. Como le digo, al principio no conocía a nadie y por lo mismo que los profesores son personas jóvenes y los jefes de práctica más aún, pues sufrieron el que yo en algún momento les haya llamado la atención. Por ejemplo, antes habían unas lineas amarillas que estaban cerca de las aulas y de las oficinas. Entonces, estas lineas amarillas daban pie a que yo encontrara alguien dentro y tenía que retirarlo de ahí. Muchas veces profesores y jefes de práctica se encontraban ahí.

Barría con todos

Exactamente. Después me enteraba que eran profesores y “ups” ya venía la vergüenza un poco y trataba de disculparme. Pero bueno, todo era en aras de hacer lo que me habían ordenado. También le puedo contar que me he encontrado con cosas raras que los alumnos hacen, casos de brujería por ejemplo. Algunas veces encontraba en los macetones de aquí una velita de color encendida, una fotografía, una bolsita de cuero o de tela de diferente color con pelo de alguien. Bueno, en fin, cosas que llamaban la atención. 

Por aquí deben haber pasado profesores bastante queridos ¿a qué quiénes recuerda usted?

Bueno, el más emblemático y del que tengo un muy buen recuerdo es el doctor Luis Jaime Cisneros. A pesar de que no tuve un contacto muy directo con él, las pocas veces que se cruzó conmigo se portó muy bien y las pocas palabras que me dirigió me sirvieron de mucho. Una muy buena persona y, según tengo entendido, magnífico profesor. También recuerdo al doctor del Busto, a José de la Puente Candamo y al profesor Henry Pease entre los más memorables. 

Y debe de haber conocido a muchos pero ¿recuerda a algún estudiante en especial?

Hay muchos que recuerdo. Muchos que me dieron dolor de cabeza, que me sacaron canas verdes como se dice. Pero hay un muchacho en especial y es el que me puso el apelativo de sheriff. A él lo tengo bastante en mi pensamiento. Como le dije, aquí yo no conocía a nadie, nadie sabía mi nombre y la labor que empecé a desempeñar fue la de disciplina. Tenía que corregir cosas que estaban mal, prohibir cosas que algunos jóvenes hacían. Este muchacho era bastante extrovertido y siempre lo pescaba in fraganti cuando estaba parado sobre una cornisa, cuando bajaba sentado por la baranda, cuando corría por los pasadizos. Siempre lo tenía en la mira a este muchacho. Entonces, esto dio lugar a que él en algún momento explotara porque lo reprimía muchísimo. Tanto prohibirle, tanto tratar de corregirlo, pues un día no aguantó más y me dijo que yo era como un sheriff que lo estaba reprimiendo, fiscalizando y persiguiendo.

¿Así nació el leyenda del sheriff?

Bueno un tanto que empezó ahí, así fue como nació el sobrenombre. En adelante como este jóven no sabía mi nombre, para saludarme o llamarme gritaba, de un extremo a otro o de un piso a otro, “¡sheriff!” y todo el mundo se enteraba. Poco a poco se fue corriendo la voz y en Generales Letras nació la leyenda del sheriff. Se empezaron a crear diversas historias y diversas cosas al rededor del nombre que han sido potenciadas con la llegada de los celulares. En el tiempo en el que yo empecé a trabajar aquí estos eran poco comunes y los que habían eran los tipo ladrillo o los sapito. Pero avanzó la tecnología, llegaron los celulares con Internet y las primeras redes sociales. En una de esas a alguien se le ocurre crear la página del sheriff [en Hi5]. Pero no me ponían así como me ve ahora, sino que sacaron la foto de un personaje, de una vaquero con su estrella y sus botas, y le pusieron mi cara.

A la expansión del apelativo también ayudo la rivalidad entre Ciencias y Letras. En Generales Ciencias muchos oían que los de Letras siempre hablaban de su sheriff y ellos también querían tener uno. Así que trasladaron el nombre a la persona de seguridad de allá. Y bueno, poco a poco este apelativo se hizo extensivo a todos los miembros de seguridad. Ahora ya no les dicen guachimán ni vigilante y tampoco agente, sino a todos les dicen sheriff.

¿Le incomoda que lo llamen así?

La verdad que no. Han sido tantos años que me llaman así, y no por mi nombre, que ya me acostumbré. Sin embargo, las veces que he podido conversar con los estudiantes siempre les digo cuál es mi nombre y que prefiero que me llamen por él, pero, si no se acuerdan, sheriff está bien. No me molesta, ya es como algo natural. 

Usted ha visto el desarrollo de Letras durante dieciséis años ¿qué ha cambiado?

Bueno, ha tenido un cambio bastante fuerte en lo estructural, académico y administrativo, siempre para mejora de la unidad. Antes solo teníamos el primer piso que es el sótano y el segundo, el nivel donde está la mayor parte de las oficinas. Lo que ahora conocemos como el Café cultural antes se le llamaba la Cevichería, por sus mesas y sillas blancas, y sus sombrillas. Este era un espacio muy cool se puede decir, porque era el punto de reunión de Letras y todos buscaban tener una silla ahí. Esto me da ocasión para contarle otra anécdota. A principio de ciclo teníamos cerca de veinte mesas, y algo de setenta u ochenta sillas en la Cevichería. Ese era el inventario con el que empezábamos el ciclo. Usualmente terminaba con dos o tres mesas rotas, igual número de sombrillas rotas o malogradas, eso era lo normal. Sin embargo, un ciclo, era el año 2005, entraron los cachimbos más vándalos se puede decir. Tanto así que terminé con solo diez sillas buenas. Entonces para el siguiente ciclo me pusieron el parche: “No más sillas rotas, no más mesas rotas, no más sombrillas rotas. Todo lo que se rompa a su cuenta”. Pues entonces empecé a hacer un operativo. Al que pescaba jugando con las sillas o con las mesas, pues caballero. Porque fíjese que usaban las mesas como papel para hacer dibujos o para dejar mensajes. Las sillas igualmente y además servían de cenicero. Porque, en ese entonces, se permitía fumar, en la rotonda, en los pasadizos, en todas partes y la Cevichería, que era el lugar de esparcimiento, como el Tinkuy de aquella época, no iba a ser la excepción. Total el inmobiliario de la Cevichería terminaba lleno de dibujos y lunares negros por los cigarros, y yo con dolor de cabeza. Recuerdo que una vez  le llamé la atención a un profesor por apagar el cigarro en la mesa y luego le llamaron la atención en secretaría. Eso hizo que me tenga en la mira por bastante tiempo. Pero bueno, gajes del oficio. Algunos profesores no entendían mi trabajo y eso hacía que me tengan un poco de cólera.

De todos los años que ha estado aquí ¿qué no ha cambiado en Letras?

Lo que perdura en Letras creo que es esa magia. Por más que un alumno haya acabado sus ciclos acá y en su facultad tenga sus lugares y sus cosas, la magia de Generales Letras lo sigue llamando. Incluso muchos alumnos vienen de otras facultades como Educación, Arquitectura o Artes y creo que sienten ese ambiente que hay acá. 

¿Y qué es lo que falta? ¿qué no se ha logrado aún en Letras?

Aunque es muy poco el tiempo que permanecen aquí, dos años, quizás no se logra transmitir una imagen de unidad como Generales Letras. Cierto es que la tradicional rivalidad que hay en Interfacultades con Ciencias hace que la gente se sienta un tanto identificada, pero falta un poco más. Muchos salen de acá diciendo “por fin me voy, ya basta”, pero luego siempre sienten nostalgia por todo lo que vivieron acá, por sus primeros pasos en la universidad. Quizá también lo que falta es espacio. Pienso que nuestra facultad, digo nuestra porque me siento bastante identificado con este lugar, pudo haber crecido más hacia arriba.

Ha mencionado las Interfacultades ¿qué opinión tiene sobre este evento que se da cada año?

Al principio, por lo mismo que era algo novedoso, era un evento muy esperado y llamativo. Después se confundieron las cosas y las barras, más que a alentar, se dedicaron a la violencia. En el caso de Letras me refiero específicamente a la Jauría, pero esto vino también de las barras de las demás facultades. Entonces las Interfacultades se convirtieron en una pesadilla. Ya no era solo el cuidar que los partidos se realicen en orden, sino también estar al pendiente de que no se vayan a pelear o no vayan a dañar la infraestructura de la universidad.

Los alumnos que venden comida dentro de la universidad son bastante recientes, desde su perspectiva ¿cómo ha sido su evolución? 

Mire, allá por el 2006 era raro ver a una persona vendiendo. De vez en cuando algunas chicas traían, generalmente brownies o alfajorcitos. Pero como le digo, ver a alguien así era muy raro y si lo hacían no era todos los días, sino una, dos o a lo mucho tres veces al ciclo. A veces también traían bisutería, prendas de vestir, ropas de baño, eso sí había. Es decir, no es que se pusieran a vender aquí, en medio de la rotonda como si fuera un mercado. Sino que el grupo de chicas interesadas quedaba un día y se ponían a ver las prendas. A raíz de esto se creó la Feria del pollito, la Feria del tibu, etcétera. Porque había gente que tenía mercadería, se organizaron y les dieron esa oportunidad. Pero en este tiempo, poco a poco, la venta de brownies se fue conviertiendo ya no solo en eso sino también queques, tartas de manzana y empezó el pan con pollo. Pero era exclusivo, porque solo había una persona que traía estas cosas. Hoy ya no tenemos un solo proveedor, sino son un montón y a delívery todavía. Usan las redes sociales para comunicarse, hacen su pedido y se lo traen hasta la misma puerta del aula. Esto ha degenerado mucho, ya no solamente son golosinas, ya no son sánguches, ahora es comida. Eso ha dado origen a que no solamente se venda comida aquí adentro por parte de los alumnos, sino que afuera la gente viene con sus bolsas, sus tápers de comida y los está ofreciendo . 

Supongo que debe haber intervenido a varios de estos vendedores ¿cuál es el floro más creativo que le han dicho para que no los sancione?

“Es para el cumpleaños de mi amiga”. Otra, “no, es una donación que estoy llevando”, “no, he comprado para mi casa porque vamos a tener una fiesta”. Tienen dos, tres o cuatro tápers de comida, “no, es que mis amigos me han pedido que vaya a comprar para todos” o “estamos haciendo un trabajo y me han mandado a comprar”. Ahora los casilleros. A veces pasa que se olvidan las llaves, usted abre ese casillero y encuentra todos los insumos para los sánguches. Encuentra sachets de mostaza, ketchup o mayonesa, incluso pan. Todos los insumos. Cuando le pregunta al estudiante “¿pero por qué tanto? le responde “no, es que me gusta, me gusta muchísimo la mayonesa, la mostaza y lo uso cuando almuerzo”. Muchas veces los hemos encontrado en plena acción y eso es motivo que le hagamos una intervención. Pero bueno, estamos en eso.

Hace poco ha sido la elección de el nuevo decano ¿qué expectativas tiene respecto a la gestión de Garatea?

Personalmente, pienso que su gestión va a ser buena dada la clase de persona que es él. Él siempre ha demostrado ser una persona íntegra, dedicada a su trabajo, muy responsable. Voy a la pregunta que usted me hizo ¿qué le falta a Generales Letras? Tal vez él pueda descubrir qué es esto que le falta y pueda solucionarlo o pueda resalta más aún lo que Generales Letras genera para todos.

Para finalizar ¿qué le diría a los estudiantes de Letras?

Que se porten bien, que guarden las normas, las buenas costumbres… En sí me gustaría decirles a todos los alumnos que sean como son, que sigan con esa energía que tienen, que salgan adelante. Que se esfuercen un poquito más cada día, que logren sus metas. Así el día de mañana, de repente, tenemos una realidad muy distinta que la van a crear ustedes. Fíjese, hoy en día tenemos ministros, tenemos congresistas que han pasado por aquí. Siguiendo esa línea, la Universidad Católica siempre ha tenido representación en el gobierno. A eso voy, a que ustedes se esfuercen muchísimo y salgan adelante… pero por favor ¡ya no me hagan tanta bulla! (risas).

Así es Luis Alberto Iquira, inolvidable para todos los que hayan pasado por Letras.

  • Darla

    Qué bonito post y qué bellas las palabras del señor Luis :’) Un post muy interesante si se quiere conocer un poco más cómo era Letras antes <3