Anoche soñé con él. Tenía frío.

Tuvieron que pasar tres chances para poder convencerme de NN. La primera vez ─que pudo ser la definitiva− abandoné el cine con decepción y duda. ¿Cuál era la necesidad de producir un film tan parco, tan inexpresivo, un film como un cadáver, con apenas bosquejos de emociones intentando decir algo que ya sabemos o que sentimos qué sabemos? La segunda vez, más de lo mismo: por más que el contexto variase ─en plena clase de cine, una discusión crítica─, NN seguía repeliéndome: seguía pareciendo desconectada, esquemática, sin corazón. Y luego, con esa fuerza extraña que parece exclusiva del cine, NN regresó a mí. Regresó, irónicamente, a modo de recuerdo. Por alguna extraña razón, el recuerdo de ciertas escenas se mantuvo conmigo y apareció repentinamente un día cualquiera. El rostro de Antonieta Pari. Sus planos rígidos y sus confesiones. Su corazón.

Bueno. Tenía que verla otra vez. En esa tercera chance, no pude con ella. Me convenció, me manipuló, me dejó herido. Permaneció conmigo.

Habrá que ver por qué.

NN es sencilla. Un equipo de forenses y expertos, dirigidos por Fidel Carranza, desentierran y exhuman tumbas improvisadas, hechas a partir de las víctimas del conflicto armado interno. En una exhumación, encuentran 8 cadáveres, a pesar de solo anticipar 7. Aquí comienzan las dudas. El cuerpo no identificado llevaba una fotografía en su bolsillo. Una mujer aparece para reclamar el cuerpo, esperando ver a su marido. No es la de la fotografía. Resulta irónico: dos piezas que, sin embargo, no van juntas. Un cadáver sin rostro y un rostro sin cadáver.

Es la misma contradicción que percibo entre Fidel y la viuda, Graciela quien está convencida de que el cuerpo es de su esposo. Ella es alguien que busca y alguien que quiere ser encontrado. Es curioso observar esas relaciones extrañas que pocas veces refleja el cine, basadas en factores arbitrarios, incómodos de recordar. En este caso, la tragedia. Fidel se presenta como un hombre silencioso, melancólico: inamovible frente a la tragedia, sometido a la parsimonia de su trabajo. En ello contrasta Graciela: a pesar de las heridas, parece resistir. Permanece terca en sus esperanzas, ingenua en su búsqueda, aunque la rechacen. Hay, entonces, un extraño vínculo entre víctima y protector, un vínculo marcado por las promesas, los silencios. Una especie de relación madre e hijo, si tal cosa es posible. La película deja esa relación en el aire. No profundiza más. Tampoco debería hacerlo. A fin de cuentas, se trata de un encuentro fortuito. El film ya se encargará de yuxtaponer ambas relaciones. Mientras se va desenvolviendo el misterio, también avanza su relación, el contacto, los enfrentamientos.

Aquí importan los detalles. La fijación con los trastes, con lo inmaterial reflejado en lo material. Me acerco la pantalla y me fijo en los close-ups que elige Gálvez. Las piezas de los forenses. Las prendas y los utensilios, casi momificados, recubiertos de polvo. Los cuerpos, como piezas intercambiables, partes de un puzle que, en el caso de estas víctimas sin nombre, jamás será finalizado. Las piezas del cuerpo: un dedo, una rodilla, una parte del cráneo. La clave del film está volverlos protagonistas: dejar que cuenten su historia. No es algo sencillo de comprender. Al igual que los personajes, Gálvez parece obsesionado por filmarlos, tocarlos, darles vida.

Por supuesto, no entiendo. Puede que quiera hacerlo, pueda que quiera entenderlo, pero no entiendo. No entiendo porque no soy uno de ellos. Casi nadie en la audiencia lo es. Pocos saben lo que es amar a un desaparecido. Pasarse años en una búsqueda fútil, escarbando la tierra, revolviendo el pasado. Así como las mujeres en el Atacama limpian el desierto en busca de sus desaparecidos, aquí se excava el suelo andino para recabar pistas. Y el resultado es de magnitudes que, por supuesto, no se comprenden. Para gente que busca y no deja de buscar, que lo ha dejado todo buscando, un hueso, una canilla, un vestido, cualquier detalle lo es todo.

Ojo que no todos los detalles son inertes. Para Gálvez, también están los rostros. Como lienzos vacíos, capaces de expresar más que cualquier diálogo, capaces de enfrentar al espectador con emociones incómodas, pero necesarias. Rostro tras rostro: la melancolía en Paul Vega, como un ente errante que deambula por los pasillos de la morgue; la esperanza, débil pero cierta, en la mirada de Antonieta Pari, una figura melodramática, sufrida y que se queda conmigo. La preferencia por los rostros no es accidental: a fin de cuentas, son los rostros perdidos, o los rostros olvidados, lo que define la búsqueda de estos desaparecidos y su posible encuentro.

El estilo de Gálvez permite eso: la contemplación. Ya lo decía antes: es un estilo parco, lento, de caminos cuidadosos. Es una pantalla gélida, minuciosamente programada en tomas simétricas y de tonos azules oscuros, cercanos a las paredes húmedas de hospitales y morgas. Un film hecho con bisturí, con manejo preciso, escueto, de lo que se ve; nada más. Funciona. El azul es emotivo, pero no tanto. El azul absorbe todo.

Pensar en el azul y su emoción contenida me lleva a Fidel. La duda se mantiene. Graciela insiste en que ese cuerpo le pertenece: las pruebas, no. ¿Resulta legítimo establecer una relación cercana con las víctimas? ¿Conviene empatizar tanto? ¿Hasta qué punto acercarse? Aquí comienza el dilema moral. Preguntas sin respuesta que tienen dos opciones: la incertidumbre o la mentira. Veo que Fidel, cada vez subsumido en la culpa, puede elegir entre alegrar a una pobre viuda -a costa de sacrificar su integridad- o seguir con rígidos principios que no lo llevan a nada.

Darle al fallecido un rostro que no es suyo. Es complicado. Todo lo es.

Y es que NN también funciona como crítica a un sistema que, al parecer, no valora a sus muertos. El mundo de Fidel es uno de pasillos, de burocracia, de desidia. Los muertos no importan tanto. Gálvez así lo filma: muertos como cajas apiladas, como nombres impresos, como ataúdes antes vacíos.

El dilema lleva al cierre. El final de NN es una de las escenas más descorazonadas que ha hecho el cine peruano. Fidel, haciendo un esfuerzo por soportarse a sí mismo, se anima a enfrentar la realidad: la azotea, el lugar donde, de forma arbitraria, han decido depositar los huesos sin nombre, los cuerpos sin dueño. Todo es un caos. La imagen me quiebra. Fidel, como Sísifo, se encuentra en el absurdo, en la incapacidad de luchar por lo que cree. Los cuerpos no identificados no podrán hallar paz.

Varios razones para la tristeza en el rostro de Fidel. Tener un trabajo inútil. Por no poder servir de consuelo. No ser el hombre que quería ser. Tales revelaciones, a mi juicio, definen los patrones morales del personaje. Lo fuerza a tomar la decisión que no quiere. Dejar la verdad.

En el final, Graciela que encuentra paz.

Cada quien con su duelo.