Decidí, ayer, caminar por una avenida Sucre muy soleada. El sol abochornaba y un joven, cercano a mí, no tuvo mejor idea que abandonar la lectura de su diario y, a falta de gorro, se lo puso en la cabeza.

– Mira, mira. Saca la cámara –exigió un turista. Pero ya el carro en donde estaba partía como flecha en la calle despejada, y del joven con periódico quedaba solo una bruma.

A falta de intereses en mi cabeza, opté por seguir al joven. Se notaba que tenía hambre, como yo. Así que al entrar él a un chifa con apariencia de lugar de venta de gas, hice lo mismo. Aquel era un chifa que a duras penas le hacía honor al antiguo reconocimiento que se tenía de esta avenida soleadísima: la de poseer la mayor cantidad de chifas en el Perú. Por lo menos así lo hacía saber una de esas guías de calles, allá por la década de los 90. Pero este chifa, como digo, más que chifa parecía lugar de ventas de gas.

Daba igual, entré, siguiéndolo.

Habían pocos comensales. Confortado en la mesa de colchoncitos pardos, un viejito con mochila ligera –de esas que usan los deportistas, los choros y algún amigo rastafari– degustaba su plato junto a una pareja que no me aseguraba que, años atrás, le habría prometido compromiso eterno. Pero daba igual, era domingo y había que estar acompañado, a excepción mía y del joven de los diarios, a quien veía de cuando en cuando. Los asientos amoblados estaban todos ocupados; las mesas negras, no. Así que él se sentó en una de ellas y yo en otra, desde donde podía seguir viéndolo leer el diario. La cosa es que él lo elevaba, no sé si para ufanarse de que lo vean lector o porque le dolía la espalda si lo leía reclinado. Entonces, con el diario elevado, yo podía leer lo que se me plazca, aunque siempre condicionado por el ritmo de lectura del joven.

Juntos pudimos leer una crónica del Festival de Mimos de la ciudad y un artículo corto sobre un arte marcial ruso llamado Systema. Para qué: eran interesantes. Pero la tarde adquirió otro tono cuando, al voltear una página, él se puso a leer una entrevista que le hacían al sociólogo polaco Zygmunt Bauman, intelectual del que recuerdo haber visto hablar, hace unos años, a jóvenes antisistema reunidos en una playa soleada de Europa.

Modernidad, amor, vida, todo líquido, esos eran los conceptos estudiados por Bauman que, si uno manejaba alguna información, no tenía por qué alejarse de las tesis de Marshall Berman, el autor de “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, quien en un capítulo del citado libro expone algunas interrogantes sobre las reales posibilidades del proyecto marxista. ¿Si todo es rapidez, en dónde se podrá hallar la calma que una estructura requiere para consolidarse?, podría ser una de las preguntas –en efecto, una de las menos problemáticas– que se plantea Berman. Pero en fin, allá la problemática de la modernidad. Hay hambre y ya la señora oriental de chispa criolla iba trayendo los platos. Un generoso chaufa con pollo por ahí, un chaufa con tipakay por allá…

Un momento. Al probar la carne, nosotros –él y yo habíamos pedido lo mismo– nos dimos cuenta de que esta no era como se servía hace unos años, natural y no tan… crocante como estaba ahora, resultado del espolvoreo de aditamento que hacía que la carne tenga una armazón de débil y granítica consistencia. Felizmente no sonaba, pues, el líquido rojo de sazón amordazaba al quebradizo sonido. Pero había que leer, por mientras.

El poder, la vacuidad de las organizaciones horizontales sin liderazgo, la política, los estados-nación, la libertad y la seguridad. ¡Vaya acompañantes para una velada de solitarios! Se le notaba tenso al joven, diferente a como estaba antes, y cada vez más comía sin menos disfrute su rica carne procesada. Hasta que vino…

  1. Las redes sociales han cambiado la forma en que la gente protesta, o la exigencia de transparencia. Usted es escéptico sobre ese “activismo de sofá” y subraya que Internet también nos adormece con entretenimiento barato. En vez de un instrumento revolucionario como las ven algunos, ¿las redes son el nuevo opio del pueblo?
  2. La cuestión de la identidad ha sido transformada de algo que viene dado a una tarea: tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o cuando estás en tu centro de trabajo y te relacionas con gente con la que debes tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades, involucrarte en un diálogo. El papa Francisco, que es un gran hombre, al ser elegido dio su primera entrevista a Eugenio Scalfari, un periodista italiano que es un autoproclamado ateísta. Fue una señal: el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, ni para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.

Tragó en seco el joven, rumió por la cólera de que no se le sirva más gaseosa como sí ocurre en los mercados u otros restaurantes atendidos por no orientales. Curiosamente, fue la gota que rebalsó el inexistente vaso. De pronto, cambió el gesto, uno más aseverado e hizo una llamada.

–Ya voy, pérame.

Pagó, fue al baño y en la puerta se detuvo en seco.

Se dio cuenta de mí.

–No eres terna, eres otra cosa. ¿La haces? Algo se arma en El Agustino.

Tanto él como yo habíamos accedido a lo mismo. Hice la chancha y pagué. Nos fuimos en el primer carro que a la vista estaba. Cambiar.

 

11-01-16