En 1961, Oswaldo Reynoso rodeaba los 30 años de edad y, para él, este fue el momento preciso para dar forma a uno de los relatos más representativos de la narrativa moderna: Los Inocentes. De esta manera, Reynoso sacó a la luz, por primera vez, un relato donde el protagonista era la juventud.

Relatos de collera“, es decir, relatos de amigos o de cómplices, fue el nombre que Reynoso decidió para trazar su relato. A este grupo lo une un sentimiento en común.

Los inocentes narra la vida de la juventud empobrecida, aquella que reside en barrios marginales de “esa Lima” con la que nadie quiere relacionarse. Cara de Ángel, obsesionado con el juego; el Príncipe, rebelde ladronzuelo; Carambola, quien vive con una mujer mayor; Colorete, el agresivo y “el Rosquita” son los personajes de una de esas tantas colleras que, de manera muy sensible, nos da cuenta Reynoso.

La obra transcurre entre el barrio empobrecido y el peligro constante en el que estos muchachos se han criado. Así, desde que nacieron, han sido etiquetados de acuerdo a prejuicios. De tal manera, Reynoso, haciendo uso de un lenguaje sumamente expresivo y metafórico, muestra la humanidad y la infancia perdida de estos jóvenes.

Por un lado, golpeados por la pobreza, se ven continuamente enfrentados con la policía, tildándolos de agresivos y delincuentes. Además, Reynoso dota a la obra de un carácter impactante y rebelde, pues son estas las razones por las que estos jóvenes tendrían un “destino insalvable”. Así, se pone en juego cualquier tipo de juicio previo del que son víctimas. Por otro lado, el descuido de sus familias y su temprana vida sexual hace que la narración juegue con el papel de fragilidad y masculinidad, enfrentando y relacionando ambas vías.

No obstante, es quizá “el Rosquita” el personaje más revelador en la obra. Pues que Oswaldo lo moldee como el personaje cuya sensibilidad es más delatada en la obra, justifica que termine la narración con la metáfora “sé que eres bueno y que algún día encontrarás un corazón a la altura de tu inocencia”.

Así, Oswaldo Reynoso logra articular un libro donde rescata la sensibilidad e inocencia de los jóvenes, que desde su nacimiento son encasillados. Inocencia que, a pesar de su comportamiento rebelde, nunca pierden, porque nunca la han gozado en su “inevitable y violento” destino.