I

Mi trabajo termina como a las cinco y algo, y mi after office es la Biblioteca. En el trayecto hablo con un amigo. Hablamos de mujeres, fidelidades y venganzas. Nos despedimos. Pego la media vuelta, pues me aparté algunos metros; a los lejos, un profe.

–¡Señor Salcedo!

–¡Hey!

Me pregunta por un pata, que sí se va con Goyo. Pero luego se queda con cara de mejor te digo luego cuando…

–Y Balvín también se presenta… Va por Huancayo, igual con Goyo.

Cambiamos de plática. Le comento:

–Ahorita entro, me voy a leer algo sobre Alejo Carpentier.

Me señala: “Ah, no de, sino sobre”.

Le hago ver que, en efecto, sí: pues en mi casa me espera algo sobre ese escritor cubano que escribía como músico y que, horas antes, comprobé que su prosa era atrapante, un ritmo del hechizo.

–Sí, leeré algo. –“lo grande espera en casa”.

II

Estoy en el tercer piso y empiezo mi búsqueda. El primer libro ya está en mis manos, falta el segundo, que es de autor peruano. Cuando voy a voltear por el estante, veo que hay una persona. “La pucha”, piensa la parte huidiza de mi personalidad, pero como quiera que esté madurando, sé resolver la situación, además de alimentar una duda que me corroe desde ayer:

–Míster, ¿solo acá se enseña biblioteca…?

–Bibliotecología, sí. Bibliotecología y Ciencias de la Información.

–Mmm…

–Sí, acá se enseña.

No le quiero decir que prefiero oír a los de las nacionales.

–Ah… ¿Y en  San Marcos?

–En San Marcos también.

–Oh… ¿Y Ud. dónde estudió?

Me responde con un “aquí” sin brillo y pana.

A veces mi cabeza es un torrente, de las aguas sale un nombre, una pregunta.

–¿Y Basadre? ¿Estudio aquí?

Pero a veces la pregunta puede ser tarada.

–No –cambia su cara y recién muestra vanidad, satisfacción, ego–. Basadre estudió en San Marcos pues… San Marcos es San Marcos.

III

¿Por dónde empiezo? Son dos los libros. Los dos inmensos, gráciles, acogedores. Uno es de Eligio García M. y el otro es de Pedro Escribano. El primero es un reportaje a los escritores del Boom, de la editorial Oveja Negra. Pueden tocar ustedes sus hojas, son las de un amigo, la de la felicidad añeja. Da gusto. Tengo un libro de esa editorial y huele igual, como este. Me agrada la tapa. Y en la parte inferior derecha está el músico Carpentier. “Oh…”. Para colmo, el libro tiene el dejado pero querible nombre Son así… El otro es de Escribano, un tipo que, si mal no recuerdo, escribe en La República; su libro es Rostros de memoria… Miro y felizmente no es un libro de aburrido. Está con dibujos, y no tiene ese aire de academicismo que a esta hora no compete. Tiene, más bien, caricaturas, las de Chillico, el caricaturista cusqueño que hoy colabora en Hildebrandt. Veo sus caricaturas y no tienen cierta vulgaridad expuesta que se ve en las del semanario. Debe ser porque en uno retrata a políticos de los bajos fondos y en el otro a poetas y narradores muy logrados. En particular, me llama mucho la atención la caricatura que realiza de la poetisa Blanca Varela.

Veo su índice y me quedo con él. Entre Ciro Alegría, Vargas Llosa, Arguedas, Rose, Thorndike y demás residentes del parnaso está Alejandro Romualdo, el de Canto coral a Túpac Amaru. Voy hacia él y la caricatura no podría ser otra: un viejito aparece, viejito como también sale en una pintura recordada.

Este libro que leo se digiere con facilidad pues cuenta retazos, anécdotas alegres de la vida de los escritores; son pequeñas fotografías. Con él sé que Romualdo, con sus 80 años en que transcurre la contradictoriamente improvisada y preparada entrevista, era un poeta arisco a las entrevistas, de carácter muy serio, voz pastosa, pero de fondo dulce. Si lo querías abordar te desviaba: “Deje una carta bajo la puerta de la casa…”. Me queda en la memoria cuando Escribano se va con él en el taxi luego de un recital miraflorino y cómo el poeta, al estar en la puerta de casa, ve una luz que viene de al frente y exclama: “A veces con los amigos voy a ese bar…”. Escribano lo invita, pero es en vano. El poeta, cansado, quiere ya meterse al sobre.

Lo mismo debo decir cuando leo, impresionado, que Romualdo era arquero –como lo fue también Camus– y que junto a otro poeta, Carlos Germán Belli, movía y disfrutaba el juego del balón, en el mismo lugar en donde, años después, se edificaría el inmenso Hospital del Empleado: el Rebagliati. Por ese entonces, no se dice la fecha, era solo un canchón de tierra.

Paso las páginas y de Varela hay una anécdota que es suficiente. A días de regresar de París, tras largos años de ausencia peruana, se despide de la gente con las que ha entablado amistad, entre ellos el Nobel mexicano y poeta Octavio Paz. Varela acaba de escribir un poemario que lleva por nombre Puerto Supe y espera de Paz una palabra de aliento, una seguridad en su decir ante su obra. Todo está bien con el contenido, dice Paz, pero a este el título no le pasa, no lo convence. Tras una serie de preguntas que pudieron conturbar a la poetisa, ella responde con la defensa de que tiene una perra a cuidar de sus crías.

–Pero, Octavio, ¡ese puerto existe!

–Ahí tienes tu nombre –dirá, triunfal, el mexicano.

Sigo las páginas. He recibido una llamada. Caray, me queda algo de cuarenta minutos en donde estoy. Un último perfil: el del poeta cusqueño Washington Delgado.

De él leía cosas muy buenas la semana pasada. Todas en Libros & Artes, la revista de la Biblioteca Nacional que tiene la dimensión de una Enciclopedia del 98’ (en cuanto altura). Fue gracias a su lectura que me animé a sacar un libro que pertenece a un volumen de obras editado por el indispensable escritor Jorge Eslava. Fue por esa misma razón que hasta la fecha vengo suspendido de la Biblioteca pues no entregué el libro a tiempo.

En su caricatura, Delgado luce unos ojazos de búho pero guardando correspondencia con la verdadera apariencia del poeta. Es el tercer perfil que leo y ya Escribano se muestra y cuenta que empezó la vida sanmarquina estudiando Derecho, pero luego, ante la eficaz visita de las musas, viró hacia Literatura. Episodio anterior, cuenta cómo le impactó un poema que leyó en un diario capitalino y, al enterarse que se daría un recital en la cual estaría el autor de ese mismo poema, decide pedir unas cuantas horas de licencia en el trabajo nocturno que tenía como obrero. Se lo dan y se va al recital. Conoce por primera vez a Washington Delgado.

La segunda vez fue en clases. Con su habitual “¿ah?” que dice Escribano que tenía, pero al que se le sugiere que detalle la sonoridad de aquella, Delgado empezó a interrogar la procedencia de sus alumnos de literatura. La mayoría era, como Escribano, de provincias. Todos, en realidad, incluyendo al blanquiñoso que, muy seguro de sí, dijo que era del Callao.

–¿Ah?  Del Callao… También provinciano.

Con la anécdota que cuenta de él, yo empiezo a pensar acerca de la diferencia entre maestro y profesor. Por ejemplo, Escribano y muchos otros más coinciden en que Delgado era un maestro. Asesoraba, participaba e intervenía en la vida de sus alumnos universitarios, prestaba y hasta regalaba libros, como lo hizo con Escribano una vez que él fue hasta la casa del poeta en Lince para que le sea prestado un libro de Antonio Machado. En mi caso, no me puedo quejar, aunque han sido hechos puntuales; insistencias del alumno más que del profesor por que aprendamos, hurguemos más. Un profesor un día me regaló un libro editado por él solo para cerrarle el caño a mis preguntas; un jefe de práctica, hoy docente, se tomó el tiempo de ir a la hemeroteca y fotocopiarme un artículo en el que se refutaba al posmodernismo. Sería interesante oír las apreciaciones de mi generación respecto al tema mencionado.

IV

Ya es tarde, queda poco tiempo. Acudo al otro libro. Voy rápidamente a la entrevista que le hacen a Carpentier, no sin antes leer la contratapa, en la que se avistan elogios de un retraimiento dulce. De arranque, Eligio nos testimonia que le ha sido muy difícil contar con la venia del autor cubano para una entrevista. Son cuatro las oportunidades, en diferentes años y en todas Alejo se rehúsa hoscamente. Que no tengo tiempo, que los periodistas siempre hacen las mismas preguntas, que mejor lean mis obras e, inclusive, respondan las preguntas que ahí mismo se plantean.

Hay que ser tercos en el periodismo pues si no hubiera sido por la pujanza de Eligio quizá ni siquiera hubiera recibido las reticentes respuestas de Carpentier. Sin embargo, poco a poco el periodista colombiano obtenía información suficiente para hacer un retrato del comportamiento del autor. Y es, de momento, eso: un retrato del comportamiento del autor aunque más que insuficiente, parcial: no queda de otra, se trata de un escritor acosado sin tiempo para estar en paz. Situación distinta a la de una entrevista concedida en calmado ambiente, llana y prolongada. Lo que tenemos, más que nada, son los refunfuños del autor de El Siglo de las Luces.

Todo esto hasta la última jornada, en la que se ha hablado de tres temas puntuales y en donde se destaca el Caribe. Carpentier ni siquiera da la entrevista (se trata de un pliego de 20 preguntas en las que se esperan respuestas escritas). Por algún motivo, ya al final, le obsequia un libro y al momento de ofrecer la dedicatoria le pregunta su nombre:

–Eligio.

–Eligio ¿qué?

–Eligio García Már…

Carpentier lo mira a los ojos como si lo mirara por primera vez, con una legítima aunque quebrantada sospecha.

–¿Cómo dice?

–Eligio García Márquez.

A Carpentier sus ojos se le amplían.

–¿Ud. no será hermano, pariente, familiar de…?

–Sí.

–¿Es hermano de…?

–No. Gabriel es hermano mío.

–¿Cómo dice?

El periodista suspira.

–Sí, soy su hermano.

Carpentier no sale de su asombro, su rostro es una repetida pausa.

–¿Por qué no me lo dijo antes?

–Ud. no me lo pregunto…

“Tres rayas hacían de tres puntos”, describe al hacer el cierre Eligio, y todo lo que leímos vale la pena ante este final de antología, en que la vida se cuela y nos entrega su valioso desorden, su inesperable drama. Ambos, escritor y periodista, se despiden en silencio, presintiendo que tendrán un recuerdo que los perseguirá por siempre.

16-02-15