Cruzando cada calle, volteando en cada esquina, esperando el semáforo… En todos estos lugares y muchísimos más, un balcón limeño espera que subas la mirada unos cuantos centímetros, le regales solo un segundo de tu tiempo, veas toda su majestuosidad y lo recuerdes para siempre.

Pasear por las calles de nuestro Centro Histórico es sinónimo de ver en todas direcciones balcones de todos los tipos. Aquellas casonas que alguna vez fueron habitadas por ilustres vecinos de la Ciudad de los Reyes, hoy muchas veces forman parte de solo vestigios olvidados, y en la mayoría de casos tomados como hogar por parte de los actuales limeños. Lima es otra ciudad, un poco más desordenada; pero si uno deja por un momento todas las distracciones que se presentan y observa fijamente los balcones, retrocede en el tiempo a la Lima de grandes vestidos y acento español.

Pasando por la calle Rufino Torrica con el Jr. Callao se encuentra una casona con 6 balcones enormes que en algún momento habría pertenecido a la Calle de la Palma 395, llamada así por la existencia de un árbol de palma. En la actualidad es una imprenta, pero si uno mira el interior de la casa puede observar enormes techos con decorados bellísimos que ni el tiempo ni el poco cuidado han podido deteriorar.

Este es solo un ejemplo de cientos de balcones repartidos no solo por el centro de Lima. Según el historiador Antonio San Cristóbal en su libro “La casa virreinal limeña de 1570 a 1687”, se pueden definir dos periodos diferentes en la construcción de balcones limeños. El primero va desde el siglo XVI hasta principios del siglo XVII, que se caracterizaron por  balcones llanos abiertos, y las galerías abiertas y alargadas por toda la fachada de la calle. El segundo caracterizándose por balcones cerrados de cajón imponiéndose su predominio desde la década de 1620 en adelante y desplazando gradualmente a los balcones abiertos llanos.

En las calles Conde de Superunda, Callao, Ancash, Camaná y el famosísimo Jirón de la Unión, se pueden encontrar una vasta cantidad de balcones de diferentes tipos, tales como balcones rasos, abiertos, de cajón y largos de cajón; cada uno con múltiples características que los hacen únicos. Dentro de todos estos existen aquellos que gracias al cuidado y conservación se han podido mantener prácticamente intactos, como es el caso de las fachadas de la Casa de Osambela, las del Palacio de Torre Tagle, la fachada republicana del Palacio Arzobispal y la Casa Riva-Agüero, que ahora es sede del Instituto Riva-Agüero creado por la PUCP en 1947 y que fue donada por el último de los descendientes de los propietarios originales: los marqueses de Montealegre de Aulestia, José de la Riva Agüero y Osma. 

Se han realizado múltiples campañas para salvar lo que queda de lo que fue una de las ciudades más bellas. Hace algunos años “Adopta un balcón” fue una propuesta que permitió salvar algunos. Esperemos que se logre conservar los maravillosos balcones que descansan en Lima, los cuales nos esperan para contarnos su historia.