Play antes de leer

El trabajo de ayudante de librería nunca fue tan satisfactorio para un estudiante de noveno ciclo de Literatura como lo fue para mí. No eran los libros ni la intensidad de ordenarlos en los estantes, ni la oportunidad de sentir el olor y dibujar las letras de sus páginas con mi mirada lo que me atraían de ese trabajo, sino la atención que debía poner cuando uno de mis escritores favoritos emergía por las puertas transparentes de la librería. Los abordaba y no los dejaba ir sin que antes hayamos cruzado al menos una palabra. Es cierto, mi principal obligación como ayudante de librería era justamente ayudar a los lectores a encontrar el libro que buscaban;  pero la verdad, es que nunca me acercaba a preguntar qué libro venían a buscar. Creía que era mejor que ellos barrieran con sus ojos todos los estantes de la librería y que escogieran lo que mejor les parecía —eso era lo que yo prefería como lector—. Casi nunca observaba más de diez segundos a las personas que ingresaban por aquella bisagra que conectaba el mundo de las tinieblas con ese pequeño paisaje de rascacielos construidos por libros. Era mi guarida.

Ya iban tres minutos y curiosamente no podía dejar de mirarla. Entraron dos o tres personas más que me distraían de su silueta, pero inmediatamente volvía hacia ella quedándome asombrado; contemplando su cabellos negros que caían como catarata de un peñasco, su pómulos que expresaban un tenue color rosa alineados con una nariz en punta, su piel tan blanca como el algodón y su espalda que se perdía como en un bosque por lo holgada de su ropa y que, aún así, esculpían unos muslos firmes como rocas. Su sombra se movía entre las secciones de poesía norteamericana y prosa latinoamericana. No era escritora, al menos no podía reconocerla, ni tampoco parecía serlo. Si me preguntan cómo la hubiese definido en ese momento, respondería: “en otra pregunta”. El libro que estaba leyendo, “Las obras completas de Emily Dickinson”, pendía de dos dedos míos a un movimiento de caerse. No me explicaba cómo una persona podía despertar tanta intriga en otra. Me sentía un estúpido viéndola y no saber qué decirle; ni siquiera recordaba que era el ayudante de la librería, y que debía preguntarle por el libro que buscaba. Me acerqué torpemente hacia ella, cuando se agachaba a ver la parte de abajo del estante, sin que me salieran palabras que pudieran llamar su atención. Ella se dio cuenta de mi presencia y volteó de golpe algo sorprendida.

“Hola” —me dijo—. Mirándome como quién toma instantáneas de un mismo ángulo. Le respondí el saludo lo más rápido que pude y, antes de que le haga una pregunta, ella la hizo.

“¿Me puedes decir dónde está el libro que llevas en la mano?”, me dijo mirando la mano en la que sostenía el libro.

“Claro”, le respondí con un gesto que seguro desbordaba amabilidad. La llevé hasta el estante donde estaba la única copia que nos quedaba de ese mismo libro; ella me agradeció sin volver a dirigirme la mirada. Entonces pensé que seguir parado a su lado sería ridículo y volví a mi asiento esperando que se acercara a mí cuando decidiera comprarlo. Estuvo durante casi dos horas leyendo aquel libro; unos minutos sentada y en otros de pie. No sé cómo, pero desapareció en algún momento. Pensé que debió irse cuando atendía al llamado de Carlos, el administrador. Caminé pasos raudos hacia el lugar donde estaba aquella mujer para revisar que el libro estuviera en su mismo estante. El libro estaba allí y eso me pareció aún más extraño. No la volví a ver.

Al día siguiente volví a tomar el libro que había dejado en aquel estante. Al intentar encontrar la página en la que me había quedado descubrí una hoja bond doblada con letras pegadas como collage, con el siguiente mensaje: “hoy hace que el ayer signifique”, firmado por Elizabeth. El mensaje había aturdido mis pensamientos, mi reacción ante esas letras solo fue volver a guardar en mi bolsillo la hoja. Empecé a creer que el mensaje no era para mí y que tal vez había sido una confusión. En la noche, al llegar a mi casa, traté de recordar a alguien con ese nombre y solo se me venía a la mente mi madre. Tres días después, al llegar a la librería en mi turno de tarde, el administrador me entregó un sobre en blanco. No tenía remitente.

“Jorge, te dejaron este sobre hoy por la mañana”, me dijo al llegar a la caja de la librería.

“¿Sabes quién fue?”, le pregunté al instante, con una intriga en el cuerpo que no se la deseo a nadie.

“No sé, la encontré cerca a la caja, no vi a otra persona”, me contestó con un naturalidad que me preocupaba cada vez más.

Cuando se iba a su oficina se detuvo y me dijo: “evita recibir tus correspondencias aquí en la librería. Lo digo por tu privacidad” —cogió unos papeles y me dio una palmada en el hombro—. “Descuida Carlos, no creo que vuelva a pasar”, le dije avergonzado.

Abrí el sobre muy ansioso de saber qué había dentro; encontré palabras recortadas de revista y un mensaje impreso a computadora que decía: “ordena las palabras y sabrás quién soy”. De inmediato volví a cerrar el sobre. “Cuando llegue a casa lo abriré”, dije en voz alta. Ese día me amanecí intentando ordenar las palabras con una angustia que no había sentido nunca. Cerca de las cinco de la mañana se me alumbró todo; era el nombre de un poema que me encantaba y que había leído hace poco: “En mi flor me he escondido” de las “Obras completas de Emily Dickinson”. Ya no pude dormir luego de leer el poema una y otra vez. Se me vinieron imágenes a la mente con una fugacidad indescriptible; la silueta de esa chica a la que no volví a ver, estaba seguro que era ella. Se llamaba Elizabeth y estos mensajes me los había enviado con una discreción que jamás hubiese podido descubrir. Estaba emocionado. Quería verla y hacerle todas las preguntas que ese día no me salieron, incluyendo la de los mensajes —que era la que más me interesaba—.

Ese mismo día llegué a mi turno de la tarde y encontré a mi compañero de la mañana con una carta en la mano.

“Jorge, vino una chica muy guapa a dejarte esto. Dijo que mañana pasará por aquí a las seis para saludarte”, me dijo Mariano paralizándome hasta los latidos.

Mariano me la describió y todas las características coincidían con Elizabeth. Por fin íbamos a estar frente a frente; ya no podía esperar más y me encerré en el baño de la librería para leer la carta. Ésta vez estaba escrita con su propia letra. En ella me explicaba que mañana partiría a Nueva York para empezar su maestría en Ciencias Sociales. Por eso quería pasar por la librería a despedirse de mí antes de ir al aeropuerto. Al final de la carta, volvió a citar a Dickinson: “Si puedo evitar que un corazón sufra, no viviré en vano; si puedo aliviar el dolor en una vida, o sanar una herida o ayudar a un petirrojo desmayado a encontrar su nido, no viviré en vano”. No hubo firma. Al terminar de leerla mis ganas de conocerla se convirtieron en una ira contra ella, porque pensaba que había jugado conmigo y que todo lo que quería preguntarle no se lo podría preguntar. Entonces decidí hablar con el administrador para decirle que al día siguiente, a  las seis de la tarde, dijera que no había ido a trabajar. Quería esconderme de Elizabeth, ¡en la oficina del administrador!, quería esconderme de esa chica que jamás conocería. Al día siguiente, antes de las seis, dejé los estantes para guarecerme como lo había planeado. Fue entonces cuando llegó acercándose a la caja donde Carlos estaba sentado. Me asomé a la puerta de la oficina para verla igual de guapa como la primera vez. Era esa chica de cabellos negros que caían como catarata de un peñasco, de pómulos que expresaban un tenue color rosa alineados con una nariz en punta, de piel tan blanca como el algodón y de espalda que se perdía como en un bosque por lo holgada de su ropa y, que aún así, esculpían unos muslos firmes como rocas. No aguanté más y cerré la puerta mientras ella conversaba con Carlos. Luego de unos minutos, entró él con otro sobre en la mano.

“Te encargó este sobre”, dijo dejándome solo nuevamente. Dudé en abrirlo por todo lo que esos sobres habían significado para mí; hasta pensé en botarlo y evitarme otra decepción. Sin embargo, entró en mí la curiosidad que Elizabeth siempre despertó. Me volví a encerrar en el baño para leer lo que había dentro del sobre; entonces pude ver que era otra carta suya con su propia letra. Ésta empezaba con la siguiente cita: “Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro.” Además, me comentaba todas las veces que había ido a la librería —antes de ese día—, sin que yo notara su presencia. Entonces decidió hacer lo que hizo para conocerme, me dijo que le despertaba muchas preguntas y que, evidentemente, con el viaje tan cerca no me las iba a hacer. Me dejó su correo y su dirección en Nueva York para comunicarnos lo más pronto posible. No me quería dejar como intuyó que me dejaría. No me quería perder sin haberme tenido. En la última línea de la carta me escribió: “Soy muy aficionada a Emily Dickinson, por ello tomé su segundo nombre para escribirte: Elizabeth; espero que me entiendas y que me escribas también.” Firmó la carta como Claudia M. Su verdadero nombre.

 

Martín Sarmiento

  • Valeria Diaz

    Muy buena historia, me hizo vivir en con cada palabra escrita, me sentí tan igual que èl, debo admitir que me saco mas de una lagrima.

    • Martín Sarmiento

      Gracias Valeria. qué bueno que te haya gustado.

  • Vanessa Santiváñez Estela

    Ohhhh,lo imaginé todo!.
    Que linda historia,espero que Claudia y el otro personaje se puedan conocer 🙂
    Que continúe de una vez!!!!

    Saludos :DDDDD

    Vane.