“Ollanta Humala es un traidor”. Tal frase se ha vuelto recurrente últimamente en los debates políticos, y suele ser pronunciada por antiguos simpatizantes del actual presidente. Quienes respaldan la validez de tal afirmación, argumentan que Humala realizó un viraje ideológico en contra de los intereses del pueblo que lo eligió y le otorgó legitimidad para que gobierne el destino del país. En ese sentido, su discurso se encuentra basado en una supuesta violación a lo que estipulaban sus dos planes de Gobierno: el primero, “La Gran Transformación”; y el de la segunda vuelta, “La Hoja de Ruta”. Sostener dicha afirmación implica que el pueblo tenía conocimiento del contenido de ambos, o al menos sabía las diferencias principales existentes entre los dos documentos.

No obstante, los resultados del trabajo de campo a nivel nacional de la encuestadora Ipsos Perú, los cuales indicaron que el 61% de los entrevistados desconocía qué diferenciaba a ambos planes, pondrían en duda lo afirmado por los detractores del Gobierno. Asimismo, lo paradójico es que el 60% declaró que el presidente Humala seguía los lineamientos de los puntos pactados en “La Hoja de Ruta”. Cabría preguntarse a qué se debe tal desbalance e incongruencia en la población. Por otra parte, no nos debe resultar en absoluto sorprendente que la gente desconozca los detalles de tales documentos, ya que suelen ser pocos los que tienen los medios o el interés para analizar lo que proponen los candidatos y, posteriormente, poner su confianza en alguno de ellos.

Una hipótesis que podría explicar el éxito de Humala es el hecho de mostrar gestos políticos diferentes a los que mostró hace más de 5 años, cuando perdió la segunda vuelta ante Alan García. En ese sentido, se mostró mucho más proclive a mostrar consensos con el empresariado, lo cual contrastaba dramáticamente con su discurso antisistema del 2006. La derrota inicial debió haberle sugerido que si seguía con esa actitud, la presidencia de la República estaría prohibida para él.

Por ello, Ollanta Humala basó su última estrategia política en un ideal renovador de la política nacional. Además, la reiterada pronunciación del término “inclusión social” pudo significar la adhesión de las poblaciones históricamente olvidadas por el Estado. Es decir, tuvo el tino de colocarse en el centro del espectro político en segunda vuelta, mientras que su contendiente, Keiko Fujimori, no se mostraba reticente en alabar al gobierno de su padre, lo cual provocó el rechazo absoluto de parte de la población.

Es más, ¿quién olvida cuando Humala mostró un rosario bendecido por el cardenal Cipriani luego de su encuentro con él, o cuando juró respetar la “Hoja de Ruta” ante la Biblia, en la Casona de San Marcos durante la segunda vuelta? En un país tradicionalmente cristiano, aquellos actos significaron mucho para ganar empatía. En ese sentido, lo que pretendo recalcar es la importancia de los gestos, y la relativa – o casi nula – influencia de los planes de gobierno escritos en un papel, en el proceso de ganarse al electorado. Por ende, afirmar que el pueblo basa su voto a partir de lo que dicen ciertos documentos resulta francamente exagerado. La actual alta aprobación del presidente Humala (en relación con sus dos antecesores), parece tener su origen en el hecho de que su gobierno sigue basándose en un discurso que enfatiza el bienestar social, y no tanto en que respeta o no lo escrito en determinado papel.