Venir con un título así podría resultar para el lector algo normal: “Claro, si pasa un atentado en Manchester, como pasó en Londres no hace mucho, es seguro al cien por ciento que se ha hecho del terror algo mundial”, podrían decirme. No obstante, la entrada de hoy no va por ese lado. Ha habido hace poco un ataque contra Egipto o contra civiles en Siria. Así, pues, tres continente: Asia, Europa y África están en tensión y son susceptibles de cualquier ataque. Durante el año pasado, Oceanía y América no han sido en lo absoluto continentes librados de la desgracia. Entonces, existen cinco continentes y, en menos de un año, ha habido varios atentados terroristas en cada uno y todos de ellos. De esta manera, aquí se contraponen (solo en cierto sentido) y complementan, a lo mejor, algunos elementos de historiadores famosos como Eric Hobsbawm y Yuval Harari. El primero veía en el siglo XXI algún mundo no necesariamente tan pacífico, sobre todo, en comparación con la Guerra Fría. El segundo considera que, por más que haya gran cantidad de problemas bélicos mundiales –de estilo terrorista a fines de esta entrada–, vivimos en la época más pacífica de la historia de la humanidad conocida. La entrada tratará de hacer conversar a estos dos historiadores contemporáneos que se han hecho muy famosos por sus interpretaciones muchas veces correctas y vaticinios muchas veces acertados. Finalmente, al conciliar, brevemente, los dos puntos de vista, puedo tratar de dar sustento a la idea de que hay un terror globalizado a ser, dentro de cualquier gran misterio que contenga, desmitificado para, así, ser correctamente enfrentado.

Hobsbawm publica, en los noventas, un artículo acerca de las consecuencias del fin de la Guerra Fría. Aunque el artículo tiene de nombre “Adiós a todo aquello”, Hobsbawm no quiere dar a entender que esta guerra fue solo un fin, sino también, y sobre todo, un comienzo. A diferencia de la tesis planteada hecha por Francis Fukuyama, que decía que el fin de la Guerra Fría implicaba un “fin de la historia”, en la que esta se repetiría con el sistema imperante (democracias [neo]liberales) por el resto de la historia, el autor afirma que el fin de esta es el comienzo de toda una variedad enorme de acontecimientos posibles. Estos acontecimientos van desde cambios serios y, en su mayor parte, perjudiciales en el medio ambiente hasta económicos y políticos. Además, afirma, luego de la Guerra Fría, una gran cantidad de armas nucleares ya no está solo en las dos superpotencias de esa época, Estados Unidos y la Unión Soviética, sino que también en países varios del Medio Oriente. Estos son países que, podemos añadir, se encuentran muchas veces con gobiernos autoritarios, muchos rebeldes y conflictos sociales que parecen no acabar. Entre estos países, la Primavera Árabe nos deja en claro que se ha afectado seriamente la estabilidad de países como Egipto o Siria. Muchos de los países con estas características son, a la vez, significativos representantes del terrorismo que hace sufrir al mundo cada día más y con mucha sorpresa. Bajo esto, no es tan raro que la misma caracterización amplísima en alcance del terrorismo se haya vuelto tan común. Aparte de todo esto, Hobsbawm inaugura que la persistente y, aparentemente, inacabable utilización de recursos, no es para nada extraño que se encienda por más de un lado una incitación o, ya al menos, una excusa para hacer cualquier tipo de ataques de guerra. Finalmente, con el surgimiento de una fuerza globalizadora de carácter occidentalizador, muchos terroristas se aferran a un sistema bélico de pura acción clandestina. Todo esto hace de la situación internacional lo opuesto a una pacífica y tranquila: pareciera que no hay ausencia de guerra. El filósofo Thomas Hobbes diría que, bajo el axioma de que solo durante la paz no hay guerra, no vivimos en un mundo pacífico.

Uno de los más grandes escritores en la actualidad términos de calidad de escritura, y capacidad de investigación e interpretación es el mismísimo Yuval Harari. Este famoso escritor israelí publicó no hace mucho un libro de nombre: “Sapiens. Una breve historia de la humanidad”. Esta breve historia de la humanidad resalta, entre muchas cosas, las características generales de la historia de nosotros, los sapiens, y tiene un capítulo en especial en el que explica el paso del mundo tradicional-medieval al mundo moderno. Está claro: el mundo moderno se ha divorciado de todo lo anterior de una manera radical. El cambio este ha sido uno sin precedentes ni parangón. El capítulo de nombre “La revolución permanente” afirma, gracias a estadísticas y a otros métodos lo suficientemente objetivos, que, hoy por hoy, las muertes por enfrentamientos bélicos han disminuido en demasía. Han disminuido tanto que, incluso, dice el autor, es más probable morir por suicidio o accidente que por algún ataque de guerra o conflicto bélico. Dice Harari, con un tono gracioso, en un entrevista, que lo principal ahora es tratar de cuidarse de uno mismo. Por más que la brutalidad de los atentados actuales pareciera que no tenga límites y estuviera expandida por el mundo, tiene límites numéricos y la gente que muere por estas razones al año es un porcentaje realmente minoritario. Esto no afirma, de ninguna manera, claro está, que la pérdida de una vida sea menos importante que la pérdida de muchas. Esto implica que, en comparación a cualquier momento de la historia de la humanidad, vivimos en la época más pacífica. A diferencia de Hobsbawm, no ve un panorama desolado y desconsolador, sino más bien uno más neutro, del que no se puede prometer nada necesariamente bueno, pero tampoco nada necesariamente malo. Lo que sí afirma rotundamente es que hoy ya no cabe el concepto de paz que, alguna vez, Hobbes –como acabamos de ver– había introducido en el amplio léxico de la filosofía política. El nuevo concepto de paz ya no es la ausencia de la guerra. Es, más bien, el concepto de la improbabilidad de la guerra. Es muy difícil que haya una gran guerra. Esto afirmaría, si seguimos la lógica hobbesiana, que, a su vez, la tensión causada por la ausencia de paz (es decir, la guerra) es también improbable solo por el hecho de que la guerra misma lo es. En este punto, puede causarse una discrepancia. A lo mejor sí somos un mundo que ya no tiene grandes conflictos de perfil de hecatombe, pero sí está sumamente tenso. Harari tiene razón en lo que dice, pero si Hobbes lo leyera y leyera el mundo actual, ¿estaría de acuerdo con él?

Con estas dos visiones, he querido tratar de conciliar estos dos puntos para quitarles el destello de “misticismo” a estos movimientos terroristas que, en su mayoría, surgen en el Medio Oriente. Sus ataques terribles que se expanden a lo largo del mundo son terriblemente brutales, irrefutablemente inaceptables y totalmente condenables. Sus ataques llegan, de vez en cuando y con carácter sorpresivo, impredecible y con muchísima fuerza a cualquier rincón del mundo. Así es: el mundo de hoy tiene al concepto de paz, citando a Harari, como improbabilidad de guerra en vez de como solo una simple ausencia de la misma, pero eso no se refleja en los rostros de los ciudadanos de cualquier continente del mundo, pues la inseguridad, vaticinaba Hobsbawm, iba a crecer. Este es un mundo en el que cualquiera puede atacar y cualquiera puede ser atacado. Por ello, detrás de esa macabra máscara fundamentalista terrorista sí se esconden procesos históricos mundiales que, de no pasar, podrían haber cambiado el rumbo de las cosas. Esto, en primer lugar, le quita el sentido de necesidad (de que solo puede ser así y no de otra manera) a lo que se está haciendo. En segundo lugar, y se puede colegir de lo primero, sobre todo si pensamos en autores como Amartya Sen o Amin Maalouf, que esto está sujeto a una solución. Es una solución, ya lo sabemos todos, difícil porque trae consigo muchísimo por hacer: un mundo más representativo en donde todos se sientan cómodos y en donde, en vez de armas, se manipulen otro tipo de objetos. Yo sé que suena como una canción de John Lennon, pero nada cuesta soñar y ¡cuánto cuesta no hacerlo! Este terrorismo hecho global que causa tanto dolor con su brutalidad y su poder impredecible tiene que ser enfrentado con lo opuesto: tranquilidad y planeamiento. Cualquier respuesta de otro tipo, hace al rival un terrorista y nada quiere más un terrorista que enfrentarse a otro con sus mismas técnicas, ya que así puede hacer mucho más brutal su respuesta. El plan es que el terrorista se vuelva predecible y deje de ser brutal. Así, luego de perder su carácter global, habrá dejado de ser terrorista. Ahí diremos, por fin, que la guerra ya no solo es improbable, sino imposible. Es increíble qué tan soñador puede ponerse uno en tanto escribe estas líneas, pero más increíble es saber que uno no está solo en su búsqueda de este fin que, fuera de cualquier bandera de tintes políticos, quiere desterrar el terror y hacer de la paz algo reinante el mundo.