I

Bajo al sótano de la biblioteca para hurgar sobre un teórico francés, Pierre Bourdieu, al que debo acceder para obtener insumos para un trabajo que atemorizadamente debo realizar. En un trozo de papel de enfermizo color, llevo los códigos de las revistas que me harán llegar a a él. Estoy en el área de periódicos y revistas. En esta parte del stand está la sección de Literatura. A la derecha están los diarios: voluminosas cantidades de El Comercio, La República, Hildebrandt en sus trece, entre otros. Junto a la pared (comentario dirigido para algún melancólico de la movida literaria y cultural de las revistas) está el Diario de Marka y Caballo Rojo, el suplemento cultural dirigido alguna vez por el poeta Antonio Cisneros. ¿Recomendable? Por supuesto.

II

Paso mis ojos por las revistas y obtengo el ejemplar del código más cercano. Es una revista Hueso Húmero empastada en cuero marrón, que hace que parezca una agendita que antes tuve. Pero abrumado, un poco por la cantidad de títulos que hay a mi alrededor, poso mi mirada en una revista cercana, Letras Libres, que hace que me confunda con Libros & Artes, revista de cultura de la Biblioteca Nacional del Perú y que no tiene nada que envidiar a sus pares de otros países de Latinoamérica.

Haciendo un ejercicio de memoria, recuerdo que Letras Libres es una revista seria, muy bien dotada, ágil y de excelentes y variados contenidos. Pienso, por ejemplo, en que gracias a un ensayo sobre Octavio Paz, me quedó una impresión que tuvo él del arte. Esta consistía en lo siguiente: “En esto ver aquello”.

Tomo con algo de culpa un número. En ese momento de infeliz incertidumbre, me digo que lo devolvería pues seguramente nada tendría de interesante; pero en una rápida ojeada, leo (o creo leer): “El poder del ensayo”. No se diga más. Cuando me refería líneas arriba a ese trabajo que “atemorizadamente” debo realizar, me refería a un ensayo. Pienso que la aventura puede dar buenos aventones al viaje responsable: ya tengo base “epistemológica” (una palabra muy usada hoy en la especialidad de Antropología) para hacer mi ensayo.

III

Pero… lo mismo me pasa con Hueso Húmero. Antes también escuché de esta revista. ¿Y solo tengo una? Un momentito… Para que la curiosidad no se quede con las peruanas ganas (es que la otra era mexicana y, de pronto, me volví nacionalista), saco con inocencia un número de esta revista, de igual cubierta de cuero marrón. Doy una mirada rasante al índice y mi responsabilidad solo se limita a ver el techo y repetir: “Pero qué vicio…”. Esta revista se va conmigo.

Sucede que al ver el índice, uno reflexiona y decide ser hedonista. Uno ve: Intercambio epistolar a Sebastián Salazar Bondy. Salazar Bondy, súper hombre de la cultura, el célebre autor de “Lima, la horrible”, el faro de los jóvenes peruanos de mediados del XX que se fueron a Francia (entre ellos Mario Vargas Llosa), el optimista de Eielson, poeta asentado en Italia, padre de “Poema para leer de pie en el autobús entre la puerta flaminia y el tritone”.

IV

Con otra revista, Butaca Sanmarquina, llego armado a la mesa y me dispongo a leer. Lo primero que hago es leer un discurso impreso de Pierre Bourdieu: “Preguntas a los verdaderos amos del mundo”. En él, frente a una caterva de hombres poderosos, entre los que se encontraban los dueños de algunos medios de comunicación, Bourdieu se explaya a sus anchas, y con un toque de sentimiento socrático, lanza preguntas a esa audiencia de hombres poderosos: ¿Son malos ustedes verdaderamente? ¿Son conscientes de los efectos que causa en un mundo cultural que pretende ser fértil la concentración de los medios de comunicación? Al final, Bourdieu termina con una anécdota: en los tiempos en que Miguel Ángel pintaba para la Iglesia, el papa Julio II, quien pagaba sus servicios, se apresuraba a sentarse lo más rápido posible ante él. Lo hacía porque, rompiendo el protocolo, el pintor renacentista casi siempre le ganaba. De eso se trataba, decía Bourdieu, de romper las distancias, de, asimismo, introducir las preguntas que hagan que te conozcas a ti mismo, que te hagan incomodar claro está.

V

Cierro el ejemplar, paso a Hueso Húmero. Leo las epístolas, a Salazar Bondy le escriben Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Luis Loayza, Jorge Eduardo Eielson, José Emilio Pacheco, poeta mexicano de muerte acontecida hace solo un año. Las líneas al multifacético limeño demuestran la gratitud que se le tiene como persona y como escritor. “Optimista”, “vital”, son palabras que se le endilgan.

Particularmente, me quedo con dos extractos. El primero pertenece a una carta que le envía Julio Cortázar al recibir “Los ojos del pródigo”, poemario del autor. En la carta, fechada en 1951, Julio confiesa que le parecen bellos los poemas “Cielo textil” y “Los ladrones”. Da, asimismo, algunas críticas, no sin antes indicarle que:

No me parece que seas de los que creen que lo impreso es cosa definitiva. Yo, por lo menos, entiendo la cosa como ‘un libro menos’ en vez de ‘un libro más’. Hay que escribir para talar y, perdóname el tornillo, pero quizá tú y yo saldremos un día juntos de la maleza en que (¡estupendo!) todavía andamos”.

Y en una oración del ensayista Luis Loayza se condensa y nota la voluntad de Salazar Bondy:

Dices, maldiciendo, que a los cuarenta años estás como a los veinte y comprendo tu impaciencia –ninguno de nosotros parece tener un verdadero sitio– pero naturalmente esto significa, en última instancia, que estás vivo en un país en que mucha de la gente de veinte años tiene cuarenta”.

VI

Luego leo, con algo de prisa, acicateado por mi vigilancia interna, el texto de Letras Libres. Hay una entrevista del periodista y estudioso de la pornografía, Naief Yehya a Phillips Lopate, escritor, primero poeta y luego ensayista, sobre, precisamente, el ensayo. Lopate dice que el ensayo desarrolla los pensamientos, planta banderas al caos, es explorador. Da referencias a su querido Michel Montaigne, a E. M. Cioran y su ensayismo frontal y sin economía de lo políticamente correcto, a Susan Sontag y sus críticas a la interpretación, entre otros tantos autores. Habla del ensayo médico, ensayo científico, ensayo de cine; habla de muchos tipos de ensayos. No me queda claro su concepto del ensayo y al voltear la página veo un ensayo del mismo Lopate. “Ahí hay” –me digo- “una forma práctica de ver el ensayo”. Empieza con una cita de Montaigne, sobre un ensayo que el autor considera el mejor que ha leído del célebre padre de este género: la experiencia. Pero lo que sigue a mis ojos no es otra cosa que, si bien es el desarrollo de una idea, no se distingue la diferencia que pueda tener con un libro de memorias de corte muy reflexivo.

VII

Paso las hojas y encuentro un perfil del poeta sueco Tomas Transtromer, Nobel de Literatura en el 2011, muerto este año. Las referencias de John Freeman, autor del perfil, al ambiente, al mar, a los árboles y el viento dan cuenta de cómo lo exterior se incuba en el artista, sobre todo en el poeta, de latente sensorialidad. Al término de la lectura, en que ha repasado el influjo del poeta sobre los jóvenes suecos de la posguerra, su entrada a las redes literarias mundiales, al misticismo o no de su poesía, a uno le quedan las ganas de ver ese mar verde, esos árboles que hablan, ese viento que pregona historias.

Cierro las revistas, sus contenidos. Recuerdo que estoy en finales. Dejo el sótano repitiéndome un mantra: “a estudiar, a estudiar, a est…”.

02-07-15