Esta entrada surge para mí como una ayuda. Luego de ciertas dudas accidentales de las que puedo hablar libremente (sobre mis decisiones a futuro), hacer una entrada así surge como expresión de alivio y necesidad. En esta, trataré de conciliar mis dos pasiones: la filosofía y el periodismo. De este modo, hoy quiero juntar algo importante de cada disciplina. Podría parecer que son muy distintas e, incluso, opuestas; no obstante, son todo menos eso. Aunque el periodismo se base en la actualidad total de un suceso y el pasado se vuelva un tema de “periódicos de ayer” y la filosofía tenga como un eje central la crítica constante al pasado de lo pensado y, diría Heidegger, lo no-pensado, las dos disciplinas guardan una relación que no tendría por qué sorprendernos. De hecho, las dos tienen como objetivo llegar al mayor conocimiento para saber cuál es la verdad. La gran diferencia es que una afirma que sí hay verdad y la otra que hay miles, y lo mejor: que está bien así. El irrefrenable deseo de encontrar la verdad en ambas es su motor. Una la tiene más cerca. La otra no quiere tenerla cerca. Ahora bien, desde el punto mismo de la filosofía se puede ver al periodismo como un punto importante. Al ser una disciplina moderna, está sujeta (y, a la vez, objeto) de análisis. Y el análisis se le puede hacer desde cualquier época: desde Heráclito hasta Hegel, Foucault, Sartre, etcétera. El análisis que le quiero hacer ahora va de la mano directa con la filosofía antigua pues en ella encontramos lo menos relativo a la prensa y es justamente ahí donde quiero apuntar. El tema desde el que abordaré el periodismo hoy se basa en la concepción del Ser, del Uno, del Bien y sus representaciones varias.

Comencemos con la definición de lo que quieren decir los filósofos antiguos con términos como Ser, Uno, Bien, etcétera. Tanto para Parménides y Heráclito como para Platón y, próximamente, en cierto sentido, también Aristóteles, hay siempre ideas separadas o contrapuestas de unicidad y multiplicidad. No es una idea complicada pero sí tocada infinidades de veces de diversas maneras. La idea de lo Uno, en Heráclito, por ejemplo, es una idea oculta. Es una idea que debería ser evidente pero está oculta pues requiere de un esfuerzo. La idea es una verdad: la verdad es que todo lo que vemos como múltiple es una unidad. ¿Cómo es eso? Platón servirá para explicar esto en parte. En su correspondencia del mundo inteligible (el mundo de las Ideas) con el mundo sensible (el mundo de las cosas), el filósofo de la aristocracia griega se preocupó por separar todo aquello que existe en la sensibilidad o en la realidad visible y tangible de todo aquello que existe en la inteligibilidad o en la realidad únicamente ideal (así es, esa realidad de las ideas). Con esta separación, las definiciones se pueden hacer, en cierto sentido, más simples. Pongámonos en el ejemplo de Aristóteles y su afirmación sobre la felicidad. Aristóteles estaba consciente de que la felicidad era el fin último del accionar del hombre, de su filosofía práctica, de su ética, pero, a la par, estaba consciente de que la felicidad no significaba lo mismo para las personas. Nadie estaba de acuerdo en un solo significado. Platón diría, regresando a su tópico, que las ideas de belleza o de bondad son únicas pero que tienen una correlación en el mundo sensible que es múltiple. Si yo pienso que tal cosa es bonita y otra persona afirma que otra tal cosa lo es, los dos tenemos concepciones de lo que es bonito (o de lo que es bueno, o de lo que es cierto, o de lo que es miles de adjetivos distintos) y se lo adjudicamos a una cosa en este mundo de múltiples cosas. Una canción de Simon & Garfunkel puede parecerme hermosa y a un amigo mío alguna canción de Romeo Santos le puede parecer un deleite para los oídos. Los dos sabemos qué es lo hermoso pero su ejemplo sensible (en este caso, una canción) es diferente: es múltiple. Y, aunque cronológicamente, dejé a Parménides al final, no fue casual. Parménides desarrolla un concepto revolucionario en la filosofía que luego es adoptado por los contemporáneos como, por ejemplo, Heidegger. El tema del ser en Parménides que hoy nos suena tan obvio fue en conceptos (sí, poéticos: la poesía hace las veces de filosofía en miles de ocasiones. Pensemos en Vallejo, Baudelaire, Rimbaud o Borges; aun así Platón quisiera discrepar conmigo, no creo estar equivocado). Lo que podría parecer obvio es lo siguiente: lo que es es; lo que no es no es. El concepto abarca más de lo pensable, lo imaginable, lo decible, lo creíble: trasciende todo. El concepto le da igualdad a todo eso que concebimos. Todo es parte de lo que es. El resto también es. Lo inimaginable también lo es (ya tenemos concepto para eso). Pero, ¿y esa angustia que sentimos por eso que no es? Pues la única forma de llegar a disipar esa angustia es en tanto nos damos cuenta de que hay un camino de la verdad y que podemos seguirlo. Después hay otros caminos extras: el camino de lo que no es y el camino de las apariencias. El ser se dice de muchas maneras. Las apariencias muestran de demasiadas maneras al ser. El ser tiene miles de modos y es solo uno. El ser trasciende los límites que le hemos puesto para entenderlo con mayor facilidad. Esos límites que le hemos puesto (así como los límites del lenguaje de Wittgenstein) que nos han acomodado todo (como la tecnología que nos da comodidad según Habermas) para que no veamos que todo es parte del ser. En términos de conexión con el mundo actual: que cualquier proceso es parte de un proceso mismo. Arriesgada afirmación voy a hacer.

Actualmente, todas las noticias son parte de un ser común. Las noticias actuales de cualquier parte del mundo siguen un esquema parecido que tiene como objetivo, a partir de una información seleccionada y puesta en agenda como importante, expresarle a la sociedad (gratis o por, casi siempre, módicos precios) un conjunto de conocimientos y saberes para que esté más despierto en relación a la realidad. Con un poco de optimismo: también está para que pueda mirar esta realidad con ojos críticos y ánimos de pequeñas modificaciones. Cualquier noticia sobre el presidente peruano, un puente caído o desplomado, una minoría atacada y una mayoría atacante tiene algo primordial para ser noticia: el hecho de que sea publicada y compartida. Esto es tanto benigno y peligroso. Si tomamos al periodismo como una producción continua de la historia que se va desplegando, entonces todo lo dicho, publicado y compartido, “objetivado” (es decir, convertido en algo no solo de uno, sino de varios) queda como algo que sí sucedió y será referente para el pasado, el presente y el futuro. Por ejemplo, si uno le da voz a un grupo disminuido en derechos y reconocimientos, probablemente este grupo con el tiempo vaya a adquirir eso que le está faltando pues se está volviendo importante en la historia y se está volviendo importante, por consiguiente, en el presente al tener un lugar privilegiado en la prensa. Si uno investiga temas como las influencias políticas que Facebook trae consigo o el arte de hacer protestas, entonces estos temas, de pronto, se convierten en saberes de interés innegablemente importantes para nuestros tiempos. Las decisiones políticas, económicas o de implicancia social son sinónimos claros de que cualquier acontecimiento que se dé está relacionado con un contexto que está, así como dice Foucault acerca de la construcción discursiva de la verdad (es decir, mediante afirmaciones y confesiones varias que se unen para crear un saber de valor científico), hecho por series de acontecimientos. La importancia de las noticias, su existencia particular es también la importancia de un todo unido y de existencias colectivas de noticias. Una noticia es en tanto que muestra lo que se puede saber. Lo que no se puede saber –lo que no es– es probable que nunca llegue a ser, dado a que no pudo ser expresado y ya no constituye así parte de la realidad. Sí, eso es lo terrible del mal uso del periodismo. Como se ha vuelto una herramienta muy justificada de cualquier producción de saberes acerca de acontecimientos, desgraciadamente, cuando el periodismo calla, la verdad ni siquiera vuelve mentira: simplemente, no existe. Ahí donde no es ni evidente algo que es misterioso, no puede haber duda. Es una idea aterradora sin dudarlo. Como ya se ha mencionado en entradas previas, además, puede haber ocasiones en las que lo que es verdadero simplemente pierda importancia: lo falso es una opción de verdad (esa es la teoría de posverdad). Entonces, en el lado desagradable, encontramos un par de sucesos: o una realidad no dicha que no es o una verdad trivial sometida a una mentira tan cómoda. ¡Qué inspirador es analizar al periodismo desde esta mirada filosófica!

El cuestionamiento acerca del presente que inicia, quizá, muy conscientemente, con Kant y Hegel, es una base histórica que nos deja en claro que el periodismo (y, hoy, el de investigación, el duro, el periodismo gonzo –ese de, disculpen la expresión, “meter las manos en la mierda”) es una disciplina filosófica que busca la verdad y que quiere construir una sociedad mejor a partir de compartir los conocimientos y saberes adquiridos por todos y cada uno de los que se animen en esta humilde, pero enriquecedora tarea. El ser es salvación aquí, para concluirlo y poner el título como muestra a todos ustedes, porque implica darse cuenta de que cualquier manifestación de noticias es la manifestación de una búsqueda investigadora de gran valor por su habilidad de construir la realidad lo más objetivamente posible (no nos riamos, es un ideal y no tiene por qué estar tan alejado de la realidad). El ser es la salvación, pues nos ayudará a saber que lo múltiple que abarca es parte de un uno de excelente reputación. Este nos da puntos desde los cuales criticar cualquier acontecimiento, hecho, noticia y verdad. La crítica es lo que necesitamos. La crítica es. Si seguimos esta lógica que he desarrollado a lo largo del texto, lograremos que nunca deje de ser.