En tiempos actuales, en ese conjunto de sucesos al que llamamos hoy, en el que cada vez más personas tienen la oportunidad de hacerse notar, de hacer saber su existencia, aún quedan muchos desprotegidos por la ley, muchos desconocidos por esta; y, a causa de ello, muchos que no tienen identidad legal: no “son“, en el sentido más del término “de derechos”; es decir, que solo existen como personas, pero no como personas naturales. ¿Por qué es importante hablar de esto? Porque la existencia de una ampliación de derechos a una gran parte de la población mundial puede hacerle a uno creer que ya todos tienen voz cuando no es así. En la siguiente entrada, estableceremos, entonces, una relación entre un texto del joven Hegel (de nombre “Primer programa del idealismo alemán”) con una exposición a la que tuve la suerte de asistir cuando estuve en el pueblo de Baden-Baden, en Alemania, hace tres años (de nombre “Macht der Machtlosen”; en español: “Poder de los ‘sin-poder’ “). Todo esto, finalmente, me servirá de apoyo para sustentar el porqué de la relevancia de dar poder a aquellos que poder no tienen.

Hegel, gran pensador y analista de su tiempo y, básicamente, del nuestro –la Modernidad, fue un filósofo posterior a todo el movimiento ilustrado y, en su juventud, vio el desarrollo de la Revolución francesa. Era alemán, pero la radicalización evidenciada en ese momento de la historia había influido notoriamente a la hora de escribir el texto que trataré de exponer, de manera breve, a continuación. Georg Wilhelm Friedrich Hegel, como todo joven idealista, en este texto, presenta un pequeño programa en el que postula que la “igualdad y libertad total de todos los espíritus [que, solo por fines de la entrada, vamos a entender como «individuos»]” solo será conseguida en el momento en el que ese mundo de las ideas que pareciera solo reservado a la filosofía se transforme en una mitología, así como en la Grecia de la Antigüedad, con una estética (la idea de belleza sigue en el joven Hegel) tal que el pueblo en general pueda entenderla. Así, todo el pueblo se entiende en los mismos términos del campo de las ideas y consigue llegar en conjunto a lo que él próximamente llamaría una voluntad universal (aquello que todos quieren) equiparada a cada una de las voluntades individuales (aquello que individualmente se quiere). La función de la estética y del arte cuenta acá como una herramienta para que estos valores modernos existan en la realidad y puedan ser realizados en su plenitud. En condición de igualdad, no existirán aquellos ‘sin-poder’ ni ‘sin-voz-ni-voto’. Desgraciadamente, esto solo es un sueño hegeliano que tiene un ideal en un mundo que es meramente real. Hay que buscar otras formas de solucionar este problema.

Ideologías omniabarcantes (que todo lo pueden abarcar tan solo en su enunciación), a mi parecer, únicamente, logran existir y tener validez en el mundo de las ideas. Por ello, una exposición de arte, que puede ser considerada una materialización (la exposición misma, el conjunto de objetos) de la idea (el arte, aquello que esos conjuntos representan), puede ser considerada una forma de hacer realidad no la igualdad y libertad absolutas, pero sí ser un medio bastante efectivo para lograrlas, y posibilitar la mayor igualdad y libertad tanto en cantidad y calidad. El pequeño texto de dos páginas de Hegel encuentra vigencia, entonces, poco más de doscientos años después en una exposición en la misma Alemania. La exposición de la que hablo, “Poder de los sin-poder”, tuvo como característica ser la expresión de que el arte puede darle poder a todos los que no lo tienen. De este modo, se expusieron distintas situaciones y problemas en los que se encuentra el mundo desde una perspectiva de aquellos que no pueden mostrar su perspectiva. Entre las diversas temáticas tocadas dentro de la exposición resaltaban, por ejemplo, “La Promesa” de Teresa Margolles, una piedra de no mucha estatura que dividía en dos partes una de las habitaciones de la gran sala de exposiciones que quería representar los problemas existentes en la frontera mexicano-estadounidense, más específicamente en Ciudad Juárez; los murales de Alaa Awad, que son sinónimo de protesta en relación a la Primavera Árabe, también fueron presentados; la publicación de vídeos en la Internet de los civiles sirios que sufrían en las guerras también estuvo presente a cargo de Rabih Mroué; y, entre otros, también hubo exposiciones del grupo NSK (siglas de lo que en español sería: Nuevo Arte Esloveno) ligados a la crítica a la política; hubo sobre WikiLeaks y sobre las disputas internacionales entre alemanes y rusos por la Cámara de Ámbar. Como se puede ver, esta exposición les dio voz y luz a todas las expresiones que, normalmente, solo tienen silencio y oscuridad. La pregunta planteada por la página web sobre la exposición aquí más de una vez mencionada que reza de la siguiente manera: “¿Puede el arte darles poder a los ‘sin-poder’?” tiene una respuesta, aparentemente después de todo lo dicho, de un carácter afirmativo.

El arte, una expresión estética, una huella del ser humano en el mundo, tiene aquí una utilidad de la que el ya citado Hegel se sentiría, en conceptos muy míos, orgulloso. De esta manera, entonces, podríamos reemplazar algunos términos para adaptar este pequeño esbozo hegeliano por los de esta exposición para, finalmente, dar cuenta de que el arte sí sirve como un material de reconocimiento de aquellas partes que no se pueden ver de la sociedad. Reemplacemos, pues aquella verdad de la que Hegel habla por conocimiento de aquello que sucede en el mundo y reemplacemos su entendimiento de belleza o estética por el arte que expresa aquel conocimiento. En sentido, como dice Hegel, platónico, esta equiparación entre verdad y belleza, que, finalmente, tiene su correlato con la bondad (y he aquí el fundamento, recordando al ilustrado filósofo Kant -que trató de sistematizar el conocimiento-, de la ciencia, la estética y la moral), puede servir como un sistema en el que la sociedad funcione ética y moralmente, a saber, que busca voluntariamente tanto el bien de cada uno como el de los otros. Entonces, este conocimiento de lo que pasan “aquellos que no pueden hablar” por medio del arte y de una de sus materializaciones más puras, la exposición, finalmente, parece ser un instrumento muy efectivo para llegar a vivir en una sociedad libre, igual y justa. Esta exposición que les da poder a los ‘sin-poder’ no solo, valga dos veces la redundancia, empodera, sino que, mediante esto, equipara la situación de todos, da un camino para la total autorrealización y, por último, sienta las bases para un futuro mejor.

Las noticias internacionales de las que casi siempre hablo quieren ser parte, justamente, de esta exposición constante y continua, porque soy de la idea de que para hablar de una sociedad que cumpla con todas las virtudes de la Modernidad, por las que los pensadores y políticos han pasado ya siglos luchando, se necesita expresar lo no-expresado.