Esperar las nuevas temporadas de House of Cards era un trabajo arduo. El año que transcurría entre cada entrega parecía nunca acabarse y cuando volvías a tener la serie entre tus manos era tan apetitosa que lo más probable era que te la acabaras en el menor tiempo posible. Sin embargo, desde la 4ta temporada (y con algún guiño desde la tercera) esa ansiedad, ese deseo por la serie ha ido decayendo y, con la última y quinta temporada, simplemente espero que ya no saquen más contenido. Me da miedo que sigan malogrando una serie genial, que te mostraba el mundo de la política desde las entrañas y te hacía vivir el día a día de Washington en carne propia.

Frank Underwood, nuestro maquiavélico e inescrupuloso protagonista, junto con su esposa Claire,  siguen en la carrera presidencial contra el candidato republicano William Conway, quien tiene todas las de ganar. A pesar de que el clamor popular sea negativo para los Underwood, estos harán hasta lo imposible para seguir en el poder. En esta temporada realmente exageran y denotan  su ambición y adicción por el poder. Utilizan desde el intento de proclamación de una guerra hasta la más recóndita triquiñuela jurídica para mantenerse en la Casa Blanca.

En general, los sucesos de esta temporada caen en la inverosimilitud. La pareja presidencial realiza ciertas gestiones nunca antes vistas en los Estados Unidos, ya demasiado al estilo “esto solamente pasa en las películas”.

Por otra parte, el desarrollo de personajes que vimos en temporadas anteriores se pierde, presentan tramas que nunca terminan de carburar o interesar, muertes innecesarias, personajes innecesarios, en fin, tramas que solo sirven para rellenar los 50 minutos de cada episodio.

Sin embargo, aunque la calidad de la historia haya decaído, no quiere decir que sea aburrida. La fórmula sigue intacta, esa sucesión entre problemas que ponen a los personajes al borde del abismo y las brillantes soluciones de parte de los mismos sigue funcionando.  En esta temporada experimentamos más esta cuestión, cada vez los problemas son de mayor magnitud y la cuerda floja sobre la cual caminan más delgada.  Pero también es una forma de rescatar una serie que quizá ya dio todo lo que tenía que dar. Seguir apelando a la misma fórmula por 65 capítulos es desgastante.

Lo que rescato es que vemos a Frank en su máxima expresión: un tirano, déspota, al cual no le importa nada, una reencarnación de Ivan “el Terrible” o Calígula. No le interesa a qué sea necesario llegar, o la estabilidad de su país, con tal de continuar en su sillón presidencial. No le importa tampoco la vida de las personas, el bienestar de su gobierno, ni la fama que tenga; de manera tal que EE.UU se ve relegado a su ambición por el poder y, en esta ambición, es cuando vemos que el poder de la ambición puede ser más grande que cualquier buena intención, sistema de gobierno, parámetros históricos o todo un país unido en contra de la tiranía.

La quinta temporada de House of Cards es pobre en relación a las anteriores (la primera y la segunda excepcionales, la tercera buena, la cuarta el inicio de esta debacle), sin embargo, sigue siendo House of Cards, y, por lo tanto, entretenido, pero que no llega más allá.

En mi opinión, con la tercera temporada y la llegada de Frank al puesto del hombre más poderoso del mundo era suficiente para la sanidad de la serie, para que el recuerdo no se embarre con lo posterior.  La quinta, realmente, deja mucho por desear.

  • Pab Bzalr

    Genial, veré las primeras temporadas!