Han transcurrido más de veinte años desde que un desconocido rector apartado del establishment político, pudo vencer a uno de los literatos más célebres de nuestra historia. Hoy, el Perú no es el mismo país ubicado en un contexto de hiperinflación y conflicto armado interno; sin embargo, políticamente, la posibilidad de que un outsider se erija como una opción factible para ocupar el cargo de la presidencia de la República, dista de ser inviable. En ese sentido, una de las noticias más comentadas durante la última semana fue la posibilidad de que el cocinero empresario, Gastón Acurio, incursionase en la política.

Resulta evidente el grado de malestar presente en la población, en relación al nivel mostrado por la clase política peruana. Pasando por los espectáculos protagonizados por los “Comepollo” o “Planchacamisa”, hasta lo presenciado en la denominada “repartija”; aquel problema de larga data se profundiza progresivamente. En esos contextos de crisis de representación, no son pocas las personas que se preguntan: ¿y quién podrá salvarnos? A juzgar por los comentarios de algunos, mientras menos “político” seas, más cercano estarás a los cánones que determinarán a nuestro nuevo “Chapulín colorado” en estos tiempos apocalípticos. Ante las respuestas ambiguas que dio Acurio en una entrevista, no faltaron quienes, automáticamente, lo nominaron como futuro candidato presidencial. Al fin y al cabo, es un personaje relativamente popular e inmaculado de cualquier rasgo de corrupción; aparentemente, mucho más decente que el promedio de personas que conforman nuestra elite gobernante. Posteriormente, él negó tal posibilidad, aunque no de manera rotunda.

Entonces, cabe preguntarnos: ¿qué tan factible resultaría tener a este personaje como presidente? En un país donde gran parte de la población decide su voto durante el mismo día de la elección, donde en las últimas elecciones se ha identificado un grado alto de fraccionamiento del voto, lo cual genera que con reducido porcentaje puedas aspirar a una segunda vuelta y ganar a partir del ser el “mal menor”; sería imprudente sostener que no tiene posibilidad alguna. Sin embargo, tal vez lo más adecuado sería plantear lo siguiente: ¿un Gastón Acurio es lo que necesita realmente el Perú?

Desde esta tribuna, somos conscientes de que la decepción ante tal desagradable situación puede generar que la gente piense que la principal causa de tal, radica en que no existe un cambio de figuras políticas. Por lo cual urgiría romper con la “argolla” que impide la presencia de gente más decente y apta. En contraposición a lo planteado, Tanaka (2005) sostiene que la tan anhelada renovación sí ha venido realizándose, sin que aquello implique una mejor representación. El hecho de que no se haya podido consolidar una elite debido a la inconstancia, de hecho, repercute en la precariedad de nuestro sistema político. Pocas personas podrían dudar de las hipotéticas buenas intenciones de Acurio y su entorno; sin embargo, sin un partido político serio ni bases sociales, sería casi imposible cumplir con las demandas de carácter radical que algunos platean.

Lamentablemente, aún no estamos curados de esa enfermedad que nos hace creer que un mesías disfrazado de un “chino” carismático, o de “cholo sano y sagrado” o de un militar nacionalista, solucionará todos nuestros problemas. Muchos podrán justificarse y decir que “¿Qué querías? Era entre él, o la hija del presidente más corrupto de la historia/o el que paralizó Cajamarca y las inversiones/ o el “Perro del Hortelano”; sin embargo, creer que un outsider es necesariamente mejor, o la solución inexorable de nuestros males, resulta un chiste de mal gusto. Sobre todo si observamos los últimos casos y notamos que los “outsiders” que llegaron al poder, no se diferenciaron, en esencia, de nuestros viejos políticos.