Imagine que está en un teatro, un teatro grande y majestuoso, quizá el mejor que haya visto.  Hay mucho público esperando desde sus asientos y usted es uno de ellos.  Ahora, comienza a oscurecer y el telón se abre de a pocos, todo se ha vuelto silencio. Desde el fondo del escenario un personaje sale a escena. Observa a todos en un vistazo de izquierda a derecha y viceversa. Da un leve suspiro y dice: Imagine que está en un teatro, un teatro grande y majestuoso, quizá el mejor que haya visto. Hay mucho público esperando desde sus asientos y usted es uno de ellos…

En mis limitaciones, he ideado la mejor forma de presentarme desde un escenario ante  usted. Soy el nuevo columnista de teatro; por ello, me siento obligado a llevar de aquí en adelante un poco de este espacio, de este mundo de las tablas.  Es una gran responsabilidad, lo sé.  Quizá, usted,  guste en demasía  de este arte y espera que en cada párrafo— de lo que lea— sienta ese aire, ese soplo mágico que transmite el teatro.

Imagino que se preguntará: “¿Y qué sabe este de teatro?”. Yo le podría responder que sé igual o menos que usted, pero que he vivido en carne propia la responsabilidad que conlleva ganarse el título de actor o, por lo  menos, que me llamen como tal. Por mucho tiempo, he sacrificado horas, días, meses, en ejercicios físicos y mentales que se condensan en el corto tiempo que tiene una función. Ahora,  he dejado de actuar pero me dedico a una pasión que ha desbordado de igual manera mis ansias de crear: el escribir.

Hace un tiempo atrás, en  los ensayos para la presentación de una función, el director  ordenó reunir a todos los actores. Se ubicó en un silla y nosotros nos sentamos alrededor mirándolo, algo sudorosos y cansados por los ejercicios. Después de algunas sugerencias y consejos nos preguntó: “¿Para quién hacen teatro?”. La respuesta fue variada y casi ninguna respuesta que convenciera a todos.

Tiempo después, y por cuestiones del azar,  creo que haber encontrado responderla de algún modo.  Al terminar mi escena en una presentación de teatro, me asomé sigilosamente por las cortinas traseras sin que nadie lo notara. Desde ahí, observé al público que aún veía la última escena de mis compañeros. Ello se me presentaba como un gran espectáculo. Ver los rostros del público, esas sonrisas, esas expresiones, me daban luces a esa pregunta que rondaba por mi mente. Entendí, entonces, que no solo hacia teatro para mí, sino para el público que es el centro de todo. Pues sin ellos, el teatro no tendría sentido.

Ahora escribo y me doy cuenta que tengo la misma responsabilidad. Por ello,  cada artículo de mi columna será elaborado con gran dedicación para mi ustedes, mi público. Y si logro, a través de la pantalla del ordenador,  darle un buen espectáculo y robarle una sonrisa, entonces diré que lo he logrado. Se cierra el telón…