Es gracioso (no, de hecho, es penoso) recordar que hace poco, muy poco, en una entrada, relataba acerca de la importancia de tomarse con ligereza algunos problemas que afectan al mundo para que el terror que se ejecuta a la par de esos problemas pierda su sentido. Sigo defendiendo la tesis. Sin embargo, el mundo afronta de nuevo esa tensión de desesperanza que se asemeja a una enfermedad en la que vienen dolores en intervalos de tiempo. Uno se mete en un curioso círculo de esperanza y desesperación. Hoy estamos muy cerca de la desesperación. El Medio Oriente y los Estados Unidos están en conflicto una vez más en realidad objetiva. Esta vez Estados Unidos ha ejercido un ataque en Siria que ha acabado con la muerte de una cantidad considerable de civiles y varios otros afectados. Esto implica no solo un problema entre Estados Unidos y el país bombardeado; implica, además, dos cosas: una creciente tensión entre Estados Unidos y Rusia, y es el fin total y claramente manifiesto de lo que creíamos que era paz, paz artificial, obviamente. En esta entrada, veremos, pues, qué tan cerca está la historia de llegar a escribir su parte final. Esta concepción apocalíptica que estará basada en las relaciones entre los países es completamente figurada. No se me acuse, pues, de conspiracionista, ya que, bajo mi plástica paranoia, hay una capa de sensatez no exagerada. Es no exagerada en relación a lo exagerado de nuestros tiempos.

En primer lugar, debemos ponernos en el escenario del inicio del fin. La humanidad ha tenido un desarrollo tecnológico tan monstruoso desde la Revolución industrial que, incluso, se han creado armas de exterminio masivo. Esto último, cabe resaltar, no se refiere a unas pocas masas. Hay quien dice que en la tensión nuclear, durante los fines de la Guerra Fría, presionar un solo botón bastaba para que la humanidad entera dejara de existir. Era un extermino mundial. Si sobrevivían unos que otros (estos no plásticos paranoicos) dentro de sus búnkers de protección nuclear, quién sabe si iban a ser suficientes y estar suficientemente motivados para reproducirse. Con las actuales armas nucleares que pueden hacer añicos todo lo natural como lo artificial, nos preguntamos, pues, si es que nuestra naturaleza se volvió tan artificial que dejará de existir por una muerte natural de causas artificiales. Claro, es un juego de palabras, pero es un juego para pensar. Lo artificial se ha vuelto tal parte de nuestra naturaleza, que cualquier tipo de muerte causada por un artefacto (arte-facto, arti-ficial) se volvería algo natural. En este panorama artificioso, no-natural y algo sombrío, la naturaleza humana va pisando el umbral de otra etapa de su historia. Probablemente, es la última etapa. Y es la última etapa pues casi ya no está en manos humanas el fin, sino en todo lo que ha creado.

En segundo lugar, cabe decir que este panorama del fin de la historia no solo ha sido punto central de argumentos de novelas literarias o de imaginaciones colectivas (literalmente imaginaciones), también ha sido cuestionamiento de pensadores, de periodistas, uno que otro científico. Aquí es cuando todo lo miserable que es el mundo en el Universo se vuelve una inmensidad. No solo Frankenstein nos traía, de forma pionera, un desarrollo de lo artificial sobre lo natural como una de las causas principales del sufrimiento de lo natural, sino también, por ejemplo, ya Kant veía, dentro de su sistema filosófico, que el desarrollo pensante y moral, si se quiere, de la humanidad estaba separado del desarrollo tecnológico que, finalmente, estaba mucho más adelantado. Entonces, de esta manera, el ser humano ha logrado tanto elaborar objetos que le faciliten la vida como situaciones en las que estos objetos por sí mismos guardan una complejidad tan grande que ya no los podemos manejar. Como más de muchas millones de veces se ha mencionado, los artefactos ahora nos dominan: sean iPhones, sean otro tipo de smartphones o sean armas nucleares que ponen en tensión todo lo que creemos cierto.

La tensión, lo dice el sentido común y los profesionales también, saca al ser humano de su estado en el que puede tener una conducta normal y pacífica o, al menos, calmada. La grandeza de lo que ha hecho este maravilloso animal bípedo, sin plumas, racional y, en cierta medida, político le ha dado sensación de ser Dios cuando los dioses, en realidad, si no son los objetos, son los que pueden manejarlos a toda voluntad. Quién sabe si es que estos misiles Tomahawk de Estados Unidos sumados a estas nefastas armas químicas podrían hacer lo mismo que se pensaba que podían hacer las grandes potencias del mundo bipolar. Han pasado más de veinte años, casi treinta, desde el fin de la guerra y la fluctuación de lo terrible y de lo angustiante sigue siendo estable. En esta ocasión, no parece una virtud la estabilidad, pues esta condición en la tensión es sinónimo de inestabilidad en el resto de los ámbitos de la humanidad.

Escribo esta entrada, pues, para dar cuenta de que el mundo ha llegado a un punto en el que, aun manejando todo lo que ha sido elaborado por él, está en las condiciones del artefacto su funcionamiento plenamente correcto. Parece que el fin de la historia estuviera cada vez más cerca gracias a nuestra naturaleza de impulso creador. Pero el fin ya no lo decidimos nosotros, lo decidirán las extensiones de lo que somos. Aquello que no tiene vida podrá pronto pues quitarnos la vida. Eso hay que tenerlo en cuenta incluso en tiempos de guerras que nos parecen más humanas que nunca.