Algunas características que saben muy bien, aquellos que me conocen, son las siguientes dos: me encanta hablar de mí y soy muy disperso. Mi bagaje de intereses se amplía cada semana con tópicos, actividades y otras tareas que muchas veces solo puedo forzar para que se relacionen entre sí. Recién hace una semana, he comenzado a escuchar música criolla activa, mas no pasivamente. Le he puesto especial interés a las letras de los valses, pues aparentemente son letras que tocan la fibra sensible de cualquier persona. La mayoría de los que he escuchado, repetidas veces ya, aparentan ser poemas deprimentes: de esos que te hacen pensar que aquel que escribió la canción y que aquel que la canta debieron de haber sufrido mucho. Ahora bien, vayamos al título de la entrada: “sufrir” es un verbo fuerte. Implica un lamento, una pena muy grande. Quizá sea una pena equiparable con la que predomina en el mundo cada vez que tiene que afrontar esas tristes noticias como asesinatos continuos, guerras inacabables, refugiados y apátridas, casos de corrupción, etcétera. El mundo es, pues, un vals criollo.

En el mundo, no solo en el Perú, existen, pues, desde “plebeyos” que se quejan del hecho de que la sociedad les hace sentir que “todos los seres no son de igual valor” (pensemos en aquellos grupos que aún no tienen reconocidos los mismos derechos que el resto de la sociedad) hasta “tísicos” que tristes están porque la muerte les acecha muy de cerca y solo piden que les hagan el favor de “taparles la cara” (pensemos en refugiados y soldados). Están aquellos que quieren ver el mundo arder y gritan: “Ódiame, por piedad”, porque esa es la única forma en la que creen que llegarán a no sufrir de indiferencia, ya que el “rencor [les] hiere menos que el olvido”. Pensemos, por ejemplo, en aquellos candidatos que ganan la presidencia porque centran los problemas en un grupo en específico, lo cual, actualmente, causa bastante desprecio por parte de la opinión pública que, aun así, no puede evitar su victoria. Causan odio y así no son olvidados. Existen “víboras” que “en el alma llevan el veneno mortal” y “troncos secos” que “aunque los rieguen no brotan”. Pensemos en aquellos que incitan las guerras, que disfrutan ver morir a la gente y que quieren que continúe la situación de caos en ciertos países por alguno u otro interés.

¿Es en este mundo entonces la gente “tan cruel y despiadada, y que no le importa nada” que está llevando al mundo a un estadio del que será difícil escapar? Es una pregunta angustiante. Ya había afirmado Marx que “la historia avanza por su lado malo”. No obstante, no se puede negar que hay muchas personas con gran voluntad de seguir adelante porque, cuales “piratas”, “no quieren estar inmóviles” y, en muchos lados, “siguen las guitarras con sus trinos quitando al sueño a todos los vecinos”. No todo es parte de un “cariño malo” ni todas las “guitarras tienen que llorar”. Entonces, el mundo sí es un vals criollo. Pero, ¿podríamos ver a este vals criollo que es el mundo no solo como un sinónimo de sufrimiento, impotencia y pena, sino también como un sinónimo de malestar y reflexión? En esos sentimientos de crisis, uno reflexiona, uno piensa y uno, indefectible, se vuelve más humano, quizá mejor persona.

Traslademos, ahora, esos sentimientos personales de tales valses al mundo. Todo aquel sentimiento de desgracia por desamores, por no poder ser percibidos igual socialmente, por el olvido de otros, por enfermedades, por nostalgia, etcétera, es una excusa para comenzar de nuevo. Es una excusa para volver a ver qué está sucediendo, para sopesar si es que puede ser de otra manera y, si esa otra manera, es mejor, entonces, aplicarla. Si se eligió un Trump, ¿es necesaria una Le Pen? Si se encontraron muchos implicados en un enorme caso de corrupción, ¿es necesario dejar que la prensa y el Poder Judicial se encargue solo de ellos cuando tenemos que los propios ciudadanos que ser fiscalizadores? Expresión de un vals criollo más bella es la letra. La expresión del mundo en tanto vals criollo debe ser su hablar. Su fiscalizar y hablar, hacer saber su opinión; es decir, darle sentido a la esfera pública de la que tanto han hablado los pensadores debe ser, pues, la letra del mundo al que le estoy llamando vals criollo.

Cada vez que algún hecho “se cante” con una voz trémula y una guitarra deprimida tendremos que relacionarlo directamente con una reflexión, mas ya no solo con sufrimiento. La reflexión nos llevará a un campo más claro y, no sé si más feliz, pero estoy seguro que, a la larga, al fin y al cabo, un campo más benigno para desarrollarnos. Seamos, pues, un hermoso vals criollo. Uno no de pena, sino seamos uno de reflexión.