De niño jugaba a ser escritor. Pasaba tardes enteras sobre el escritorio de papá, dibujando trazos sin sentido sobre toda hoja en blanco que caía en mis manos, intentando, a duras penas y sin éxito, imitar las historias que encontraba en los pocos libros que había leído. Con el pasar del tiempo -ya con más palabras en mi arsenal- empecé a formar pequeños cuentos con todo aquello que podía rescatar de mí distraída imaginación y, cuando finalmente llegó la adolescencia, y con ella los primeros amores de verano, me aventuré al mundo de las rimas. Me sentía orgulloso de todo lo que había logrado con mis juegos infantiles y me volví arrogante, como solo puede serlo un niño, al soñar con un mundo en donde todos leyeran lo que yo tuviese que contar. ¿Por qué no? ¿Quién podía asegurar que yo no sería un gran escritor al terminar la secundaria? ¿Un buen escritor? El mejor de todos, quizá.

Fue por ese momento en que tropecé con El Amor en los Tiempos del Cólera.

Había oído de García Márquez pero nunca había tenido la oportunidad de leer algo suyo. Tomé la novela y decidí que sería un buen calentamiento antes de leer Cien años de Soledad, la que muchos consideran su obra maestra. Yo, que me considero un lector lento, acabé con ella en tan solo dos días. Cuando finalmente cerré el libro, recuerdo haberlo dejado en la mesa y salir de la habitación inmediatamente. Sentí un dolor punzante en la frente y fue recién entonces que me percate que había permanecido dos días enteros frunciendo el ceño. No sabía si estaba furioso o triste, o si había alguna diferencia. El libro había sido una tanda de 473 bofetadas -una por cada página- que me despertaron en una cruel realidad. Después de leerlo solo tenía dos cosas en claro: jamás podría amar como Florentino Ariza ni escribir como Gabriel García Márquez.

Y es que el estilo de la novela es impecable. Una prosa que expresa más sentimiento que muchos de los poemas más desgarradores que he podido leer y páginas enteras que son, por si mismas, obras de arte. Abrir el libro en cualquier parte era encontrar un nuevo tesoro. Gabo repartía frases inmortales en cada línea con tanta familiaridad que uno no se daba cuenta hasta que leía las mismas fuera del contexto. Los escenarios y situaciones eran detallados de tal manera que cualquier acto cotidiano era captado  por nosotros como una fantasía. Los diálogos eran breves y precisos, suficientemente largos como para poder identificar a los personajes con facilidad, pero cortos con el fin de recordar la mayoría como una experiencia individual.

No hay mucho que decir de los personajes. Los secundarios son memorables y los principales, símbolos. Florentino Ariza y Fermina Daza poseen personalidades bien definidas y marcadas pero, aun así, pueden ser interpretados en un sinfín de maneras distintas. Para algunos, quizá Florentino sea un idealista idiota, o un romántico, o un obsesivo. Para algunos Fermina es la representación del amor imposible, o una mujer fuerte, o una niña caprichosa. La idea que tenemos del personaje varía de persona en persona, e incluso evoluciona con el tiempo.

Sin embargo, lo mejor de la novela es que esta trasciende todas las ideas tradicionales de lo que significa una historia de amor, volviéndose una suerte de ensayo, un análisis acerca de las distintas interpretaciones del sentimiento mismo. El amor no es solo la fuerza que inspira a ciertos personajes a actuar, como hemos visto tantas veces en otras obras, si no el protagonista indiscutible, es el objeto de estudio y los personajes pasan a ser medios en los que este puede expresarse.

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Resentido, como el niño que era,  volví a leer el libro en busca de errores y, cuando no los encontraba, me resentía aún más. Lo leí hasta el cansancio, hasta que las páginas de mi vieja edición se cayeron por el uso y tuve que comprarme otra. Lo leí tantas veces que recordaba frases, nombres, lugares de pura memoria. Lo leí tantas veces y con tanto odio que no tardo en volverse mi libro favorito.

Es por eso que este es el libro que más recomiendo. ¿Te gustan las historias de amor? Amarás este libro. ¿Odias las historias de amor? Amarás este libro. El amor en los tiempos del cólera es una obra maestra, de eso no hay duda. Así que, a menos que todos sean niños inmaduros de 13 años, léanlo. No importa que tengan miedo, no importa que después se arrepientan, porque de todos modos se van a arrepentir toda la vida si no lo hacen.