Identidad. Aquella palabra perdida en el concepto, que solamente la conciencia sabe explicar y el corazón retener. No importa si es de uno o de todos: importa lo que aporta al alma. Te hace llevar un soplo caliente en el pecho, saber qué caminos se han pisado antes que los nuestros, saber cómo fue moldeada nuestra cultura… se trata de construir nuestra coraza frente al mundo y mostrar quiénes somos realmente. Parte de la identidad es la cultura que reconoce cada uno, aquella que nos envuelve el cuerpo como una raíz añeja. A veces nos mantiene de pie y otras nos derrumba como árboles agonizantes. Puede ocurrir que no reconozcamos nuestro origen y caigamos en la gran problemática de dejar de identificarnos individual o colectivamente … o, incluso, quedarnos sin raíces.

En un país como el Perú, único por tener rincones tan distintos y distantes, existe un serio problema. Poco a poco se talan, deforestan y desaparecen los grandes “árboles” que nos conforman como nación, y se “construyen” bloques de cemento, rígidos y sin raíces con el fin de obstaculizar el crecimiento de un territorio previamente silenciado. Este problema es ensombrecido con el paso del tiempo, pero ha estado siempre ahí. Todas las culturas que conforman al Perú luchan por mantenerse vivas frente la indiferencia que crece ante ellas día tras día, y así, no sucumbir jamás a la occidentalización o aquella transculturación “europeizada” vinculada a ciertos enfoques económicos y sociales.

Históricamente ha existido en el Perú, y en muchos países de Latinoamérica, una lucha constante entre “los de afuera”, es decir, quienes vinieron a aportar sus elementos culturales a una sociedad, y los grupos que la conformaban originalmente con sus propias costumbres, lenguas, cosmovisiones y razas. La búsqueda de identidad después de la independencia se basó, justamente, en aceptar una historia colectiva que construía símbolos y formas de identificación como peruanos. Esto significaba incorporar elementos cotidianos, costumbres, signos y un pasado común, sin embargo, más tarde algunos grupos llegarían a romper con esta construcción de “peruanidad” para identificarse con sus propios símbolos. Como menciona la historiadora Rebecca Earle, “las historias que cuentan estos símbolos no son las que la élite, durante la independencia, había imaginado como una versión más inclusiva de la nación, sino que durante el siglo XIX la visión nacionalista de la élite fue siempre la de la patria criolla, un Estado creado a su imagen y semejanza, para sus propios fines”

Lamentablemente, esta idea parece haber quedado impregnada en nuestra idiosincrasia. Las relaciones entre las culturas indígenas y occidentales dentro de un solo país han creado un conflicto social muy grande que deja brechas y desigualdades. Hasta el punto en el que, hoy en día, se le da mayor reconocimiento a una cultura “adoptada” que a aquellas que son ancestrales en el Perú. Este caso se puede evidenciar bajo un enfoque lingüístico: las lenguas originarias, es decir, las que pertenecen a las culturas indígenas, se han ido extinguiendo en los últimos cuatrocientos años y, de las cuarenta y siete que se utilizan actualmente, veintiuno podrían desaparecer, dado que, entre muchos factores, existe una fuerte discriminación hacia las personas que se comunican mediante su idioma nativo.

Mientras tanto, el Estado no ha difundido la importancia de estos y, mucho menos, su uso (el cual, según el Ministerio de Cultura, se da por parte de más de 4 millones de peruanos). En consecuencia, no existen medidas que propicien el interés de la población hacia nuestras lenguas, así como tampoco se incentiva su uso entre los jóvenes y niños indígenas que ya han dejado de emplearlas. Esto último a raíz de que las generaciones pasadas no han promovido su aprendizaje debido al rechazo social, de este modo, el castellano ha sido asumido como su primera lengua. No obstante, esto desencadena una serie de consecuencias socioculturales, como lo es la perpetuidad de la discriminación lingüística en el Perú.

No se trata de ser chauvinistas ni patriotas. No se trata de una hermandad fugaz. Se trata de respetarnos y aceptarnos como nación. Ser un país en búsqueda de identidad significa tener la capacidad de aceptar lo bello dentro del camino al reconocimiento y, a pesar de las diferencias, poder encontrarnos más cercanos cada vez y aceptar que parte de uno es del otro. El origen de cada persona es innato y no se elige, se es. Identidad es poder compartir lo que conforma ese origen y pertenecer a aquello que nos hace ser parte, una y otra vez.