“El APRA y el fujimorismo tienen el respaldo del oligopolio informativo en el país y ¿el resultado cuál es?: gran impopularidad del gobierno, gran amenaza para las instituciones democráticas. Es decir, una situación pre-golpista”. Tal vez si esta frase citada hubiese sido proferida por el siempre “ponderado” Daniel Abugattás o algún cortesano “X” del nacionalismo, resultaría ocioso analizar el trasfondo del contenido que exhibe. Pero no. Aquellas palabras vienen de la boca de nuestro único Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, el intelectual más influyente de nuestro medio, y muy seguramente, el peruano más universal. Entonces, resulta necesario preguntarnos: ¿tiene algún tipo de asidero tal afirmación tan apocalíptica? Por mi parte, lo dudo. No hay indicios razonables que nos lleven a pensar en tal posibilidad. Digamos, el oficialismo tiene el respaldo de las Fuerzas Armadas y nada hace presagiar algún tipo de complot proveniente de militares. El sistema económico de libre mercado sigue vigente y, con el ministro Castilla y compañía fortalecidos, un modelo donde prevalezca un Estado intervencionista que agite los ánimos de los principales representantes de los poderes económicos, resulta poco plausible por el momento. Por otra parte, si bien es cierto, la popularidad del presidente Humala viene disminuyendo sostenidamente, hemos tenido un gobernante que pudo finalizar su mandato, a pesar de presentar un calamitoso 7% de aprobación en la población. Asimismo, nuestras instituciones democráticas siguen presentando niveles bajos de eficacia, lo cual, al parecer, es directamente proporcional con los deprimentes índices de confianza hacia ellas. Pero aquello no constituye una novedad, puesto que llevamos más de un década de democracia afrontando tal problemática. Entonces, con la primera duda resuelta, cabe lanzar una interrogante mucho más compleja: ¿qué puede generar que una persona aparentemente racional, se sienta impelida a pronunciar palabras tan altisonantes y carentes de fundamento que solo buscan generar preocupación?

Digamos, Vargas Llosa puede ser calificado de múltiples formas, pero terrorista o anti-democrático no es. Por otra parte, solo una persona ingenua podría creer que gran parte de la oposición no tiene una agenda oculta en sus constantes ataques al oficialismo, sobre todo en contra de Nadine Heredia. Sin embargo, existe una diferencia abismal entre el hecho de ser conscientes del típico enfrentamiento de intereses y calificar de “golpista” a los críticos del gobierno. Y resulta irónico que aquel tipo de actitudes provengan de un hombre que ha sido calificado como tal, o sea, de “golpista”, por diversos sectores políticos del continente. Aquí, durante el gobierno de Fujimori, fue acusado de armar un complot internacional que pretendía desestabilizar al oficialismo, hasta el punto de casi rescindirle la nacionalidad peruana. Sus constantes críticas a los autoritarismos latinoamericanos le generaron diversos problemas con gobernantes, siendo el apodo de “el golpista Vargas Llosa”, pronunciado en más de una oportunidad. Resultaría absurdo pretender que nuestro Nobel se sume al cargamontón en contra de la primera dama; no obstante, su rol de “garante” no debería ser confundida con una defensa ciega del oficialismo. En gran medida, el Perú le debe a Vargas Llosa que García no haya estatizado la banca o que haya prosperado un decreto que hubiera favorecido al Grupo Colina; es decir, medidas totalmente contrarias a la institucionalidad y a la democracia. No obstante, con sus declaraciones, lo único que logra es estigmatizar a la oposición (la cual debe existir para contrarrestar y equilibrar poderes) y a aislar a un gobierno cada vez más impopular. Por último ,según GFK, la aprobación de Humala ya ronda el 20%, me pregunto si el Nobel se atreverá a calificar al 80% restante de “golpista”.