Hay música, canciones y sensaciones que te acompañan toda la vida. Esa compleja armonía con el espacio es quizá de los mejores momentos que uno se puede llevar. No hace falta la memoria, basta el corazón. Hay músicos, artistas, magos completos que capturan recuerdos los cuales, colectivamente, son de la misma manera sentidos por un igual. De esta forma, uno puede recolectar pequeños momentos de hermosura por el resto de la vida.

Recuerdo hace algunos años, dejar que el silencio se apodere de la casa. Después, hice click y empezó la magia. Sonaba “Canción para los días de la vida”, de Luis Alberto Spinetta, el Flaco. No creo haber recordado un registro musical tan dulce, lleno de amor, sensibilidad, belleza y nostalgia como esa canción. Es de esas armonías adoradas que puedes escuchar en el momento preciso, cuando el corazón va a explotar y necesita liberarse, pero no tan seguido, para que no duela tanto cuando acabe. En medio de la canción, volteo y veo a mi papá sentado, mirando a la pantalla de la computadora. Él también estaba llorando.

Tal vez todos estemos condenados a servir para y de algo en este mundo. Quizá no todos tengamos el tiempo suficiente para curar las heridas que vinieron en nuestro paquete, en nuestro andar con los años. Unos hacen daño, otros lo remedian, otros solo siguen hasta cansar los pies, enterrar las emociones, botar la infancia al olvido y quedar con un nulo recuerdo de la ternura e inocencia; sin embargo, hay unos pocos, como el Flaco, que nacieron para hacer re-nacer a las flores marchitas, los ruidos citadinos, los llantos, las personas y convertir la vida en algo mejor. Revive a los que necesitan de ese aliento que hace a Spinetta tan parte de uno, como si realmente nos dedicara su más estremecedora canción, como si nos conociéramos desde lo más profundo de nuestro ser.

Pocos como él llegan, pocos como él se van tan rápido. Fue una suerte de diáfana luz  en su vida y en la del resto del mundo. Eterna será su voz, sus letras y pregones cuando se acababa la música y aún quedaba el polvillo sobre la atmósfera, permanente, entendiendo. Así quedamos todos después de oírlo, desvanecidos, y así nos volvemos todos canción, barro tal vez.

 

Me remonto a mis primeros recuerdos, cuando la voz de Charly García sonaba como un relámpago de locura y yo, fascinada, trataba de seguir el ritmo de algunas de sus canciones; otras, serían comprendidas con mayor profundidad con el correr del tiempo, como ocurrió con “Los dinosaurios”, una fuerte alegoría a la dictadura argentina y a los militares, los otros protagonistas de la historia. Tiene tantas formas de expresar la rebeldía, el espíritu rocanrolero que tantos vivieron y que otros anhelamos vivir, basados en la religión que nos aclare Charly. Verlo en conciertos ha sido una gran experiencia, no solo por verlo, sino por verlo regresar. Conversar con amigos de él es, después de muchas horas, quedarnos sumergidos en la increíble –porque no queda otra palabra-, vida artística y personal que ha vivido. Con mucha sutileza (y a veces no tanto), nos ha regalado momentos que solo él lograría alcanzar.

 

Estos dos genios -uno allá y el otro aún aquí, entre nosotros-, me acompañaron, cada uno en su momento, con todo lo que debe significar la vida misma, tal como lo relata con muchísima hermosura el Flaco en “Quedándote o Yéndote”. No hay más que agradecer en este espacio a la vida por los músicos que existen para guiarnos, hacernos crecer, acompañarnos en el dolor y alegrías, mediante los senderos que se bifurcan pero únicamente se juntan para permanecer en cada momento, como lo hicieron en mi vida, estos dos locos que rezan por mí.