“Creo que no aprendimos. Nos seguimos engañando que esto va a cambiar por un milagro, pero si no cambiamos como sociedad, no va a cambiar. El fútbol nos muestra tal cual somos

– Javier Mascherano

Muchos ya deben saber lo que ocurrió hace casi una semana en Buenos Aires, en La Bombonera, el estadio en el cual se jugaba la vuelta de la Copa Libertadores entre Boca Juniors y River Plate, tercer clásico argentino o “superclásico”, como a ellos les gusta(¿ba?) llamarle hace menos de un mes. Boca había ganado el que era para el torneo local. El anterior, en el Monumental, para la ida de la Libertadores (¿nuestra Champions?), lo había ganado River 1-0. No vi ninguno. No soy mucho de ver fútbol argentino, aparte de que parece una sombra de lo que fue. Pero, claro, sabía quién era quién, hasta tengo familia repartida en los equipos. Eso sí, ninguno se veía muy feliz del desempeño que tenían sus equipos. Mi papá se quejaba de lo fouleros que eran los jugadores. Algunas columnas en el DT de El Comercio decían lo mismo. Mi abuelo pasó el primer tiempo de la vuelta reclamando lo mismo. Que pura entrada fuerte, puro golpe, puro foul. No lo veía pero escuchar todo eso me quitaba las ganas. Lo único que me gusta ver golpeado en el fútbol es la pelota.

Claro, hubiera sido mejor ver “Superclásico de golpes: Parte 2” que ver lo que ocurrió. No había razón, desde mi punto de vista, para el gas pimienta. No había razón de la demora. No podía entender cómo unos policías veían más conveniente poner los escudos al aire que ir a detener a los desadaptados que arrojaban botellas a los malheridos y violentados jugadores de River. Hay mucho que no entendí de ese momento y lo que le siguió (¿tenían que ponerle una sanción tan suave a Boca, que debía verificar la seguridad de SU estadio?). Pero lo que me atañe más es la conducta de los hinchas. Me gusta el fútbol, no siempre veo tanto como quiero (no me he tirado prácticas ni he rezagado por partidos) y tengo corazón blaugrana, ¿pero podría llegar hasta ese punto? ¿Qué tengo en común con esos delincuentes xeneizes? Creo que todos los hinchas del fútbol deberíamos preguntarnos eso.

Recordé conversaciones con amigos que no son tan o son nada futboleros. Uno me preguntó si eran hipócritas las arengas homofóbicas de parte de hinchas que fuera del estadio creen en el movimiento LGTBI. Lo cierto es que respondí cualquier cosa. Que el fútbol resalta nuestros sentidos animales e irracionales. Que dejamos ir el bagaje cultural. Igual, no respondí la pregunta en cuestión. Pero me quedo con el tema del sinsentido. No es racional, siendo honesta, detestar a alguien igual a uno excepto en el color de la camiseta. Aparte, somos iguales: tenemos al ídolo, al equipo, al DT que nos hará triunfar y las mismas quejas cuando no ganamos. Pero el color hace, o parece hacer, una diferencia insalvable. Porque usan otro color, pasamos de decirles “idiotas” a echarles gas pimienta casero. Sé que lo último es extremo, pero el primer paso a la violencia es la diferenciación. Los “otros” siempre valen menos que “nosotros”. Y siempre es más fácil dañar al distinto. Basta chequear la historia humana para ver eso.

Alguna vez pensé que el fútbol había logrado desfogar las pasiones que antes nos llevaban a la guerra. No digo que uno de los lastres negativos del siglo XX se solucionaría con un Israel-Palestina, pero hay que ver cómo se ponen los ánimos cuando Perú se enfrenta o a Chile o a Ecuador (de hecho, la última vez que les ganamos se convirtió involuntariamente en una cortina de humo). Liberamos esas cosas que en teoría se deben superar. Pero parece que está reflejando otras cosas. Parece que solo quedó la emoción y el odio, y por eso se llega a violentar, porque los fouls ya no bastan. Por eso uno termina sintiéndose un animal sin sentido. Por eso, aunque no sea uno de la hinchada involucrada, puede sentirse mal. Porque no hay santos, ¿quién sabe si la facción delicuencial de la hinchada de River ya planeó la “venganza”?

Lo cierto es que todo aquello era tan tonto que entendí por qué a algunos amigos no les gusta el fútbol. No dejaré a mi equipo, claro, y no voy a dejar de ver. Me emocionaré los noventa minutos y luego seguiré haciendo mi vida. Porque sé que en el fondo se trata de once tipos tratando de pasar una pelota a través de una red y que, por más entretenido que sea y la estrategia que involucre, por más paralelismos que notemos con el mundo real y peleas imaginarias que hagamos, no vale quemaduras ni agresiones ni, mucho menos, vidas.