Recuerdo que en algún momento mientras cursaba mi cuarto ciclo en la universidad, una amiga me comentó que iría a hacer labor social de voluntaria a un albergue de niños, y me consultó si quería ir. Desde el colegio he venido asistiendo a voluntariados o “pastoral”, como lo llamábamos en ese entonces, por lo que de inmediato acepté su invitación. Sé que no merece mucha explicación, pero las pocas veces que me han preguntado por qué lo hago, siempre respondo lo mismo: me gusta hacer de este mundo un lugar mejor y saber que puedo ayudar a mejorar, o facilitar por un segundo, la vida de una persona que lo necesita, y, como dice cierto personaje de los cómics a quien mordió una araña y adquirió superpoderes, si uno puede y está en la capacidad de hacer algo bueno por otra persona, tiene el deber moral de hacerlo.

Ese sábado me encontré con ella muy temprano en la universidad y, en un bus que nos proveía a ella, emprendimos nuestro camino. Mientras llegábamos, le preguntaba acerca de este lugar al que íbamos a ir. Era un albergue de niños, de entre 1 y 15 años, los cuales habían sido abandonados por sus padres, o niños cuyos progenitores no se encontraban en las capacidades –tanto económicas como físicas- de mantenerlos. Nuestra labor consistía en jugar con ellos, repartirles la comida, lavar sus platos, lavar y colgar su ropa, o ayudar a las señoras que ahí atendían voluntariamente con los niños más pequeños. Era algo que había hecho en el colegio, me gustó la idea de interactuar con niños.

Llegamos y era un paisaje que ya conocía casi de memoria: pobre, muy pobre, con algunos muebles viejos, infraestructura dañada, juguetes tirados por el suelo y niños de todas las edades corriendo por todos lados. Hice un poco de cada cosa, ayudé en donde pude y repartí las donaciones que habíamos llevado, pero donde pasé más tiempo fue jugando con los niños. Todos y todas querían mostrarte su juguete, o preguntarte cómo es que funcionaba, o si podía arreglarlo. Probablemente, una de las miradas de agradecimiento más sinceras que he recibido en mi vida ha sido la de ese niño al que le arreglé su camioncito cuya rueda se había salido.

Lejos de toda esa bulla, pude notar a una niña que estaba sentada en una mesita al fondo del salón donde todos estaban jugando, y la noté triste. Fui donde estaba y, con algo de dificultad, me senté en la sillita que tenía al frente. Siempre me ha gustado hablar con los niños, siento que tienen mucho que decir y que la mayoría de personas no se toma el tiempo de preguntarles qué es lo que sienten o por qué se sienten así. No diré su verdadero nombre, así que pongámosle María. Le pregunté por qué estaba triste, y no me quiso responder y siguió peinando a su muñeca que tenía entre brazos. Le pregunté una segunda vez y después de levantar la cabeza me dijo que su papá le había gritado el día anterior. Tendría no más de 10 años y podía notar que había estado llorando.

Después de sonreírle y preguntarle muchas cosas, entre ellas el por qué su papá le había gritado, María me dijo que su papá siempre le gritaba y que a veces a su hermanito menor y a su mamá también, especialmente cuando toma con sus amigos hasta tarde y llega gritando en la madrugada. Debo admitir que, a pesar de que es un tema recurrente en muchos programas y novelas que podemos ver en la televisión, que te lo cuente una niña con los ojos llorosos y voz medio quebrada me afectó mucho. Le pregunté si era algo que pasaba seguido y si les había comentado a las señoras que las cuidaban ahí, y me dijo que ella solo iba algunos días a ver a su mamá y a su papá, pero que cuando iba siempre le gritaba. Se me prendió un foquito y con mucho temor le pregunté en voz baja “¿te ha pegado?” y ella asintió con la cabeza. No sabía que decirle, me daba mucha pena e impotencia al mismo tiempo. Cuando le pregunté si también les pegaba a su hermanito y a su mamá y me respondió que sí, se me hizo un nudo en la garganta que aún siento cuando escribo esto. Seguido de eso, e interrumpiendo mi silencio, me mostró un moretón en su brazo y me dijo “mira, esto me hace mi papá”.

No sabía cómo reaccionar, parecía sacado de una novela. Siempre he sido una persona que no tolera gente violenta, y menos que agredan a mujeres o niños, y esto me causaba una sensación de rabia e impotencia que quería desbordarse, pero mantuve la calma. “¿Cómo se llama tu muñeca?” pregunté, a lo que ella esbozó una pequeña sonrisa y me dijo “Marta”. Y así estuvimos jugando un rato, una media hora me imagino, hasta que mi amiga me dijo que había que mover algunas cajas afuera y que la ayude. No podía dejar de pensar en lo que me había dicho, o peor aún, que probablemente no era la única niña que pasaba por eso dentro de ese lugar.

Al terminar de mover las cajas que me encargó mi amiga, fui a hablar con una de las señoras que me habían indicado que estaba a cargo. Le comenté acerca de lo que María me había contado, y ella me explicó que sí estaban conscientes de la situación, que su papá era una persona muy violenta y que ya le habían dicho a su mamá que lo denuncie, pero ella no lo hacía por miedo a quedar desamparada, porque ella trabajaba, pero no ganaba lo suficiente para mantener a sus dos hijos. “Nosotros tratamos de ayudar lo más que podemos, pero comprenderás que a veces hay situaciones que se escapan de nuestras manos. Igual intentamos hacer que ella se sienta bien cuando la tenemos con nosotros”. Le pedí que por favor me mantuviera al tanto de la situación de María, le dejé mi número para que me escriba cualquier cosa que aconteciera o cualquier otra en la que pudiera ayudar. Accedió.

Después de despedirme de María y de los demás niños ese día, no volví a regresar a ese lugar. Un viaje y muchos problemas después impidieron que siguiera en contacto con mi amiga y que realice con más frecuencia esas visitas. No había sabido nada de ella hasta hace un par de días que recibí un mensaje suyo en Facebook. Después de saludarnos y ponernos un poco al día me preguntó “¿Te acuerdas de María?”. Al volver todos esos recuerdos a mí de ese día que la vi, se me revolvió un poco el estómago. “Si, claro. Dime, ¿qué pasó? ¿Está bien?” seguí, a lo que ella me respondió “tengo algo que contarte”. Sentía que era algo malo y efectivamente tenía razón.

Me contó que hace poco había regresado a aquel albergue de niños y que logró conversar con la señora encargada. Esta le había comentado que María, ahora de 13 años, había salido embarazada y que sospechaban que era de su propio padre. Al momento de leer eso me quedé congelado por un segundo y no pude evitar que se me revuelva el estómago de nuevo. Después de digerir la noticia por un minuto le pregunté si es que podíamos ir a verla y que quería ver como estaba, pero me dijo que los papás de María ya no la dejaban en el albergue y que ya no sabían más de ella. ¿Recuerdan esa impotencia que sentí ese día al hablar con ella? Ahora sentía lo mismo, solo que multiplicado por cien. Mi amiga se despidió de mi con un “si sé algo más te aviso, pero sabía que te había preocupado María y sentía que necesitaba contártelo”.

¿Sabían que el maltrato infantil es un tema muy fuerte y sonado en el país? Según cifras oficiales, cada día se denuncian 52 casos de maltrato infantil en el Perú y en los primeros seis meses del año 2015 se presentaron 9495 denuncias de agresiones psicológicas, físicas y sexuales contra menores de edad. Aunque hay una cifra negra de casos que no son denunciados, la estadística es alarmante y mucho mayor que la del 2014, en el que se registraron 15179 denuncias. “Esto significa que mientras el año pasado se presentaban 42 denuncias al día por diversos tipos de violencia contra menores de edad, este año el número llegó a 52. Una de cada tres denuncias se debe a violencia física, es decir que cada día 17 niños o adolescentes son víctimas de ese tipo de maltrato”, dijo el viceministro de Poblaciones Vulnerables, Fernando Bolaños.

Así como estas, existen muchas más cifras de maltrato infantil, las cuales incluyen, como ya hemos visto, abuso y maltrato sexual. María era solo uno de los tantos casos no reportados y repartidos a lo largo de todo el Perú. Aún no puedo evitar pensar qué es lo que habría pasado si hubiera tomado un poco más de cartas en el asunto, o si hubiera insistido un poco más por alejarla de su papá, pero soy consciente de que hay veces que es difícil o está fuera de nuestro alcance el hacer algo para ayudarlos, como en este caso por la madre que no quería denunciarlo. Podría ahondar mucho más en el tema y explicar más acerca de esto, pero creo que el ejemplo de María es muy representativo e insta a tomar cartas en el asunto, y eso es algo que espero que hagas. Si eres testigo de algún incidente como estos, o conoces de alguien que esté pasando por algo parecido, haz lo posible para que lo denuncien y puedan estar a salvo. Podrías estar logrando que un niño tengo una mejor infancia, o incluso salvándole la vida. Me rompe el corazón saber que María haya venido sufriendo mucho tiempo, pero más me duele el saber que probablemente vaya a sufrir por mucho tiempo más.