Son dos las modernas lavadoras que se van malogrando en mi casa. Que yo recuerde, ambas iban con significativos stickers que denotaban su tiempo de garantía. Para quien las vea, eso hubiera parecido completamente innecesario… a fin de cuentas, quedan frescos en mi memoria los mecánicos movimientos de la lavadora G&E de los candentes ’70 en mi cabeza y su efectividad en el lavado. El resistente artefacto, que para el economista Gustavo Yamada sirve como medición de pertenencia a la clase media, se ha mantenido estable hasta el día de hoy. Todo hacía pensar que ahora la situación sería diferente y mejor, que aquellas nuevas lavadoras durarían mucho más como resultado del avance de las tecnologías. Pues nunca sucedió.

Las últimas clases de Ecología en la universidad tocaron el tema del impacto humano en el medioambiente. Es un tema controversial a la vez que apasionante. Quienquiera que sienta comunión con la vida se vería tocado. Fabian Drenkhan, biólogo alemán que se encarga del curso, culminó las clases con un documental clarividente: Comprar, tirar, comprar. Cossima Danoritzer es la directora y el documental fue presentado en el 2010.

El título es elocuente. Fácilmente nos recuerda la cotidiana tarea que cada uno tiene de adquirir, usar y botar. La tecnología de comunicaciones probablemente sea uno de sus más emblemáticos ejemplos: del celular con radio al de cámara, luego al ruidoso Nextel, pasando por el cercano Blackberry (el famoso “bb”) hasta las inmensas tablets. Todo es un boom de tecnología, es una incansable sed de renovación. ¿Será cierto eso? ¿La insatisfacción del consumidor por la compra es genuina, o tan solo reacción a la pronta caducidad del artefacto en cuestión? El documental precisamente interviene en ese punto.

Es el año 1929 y EE.UU., robusta economía del mundo, ha entrado en crisis… y el mundo con él. Tras la ebullición de producciones en masa que anualmente cambiaban para evitar ser vistas como estancadas en el tiempo, el desbordado modelo de producción –que nació en la industria automotriz- se trajo abajo al mundo. Hubo dos alternativas ante la desastrosa crisis: el ‘New Deal’ del presidente Roosevelt, que finalmente fue aplicada, y la del empresario inmobiliario Bernard London, que pasó inadvertida.

London propuso la “obsolescencia programada”: un mecanismo que ponía límite a la vida de un producto y que llevaría a que el consumidor –previa devolución del producto a una agencia del gobierno- adquiera más. De esta forma, el consumo y la economía se mantendrían estables. Quedan en el misterio sus motivaciones personales: si fue fomentar el empleo o maximizar la producción.

La “obsolecencia programada” llegó con un nuevo rostro en los 50, y desde la fecha se ha instalado. El renovado concepto trata de algo simple pero eficaz: seducir al cliente a la compra inmediata. En contraposición a la idea del producto de larga utilidad en la visión europea, el abanderado en ese entonces de la “obsolescencia programada”, Brooke Stevens, apostó por un consumidor inconforme, siempre en búsqueda de la innovada mercancía. Los negocios en estos tiempos líquidos.

El resultado es una economía que ve en el crecimiento un fin en sí mismo, más que como satisfacción de necesidades. En ese aspecto, el consumismo es un objetivo crucial. Básicamente de ello depende todo. Para estos fines la ingeniería tuvo una participación relevante, digna de una tragedia griega: los conocimientos para avanzar en la ciencia, en el campo empresarial eran (son) utilizados para la caducidad, para la finitud anticipada. Muchos ingenieros vieron sus conceptos éticos naufragar ante las leyes del mercado. La publicidad, gigante cómplice, no tiene menos responsabilidad. Un ejemplo: el revolucionario hilo nylon, que era tan fuerte como para que un carro jale a otro, traía efectos contraproducentes a la empresa que lo innovó, pues no le convenía para tiempos ulteriores; de ahí su actual fragilidad. Escuelas de diseño e ingeniería se encuentran bajo el paradigma del “ciclo de vida” del producto, que no es otra cosa que producir mercancías con fecha límite.

En la larga cadena de producción, la contaminación es un hecho que estremece. Además de las claras señales de alteración ambiental producto del ritmo llevado por las economías industrializadas, países en vías de desarrollo son los que sufren las consecuencias de los “autores inmediatos”. Los artefactos desechados distan mucho del deseo de London. Bajo el cínico argumento de cerrar la brecha de tecnología (en este punto uno no sabe si reír o llorar), las economías desarrolladas destinan sus residuos tecnológicos a África, siendo Ghana el país que tiene el mayor vertedero de basura tecnológica: el 75% de esos envíos es pura chatarra. Las imágenes de los territorios ghaneses son pasmosas.

Los movimientos sociales de oposición son varios. Los mismos ciudadanos se sirven de conocimientos de informática mediante las redes sociales para combatir la técnica usada para limitar el uso de los productos, y hasta demandan colectivamente a las empresas llevar a cabo tal estrategia. Un ciudadano ghanés, Mike Anane, recoge información del mar de residuos para llevar una indignada denuncia ante tribunales internacionales. El enérgico concepto “de la cuna a la cuna” propone que la dinámica económica siga el ritmo de la naturaleza: que los restos de un ser vivo se conviertan luego en nutrientes para dar más vida; se habla de un ciclo vital. Y aunque suene jalado de los pelos, uno de sus autores, Michael Braungart, comprobó sus conocimientos en una industria textil. El autor cree fervientemente en que tal sistema puede ser aplicado a cada rama productiva. Finalmente, uno de los más críticos, Serge Latouche, teórico del decrecimiento, sustenta un cambio de esquema total, una revolución cultural: no más despilfarro, reducir consumo. En buena cuenta, todo suma para recabar alternativas a un sistema tan arraigado en el mundo.  Hablando de la dependencia de la felicidad en base al consumo, Latouche comenta que “desde los tiempos de Karl Marx consumimos 26 veces más pero las encuestas dicen que no somos 20 veces más felices”.

A lo largo del documental uno se da cuenta de que no solo se trata del capricho de último momento, de elegir el producto de moda. Las vinculaciones son múltiples y trascienden nuestras burbujeantes fronteras.

(Aquí el link del documental: http://www.rtve.es/alacarta/videos/el-documental/documental-comprar-tirar-comprar/1382261/ )

Fuente: thebluepassport, wikipedia