Puede ser (o, mejor dicho, “sonar”) monótono el hecho de recurrir constantemente a la canción “The Sound of Silence” de Simon & Garfunkel. Pero esa canción llena de misterios, de condenas a nuestra ignorancia voluntaria, a nuestra admiración por lo inmediato y a nuestra satisfacción irremplazable de lo cómodo y lo tranquilo, incluso dentro de un mundo lleno de crisis de toda clase, se ha vuelto un himno para nuestros tiempos. Las razones son varias pero una se relaciona con la entrada especial que hoy quería compartirles: esta idea de guiarse por una luz de neón, de rezarle y de obedecerle al silencio, que crece como un cáncer según la canción; al mismo tiempo, esta idea conlleva un alejamiento de la reflexión y la búsqueda propia de la verdad. Hemos entrado, pues, en una época de vaticinada posverdad. Este neologismo se ha enraizado de a pocos en las dinámicas globales y ahora surgen, gracias a él, nuevos tipos de gobierno que en realidad se asemejan, en parte, a algunos más antiguos.

Definamos, primero, el concepto de posverdad. Este término, acreedor en más de una lengua del premio “La palabra del año”, guarda en su interpretación y definición, como ya se vio en el título, un carácter global. Periódicos varios, de diversos países, han acuñado la palabra para explicar algunos procesos actuales y, claro, para ¿celebrar? su premio como la palabra más trascendental del año pasado. El término posverdad implica, antes que todo, la unión de un prefijo y de un sustantivo que ya conocemos. El prefijo “pos” en el sentido de este término, aunque ligado principalmente a la idea de que algo es posterior, quiere indicar aquello que va más allá de lo que ya existe: algo que, incluso, ya existe de una manera en el mundo real, con este prefijo toma una forma nueva. Así pues, la verdad queda en un plano previo si es que esta pequeña partícula se le antepone. La verdad ya no es más algo legitimador o válido; hemos llegado a una época de algo que va más allá de la verdad, que está aun después de aquello que nos parece último. Algo que nos ayudaría a comprender el término de una manera más deducible es en su traducción a otro idioma. En el idioma alemán, el término se traduce como postfaktisch, algo así como “posfáctico”. Aquello que este concepto nos tiene por decir es que el mundo ya no se queda sobre la base de hechos (hechos verdaderos), por ejemplo, políticos, sino más bien de apelaciones a los sentimientos a la hora de, por ejemplo, elegir candidatos a las presidencias. Este uso, según un artículo de The New York Times, es explotado por partidos populistas o medios de comunicación sensacionalistas.

De esto no cabe la menor duda. El mundo ahora se rige, pues, por un conjunto de mentiras, unas ganas de creer que lo falso es verdadero (incluso, con pruebas irrefutables de su falsedad). Entonces, ¿qué está luego de la verdad? Está la posverdad. Está esa negación de la verdad, incluso ya sabida, por una superación de los sentimientos sobre la razón y que gusta de lo inmediato para la solución (claramente inmediata) de una crisis mundial que tanto han predicho grandes artistas; uno de ellos, como ya vimos, tenía de nombre “Paul Simon”. En resumen, el término, en forma de sustantivo posverdad o en forma de adjetivo postfáctico, es una mentira que tiene más validez que la verdad para legitimar lo que sea: en el ámbito político, social e, incluso, moral (por ejemplo, en el último artículo de Pedro Salinas en La República, “Posverdades sodálites”).

Centrémonos, por fines de esta entrada, en el ámbito político. El ejemplo más claro actual es el de Donald Trump. El empresario más mediático en los últimos años de la historia de los Estados Unidos se volvió presidente con muchas exageraciones, muchos insultos, muchas ideas que van en contra de la cultura democrática y cosmopolita a la que la mayoría de Occidente aspira y, sobre todo, con muchas mentiras y blasfemias en contra de otros candidatos, y en contra de su pasado. Construyó una verdad llena de mentiras. Apeló a los sentimientos. Prometió lo inmediato. Y ahora lo está cumpliendo a paso rápido. No obstante, aunque esto pudiera parecer un cumplimiento de lo prometido, no lo es. Aquí hay un problema lógico, un silogismo hipotético erróneo. Trump basa todas las desgracias del sistema en inmigrantes, en el exterior y en muchos ideales relacionados a lo liberal. Para ello, es necesario construir un muro enorme, no permitir la llegada de inmigrantes, matar a musulmanes y, entre otros, cerrar las fronteras. A lo mejor, mucha gente se lo ha creído en totalidad; sin embargo, la totalidad de la verdad es dañina, pues es radical: viene en paquete. Todo lo que dijo Trump es cierto y solo funciona si es que todo se hace junto. La mentira se volvió verdad y la verdad se radicalizó. Y así sucedió con el Brexit, y así con el desarrollo del movimiento anti-islámico Pegida, y así con todos los movimientos europeos populistas que están validados por un apoyo no siempre racional y sincero de la población.

Este fenómeno no es, sin embargo, algo alejado del contexto. Este fenómeno posfáctico funciona porque los tiempos desesperados reproducen gente desesperada que cree que las soluciones desesperadas son las mejores. ¡Qué desesperación! Las mentiras reconfortan y las verdades duelen. Eso no parece muy raro, pero se ha ampliado tanto que ha llegado a ese organismo que regula las instituciones de la sociedad; ahí no solo es raro, sino también es peligroso. Las instituciones que nosotros creamos están llenas ahora de mentiras conocidas como mentiras: son mentiras innegables aceptadas con una tapada de ojos voluntaria como verdades. Por eso es peligroso y es muy peligroso. Y aún más peligroso si es que tenemos en cuenta su carácter global: no solo es Trump, el Pegida, el Brexit, el comunismo, sino es un todo. Todo es parte de un sistema en que, incluso cuando ya hemos salido de la caverna platónica, preferimos vivir cómodos y encadenados con las sombras. Todos los esfuerzos filosóficos, científicos y lógicos parecen llegar, en esta época, a un sentido muy vano. Milenios de esfuerzo por llegar a la verdad y miren, pues, hemos llegado a la posverdad. Vivimos en un mundo falaz que tiene miles de errores lógicos. Somos un error lógico. Empero, nos deberá quedar en claro que, incluso después de estos momentos posfácticos, está la verdad, pues ella es lo último y aquello que tenemos que buscar.