En la historia de América, la migración ha dado origen a la actual población del continente en dos ocasiones. La primera fue por el año 10 mil A.C., y la segunda empezó hace 500 años y todavía continúa. Es una capacidad humana que nos ha permitido sobrevivir como especie.  Cada vez que las condiciones de vida de un lugar impedían la supervivencia del hombre, este pudo mantener su integridad eligiendo salir de su lugar de origen para migrar hacia campos más fértiles, valles más verdes o llanuras con más animales. Tiempo después, surgieron pueblos, etnias y naciones revestidas bajo la tutela formal de una entidad política y fue entonces que estas migraciones pretendieron regularse. Sin embargo, nunca llegaron a ser controladas por completo. Un ejemplo de esto fue la migración de las tribus germánicas del norte al Imperio Romano de Occidente en torno al siglo III, debido a un fenómeno climático. Cuando estos grupos arribaron al gran emporio, pidieron asilo pero el sistema político romano se mostró vacilante al darles una respuesta. A veces los aceptaba, a veces los rechazaba, e incluso llegó a enfrentarlos militarmente. Pese a esto, al final el permanente flujo de personas que iban de un lado a otro en el continente europeo generó –violenta o pacíficamente- el caldo genético y cultural que le da forma hoy en día. Ahora, Europa es el heredero de ambas tradiciones.

Así, la historia de las migraciones parece plantearnos varias interrogantes. En más de una ocasión estos desplazamientos de población han generado alteraciones en las condiciones de vida de la localidad a la que se dirigen. Estas pueden ser de carácter negativo, como la sobreoferta de mano de obra y la consecuente reducción en su valor, o de carácter positivo, como la realización de funciones que la población local no podía cumplir. El asunto es que siempre han generado controversia y enfrentamiento, incluso cuando estas eran activamente promovidas por un gobierno.

En efecto, durante los años finales del siglo XIX los gobiernos liberales desarrollaron una política de libertad de cultos e intensa promoción de la inmigración para la generación de “un nuevo pueblo”. Esta política estaba anclada en la teoría de las razas basada en el darwinismo social, que postulaba como solución a la “postración” de la raza india, la renovación de su base biológica mediante el mestizaje con las “razas superiores” (germánica y anglosajona). En Argentina, por ejemplo, fue muy clara la intención de construir la nación “desde los barcos”, obviando la existencia de un componente indígena (debido a que este estaba casi eliminado tras la guerra de Conquista del Desierto) o de uno afroamericano. En el caso peruano, las leyes de promoción de la inmigración permitieron la llegada de grupos de colonos alemanes, que una vez que alcanzaban el territorio, eran abandonados a su suerte para poder llegar a sus tierras prometidas en la selva central. Al Perú también llegaron italianos y españoles, en menor número que a sus vecinos, pero ellos supieron reinventarse en el lugar, aliándose con las familias adineradas del país.

En ese mismo periodo, el país también observó la llegada de personas desde el Asia. La inmigración china, por ejemplo, comenzó por acción de un contrato firmado por el empresario para traer a los chinos culíes a trabajar en la hacienda (aunque las más de las veces se los engañaba para que terminasen excavando guano y sin la posibilidad de acumular dinero, ya que le pagaban en fichas de la tienda de la hacienda). Se solía decir de ellos que eran sumisos, descontrolados y fumadores de opio, un discurso que solía relacionarlos a la “raza india” y a otro grupo inmigrante de antigua data: los afroperuanos. Por otro lado, el otro grupo asiático que llegó a Perú fue el de los japoneses. Ellos tuvieron mejor suerte, primero al dedicarse a la hacienda algodonera, pero luego alcanzando puestos como comerciantes, empresarios industriales y hacendados. Con todo, la llegada de inmigrantes al Perú fue mínima comparada con los países de la costa atlántica, en donde la mayoría de la población trabajadora era de origen inmigrante. Estados Unidos, Brasil y Argentina fueron los países que recibieron más inmigrantes en el siglo XIX, relegando a países de la costa del Pacífico, como Perú, a recibir un muy pequeño porcentaje de los mismos.

Es curioso como la inmigración hoy en día sigue siendo un espinoso tema de debate para los peruanos. En el siglo XIX discutían sobre qué “raza” era la que iba a llegar y qué facilidades había que darles; hoy se discute si habría que dejar entrar a los inmigrantes y qué restricciones habría que ponerles. La sociedad peruana nunca ha estado muy a gusto con la presencia extranjera y no es extraño que los venezolanos sean hoy –como sus antecesores- víctima de la xenofobia imperante. Cuando la Marca Perú nos pinta como el país de la hospitalidad y la amistad, ¿acaso recordamos el trato que les damos a nuestros inmigrantes? ¿Recordamos los saqueos a propiedades de chinos y japoneses durante la Segunda Guerra mundial o tan siquiera el cargamontón mediático que le hicieron a un inmigrante chino acusado de servir “carne de perro” en un chifa? Deberíamos plantearnos mejor la imagen que queremos proyectar como país o al menos recordar que nosotros también hemos estado en esa posición, ya que durante los años 80’ las altas cifras de migrantes peruanos se dirigieron a Estados Unidos, pero también en grandes números a países como Chile y la propia Venezuela.