A principios del ciclo 2016-1 hubo una noticia que dejó sorprendidos y disgustados a propios y extraños: se eliminaría el, tan ahora anhelado, plato Básico y el accesible Económico. Dicho cambio trajo consigo la iniciativa de ofrecer nuevas alternativas de consumo dentro de la universidad. Si antes de la eliminación del básico existía una cantidad reducida y controlable de alumnos que ofrecían productos alimenticios, luego de la eliminación esta cantidad aumentó desmesuradamente hasta la fecha actual. Además, se crearon grupos de Facebook donde se ofrecían diversos productos alimenticios con los que nosotros sólo podíamos soñar; se establecieron sociedades, microempresas, etc. en un mercado que seguía creciendo; y se ofrecieron servicios adicionales como el ‘delivery a todo Cato’, promociones y sorteos.

Si bien la variedad de ofertas abre una ventana a una infinidad de productos y uno escoge libremente a quién le compra y qué, la cantidad de traficantes hace de la práctica de venta de alimentos algo inestable. Traficantes van y vienen, no hay continuidad en las ventas, no hay un control de calidad o sanidad de los productos o un centro que pudiera recibir reclamos e insatisfacciones de los comensales.

No se puede negar que hay ya marcas bien establecidas en el rubro y que son buscadas con nombre incluido; pero muchos, por no decir la mayoría, son nuevos microempresarios que prueban con mercado desconocido. Muchos de éstos no tendrán suerte y cesarán las ventas en poco tiempo, otros se quedarán y otros nuevos llegarán; este desbalance puede confundir al comensal. Además, si un comensal recibe un mal producto que no satisfizo las condiciones que este mismo ofreció, no le queda otra opción que no volver a repetir la compra, ya que, obviamente, la persona que le vendió no cuenta con un libro de reclamaciones o servicio al cliente. Algo parecido pasa con el control de sanidad: sin una adecuada inspección ninguno de nosotros sabe, al fin y al cabo, en qué condiciones se elabora cada alimento. Lo cual constituye un problema latente para la salud de los universitarios.

Por todo lo anterior, convendría una medida que pudiera poner un límite y, tal vez, darles la seguridad de establecimiento a los traficantes para que puedan vender sus productos sin inconvenientes y de manera permanente: el buen llamado ‘filtro’. Empezó como una buena iniciativa, pero necesita regulación.