El terror y el miedo se reflejan de múltiples maneras en nuestra sociedad contemporánea. A veces, se presentan con ataques terroristas, con ataques contraterroristas, con atentados inesperados y también esperados. A veces, consiguen presentarse como una provocación para que un grupo de personas reaccione de la misma manera con la que ha sido incitado a actuar. El último atentado en Londres, en las puertas del Parlamento, pudo ser muestra de ello. Cuatro personas fallecidas y dos decenas de heridos es el saldo que dejan los actos criminales de un ciudadano inglés. El Estado Islámico, no hay que sorprenderse, se ha adjudicado, una vez más, la autoría de los hechos. No obstante, así como no hay que sorprenderse por quién se ha dado la autoría de los múltiples crímenes, tampoco hay que sorprenderse de que esto suceda; al menos, Londres actúa de esa manera. Diversos medios internacionales han confirmado que toda la ciudad ha despertado normal. Como diría Hannah Arendt sobre Eichmann cuando se refería a la banalidad del mal, “aterradoramente normal”. Claro que este terror de normalidad no es para aterrorizarse, sino, más bien, para calmarse. Al reaccionar de tranquila manera a uno de estos ataques, toda la profundidad y sentido (atención con esta importante palabra) pierden fuerza y sustento. El terror desaparece. No afecta. Pareciera que así ha sido esta vez. En esta entrada, analizaremos, con brevedad, un arte pacífico del enfrentamiento contra el terror y la violencia.

Pongámonos en la situación, pues, que nosotros, los humanos, fuéramos seres que no sentimos miedo de ningún tipo y que, cada vez que haya una mala intención en la cabeza de alguien para con nosotros y viceversa, algún mecanismo interno de nuestra naturaleza la eliminara. Bajo una lógica así, las guerras no podrían existir sino en un imaginario (y hasta quizá no). Si infundir miedo a otros no fuera una posibilidad a la mano, matar gente no sería ningún tipo de (claro está, terrible, inservible, inútil y a la cual me opongo al cien por ciento) herramienta. Si elimináramos, pues, el miedo como una característica auto-justificada o axiomática de la naturaleza del ser humano, atentados como el que ha sucedido días atrás no serían sino minucias. Estado y sociedad se lo han tomado de una manera ni así ni asá, simplemente, de una manera normal. Cada uno ha continuado con sus labores y todos, aunque conscientes, porque han tragado saliva al enterarse de la grave noticia, han decidido inmiscuirla en la levedad de los tiempos actuales porque el secreto parece ser ahora no tomarse nada en serio. Pero incluso hay que tomarse en serio el hecho de no tomarse cosas en serio. Hay que saber cómo no llevar las cosas a la ligera. Hay condiciones y contexto detrás de esta forma de enfrentar los problemas. Hay, además, una predisposición.

Como dice en The Guardian el periodista Jason Burke, primero que todo, no debería sorprender absolutamente que el atentado haya venido de un ciudadano inglés. El mecanismo de ataque que se ha hecho realidad en los días previos se ha vuelto común. El terror se ha comenzado a volver predecible. Europa recibe balas, probablemente muchas menos que el Medio Oriente, pero Europa, gracias a su contexto y condiciones varias de sus sociedades, sus formas políticas, su cosmovisión, entre otras cosas, le permite darse un respiro luego del ataque para pensar fríamente y llegar a la conclusión de que los ataques que se dan solo son importantes en la medida en que uno los considere importantes; si, en cambio, uno los considera como una pequeña piedra en el camino que puede ser pateada para que no vuelva a aparecer, pues eso se van a volver. Hasta ahí es perfecto que se tome totalmente a la ligera este atentado que no parece, en lo absoluto, liviano. Pero, como dice en el Süddeutsche Zeitung Stefan Kornelius, “no debe esto volverse una costumbre”.

Hay un punto en el que el terror puede ser despojado de toda su fuerte significado; sin embargo, si el terror se normaliza, los resultados pueden ser terroríficos. De aquí digo, pues, que todo tipo de reacción de esta manera depende de cómo el país pueda digerir este tipo de acontecimientos. Solo una acción fría puede distinguir los dos lados de la fina línea que separa la normalización del terror de la ligereza relativa que este causa en los ciudadanos, dados incontables factores. La derrota del terrorismo radica pues ahí en la actuación de normalidad frente a los hechos: en una coyuntura actual, el terror es totalmente predecible; el terror, como ya sabemos, no funciona si se puede predecir. ¿Será este terror similar a esos virus que se matan a ellos mismos pues acaban con la vida de sus portadores? Quién sabe, eso depende mucho de la complejidad de la naturaleza humana.

Para terminar, cabe decir que esto no implica que el terror pueda ser vencido solo con la actitud de las personas de tragar saliva y pasarlo como si fuera un tema más. Necesariamente, se tiene que tomar un camino de lucha contra el terror que inhabilite a este en tanto se le elimine todo el sentido de su ser. Cuando el terror “ya no sea”, deberemos recordar, pues, qué tan fácil fue desterrar todo el valor de esa palabra que, paradójicamente, de valor no tiene nada. Este puede ser el comienzo.