El Perú es un país hermoso; es dueño de una riqueza y diversidad cultural incalculable, de un territorio sumamente rico y fértil, y con mucho talento que exportar al mundo. Sin embargo, somos también un país triste, que carga un pasado trágico cuyas secuelas se viven hasta el día de hoy. A pesar de la belleza de nuestra tierra, los traumas de nuestra historia no han permitido que nos compenetremos todos como sociedad y como miembros iguales frente a la ley y a la vida; de ello se desprende la continuidad de discursos de corte homofóbico, racista, machista, entre otros, discursos de los cuales recién después de tanto tiempo están generando una creciente resistencia en varios ámbitos sociales del país. Somos un país que permanece dividido por la injusticia, el rencor y la ignorancia. Culpables puede haber muchos, pero debemos recordar siempre que hasta que hayamos hecho algo al respecto, somos parte de ellos.

Si miramos tan solo treinta años atrás, en el año 1985, la izquierda extremista ya había iniciado hacía mucho su lucha armada, y el conflicto generado entre esta facción y el Estado ya había cobrado centenares de vidas inocentes. Veinte años atrás, en el 95 (para muchos de nosotros eso casi significa la vida entera, pero igual somos parte de ese tiempo), Abimael Guzmán ya había sido capturado. Fujimori había ganado la reelección e iniciado su plan de permanencia en el poder a través de la corrupción y la continua violación de derechos humanos, amparados en una serie de leyes anticonstitucionales que logró imponer con el respaldo de una sociedad que había considerado aceptable pagar el precio de la pacificación con la vida de peruanos considerados de segunda categoría; este desprecio una triste realidad de la cual no hemos logrado escapar aun. Hace diez años, en el 2005, ya no había mucho más que hablar de Sendero Luminoso, Fujimori era capturado en Chile y Toledo gobernaba en su penúltimo año como presidente del Perú. El día de hoy, nos preguntamos cómo es posible que se haya logrado hacer un reportaje entero en el que les preguntan a los jóvenes quién es Abimael Guzmán y estos responden con florituras dignas de una obra de García Márquez, quien por cierto fue confundido con Guzmán por parte de uno de estos ilustres jóvenes.

Es en un contexto como este que surge la necesidad de reflotar la memoria de nuestro país a través de distintas expresiones. Excelentes ejemplos de los últimos meses son las muy bien recibidas películas Magallanes y NN. En el caso del teatro local, se apuesta por ello con la reposición de ¿Quieres estar conmigo?, escrita por Roberto Ángeles y Augusto Cabada. En esta obra, nueve jóvenes limeños de clase media (tu gentita standard) persiguen sus sueños y anhelos mientras crecen y conocen el mundo en medio del contexto de violencia política e inestabilidad social que vivió el Perú a partir de los años setenta. Todos ellos amigos, descubren juntos el amor y exploran sus ideales, y conforme pasan los años van cambiando hasta descubrir que nunca más serán iguales, y que lo único que siempre los unirá son los recuerdos.

La obra, dirigida una vez más por Sergio Llusera, encuentra sus mayores aciertos planteando el contexto histórico en el que se desenvuelve la obra. Un potente material audiovisual enfocado en mostrar las experiencias de personas que en esos años vivieron su juventud, contribuye a darle un fondo sólido a la obra empalmando las sensaciones vividas por estos personajes reales con las planteadas en el montaje, dándoles realismo con la crudeza de los testimonios. La dramaturgia es un punto a favor en la diversidad de los personajes; compañeros de un mismo colegio y de la misma promoción, el texto triunfa en darle a cada uno características únicas bien definidas que ayudan al desarrollo de la obra y del conflicto. Es al momento de pasar dichas características al montaje que se notan ciertas fallas. Algunos personajes se sienten más insípidos que los otros, como en el caso de Gabriel Gonzáles, quien tiene a su cargo el reto de darle vida a un personaje cuyo conflicto personal debiera representar la magnitud de lo que es vivir en una sociedad que oprime la homosexualidad tanto a nivel colectivo como personal, como es en su caso. Queda la sensación de que tal vez no hubo mucho trabajo en la construcción de los personajes por priorizar el contenido temático de la obra. Palmas para Oscar Meza, quien en mi opinión sí logró elaborar un personaje sólido y específico en sus características, lo cual lo convierte en el baluarte cómico del montaje.

Si bien es una obra a la que le faltan elementos para encontrar plenitud, es de todas formas un espectáculo que logra generar en el espectador la noción de lo que es luchar por los sueños en medio de una situación de increíble desesperanza, o como dicho por uno de estos personajes “audiovisuales”, en medio del terrible privilegio de ver desmoronarse a una nación. Adicionalmente, me atrevo a decir que para aquellos que vivieron con consciencia los eventos de los que habla la obra, esta debe haber cargado un significado mucho más potente y aleccionador. Las subjetividades que el conflicto interno creó en el colectivo social limeño difieren mucho entre generaciones. Es por eso que sí la recomiendo ir a ver, a pesar de sus falencias (cosa que pasa en toda obra, no solamente en esta). Cada uno encontrará su propia manera de encadenarse con los profundos traumas sociales de los que habla el montaje. Pero lo que es más importante aún, esta obra te exigirá reencontrarte con tu compromiso como ciudadano de hacer de tu país un lugar mejor.

Si no sabes de qué conflicto interno estoy hablando, hazme el favor y compra tu entrada para la primera fila.