Ocurre algo muy curioso cuando se destruye una relación interpersonal. Cuando esto sucede en el contexto de un grupo de amigos, siempre se notará que algo ha cambiado, y el resto pedirá explicaciones a una de las partes, probablemente la que esté más cerca. Y dicha parte tendrá en sus manos la reputación de la otra. Claro que no es algo que deba ocurrir, nadie dice que la otra se quedará sin amigos o que se declare una guerra. Simplemente alguien hablará primero, y si el otro se defendiera o diera su versión, ya no tendrá la fuerza de la primicia, sino será apenas una respuesta. Lo irónico del asunto es que el orden no lo determina nadie más que el azar, lo cual, fríamente hablando, es bastante injusto.

Descubrí esto hace algún tiempo, cuando, tras un largo proceso, supe que ya no quería estar cerca de una chica llamada Lavanda. Fue duro darme cuenta de que su amistad había sido una farsa y cómo me había subestimado, aprovechándose de mis debilidades. Ahora Lavanda estaba fuera, no volvería al país hasta 2020 (sacó una beca en Alemania, bien por ella). Pero seguía en Facebook, siendo mencionada por gente agradeciéndole su “sincera amistad”. Sincera, mis ovarios. Y ahí me di cuenta de lo que había cambiado. Ya no celebraríamos juntas mi cumpleaños, ya no tenía mejor amiga, y por más aliviada que me haya sentido tras enterarme de su viaje, mi plan se había ido al carajo en menos de un año. Era consciente de que la vida no puede planearse, pero igual tendía (tiendo) a eso, e igual era frustrante. Así que se lo confesé a tres amigos y vi cómo se sorprendían y a la vez no. A una de ellas Lavanda la trataba igual, solo que no se la creyó como yo. Bien por ella.

La ironía del asunto radica en cómo, en mi desahogo, destruí para ellos la imagen de Lavanda como una buena persona, colocándola como una mentirosa irrespetuosa. No había querido hacerlo, ya que era mi problema y no sentía autoridad para desbaratar otras relaciones. Además temía que desate, cual hybris, una intención negativa mía: “Así que me engañaste como pelotuda y obviaste el Código de Amistades Cercanas, ¿eh? Pues mira cómo destruyo tus amistades de Católica cuando vean lo imbécil que eres”. Supongo que el instinto de venganza existe en todos, aunque lo contengamos. Bueno, al menos eso intenté, y cuando conté el asunto, solo buscaba desahogarme, y lo hice. Además, no todos lo saben, y he tratado de mantener la vaguedad del asunto.

A lo que voy es, justamente, preguntarme si vale la pena esto, y sospecho que la clave del asunto es verlo como un efecto colateral. Nadie busca dañar reputaciones, todos tenemos derecho a una cara limpia frente al mundo. Pero tampoco podemos guardarnos las cosas, en especial si son tus amigos. Podría llamarse “prueba de amistad”, el lado humano de relaciones que (se piensa) consiste solo en divertirse, esa prueba que no se comparte en Facebook. Lo mejor de esto es que no implica una “mejor amistad”, solo una buena amistad, en la cual no se requiere confidencialidad, solo confianza. Por ahora, estoy bien con eso. Y no sé si habrán leyes gélidas contra Lavanda, ni me importa mucho.

¿Y la lealtad? No la veo relativa a la cercanía. No voy a enojarme si siguen dando like a posts de Lavanda, en especial si no somos “befis” (incluso yo lo hago, en especial si son posts de noticias compartidas). Si lo fuéramos, ya sería otra cosa, el grado de confianza de “se meten contigo, se meten conmigo” merece seguir siendo exclusivo de Grandes Relaciones Humanas. Y debe nacer, pedirlo muestra una mala señal, señal de que algo no va nada bien. Todo en las amistades debe nacer de la sinceridad, sin ánimos de dominación, o al menos eso creo. Para otros conceptos, pueden viajar a Dresde y buscar a Lavanda.