Por Carlos Oré Arroyo

Recuerdo, desde que tengo uso de razón, que todos los años en el mes de febrero y marzo aparecen en los noticieros los siguientes titulares: “Irregularidades en los procesos de matrícula en los colegios”, “Las escuelas públicas se encuentran en estado desastroso”, “Los alumnos no asisten a clases por falta de seguridad en las estructuras de sus aulas” y, así, un sinfín de titulares que reflejan que nuestro sistema educativo es para llorar.

Somos uno de los más desastrosos países, a nivel educativo, en el ranking mundial y pareciera que no queremos aceptarlo pues poco o nada se hace para darle a cada uno de los estudiantes un ambiente propio para estudiar, un refrigerio del cual no se sientan intimidados al pensar que podrían volver a casa con un terrible dolor de estómago , profesores que se encuentren en constante capacitación y materiales adecuados para su estudio, así como facilidades para aquellos alumnos que necesitan transporte para asistir a la escuela. No se hace nada y eso aumenta la pena que embarga a cada uno de los que nos preocupamos acerca de la clase de ciudadanos que se están formando. No se trata solo de aumentar el presupuesto otorgado a la educación, sino de saber usar correctamente todo ese dinero dedicado no a dar educación solamente, sino a construir un mejor futuro para el país, ya que los niños son pieza neurálgica en el desarrollo de cualquier nación.  El problema es que la gente, o por lo menos los encargados de encaminar el proceso educativo del país, no se dan cuenta de lo importante que es la calidad educativa.

Las clases han empezado ya en los diversos centros educativos del país y, en muchos casos, los alumnos se van a encontrar con aulas despintadas, pizarras totalmente deshechas, al igual que sus carpetas y sillas, falta de material educativo y profesores que asisten al salón porque haciendo eso recibirán su triste sueldo a fin de mes. Lo único que se tiene que hacer es saber escoger un grupo de personas que encaminen el rumbo de nuestra educación de manera visionaria, creando no solo un plan educativo basado en estándares de aprendizaje, sino en un mega proyecto para la habilitación de cada una de las instituciones del país al igual que un proceso semanal de capacitación para los profesores de todas las áreas. Todo esto con el deseo de llegar al bicentenario, por lo menos, con el alivio de saber que un proyecto efectivo está en marcha.Lo que nos falta es encontrar a aquellas personas llenas de compromiso o, tal vez, empezar a formar a aquellos profesionales que cambiarán la triste realidad de nuestro país.

Nos espera un camino bastante largo para lograr la excelencia educativa de la que tanto se habla, debido, fundamentalmente, a la desidia de varias generaciones de gobernantes que veían a la educación como un ítem secundario. Así, fueron rechazados muchos proyectos valiosos que pudieron hacer de nuestra educación una de calidad. No podemos, tampoco, empezar un proyecto y dejarlo en menos de lo que canta un gallo, ya que es sabido que estos procesos tienen que durar años para ver los resultados que le traen a la nación. Sabremos si esos resultados fueron positivos cuando, en las calles, veamos gente que se interesa por la realidad social, económica, política y cultural de su país; cuando veamos que la gente respete las normas que se han establecido; cuando veamos que la gente deje de ser tan conformista. Finalmente, sabremos que nuestro sistema educativo es confiable cuando el mismísimo Presidente declare que se siente tranquilo de haber inscrito a sus hijos en una escuela pública.