«¿Por qué no hacer que el adolescente dialogue con el adulto que será, y el adulto con el niño o el adolescente que fue? ¿Por qué no reinventar una y otra vez la propia vida?»

Raúl de Palma

Editado por Gianfranco Rojas

Cuando se es adulto, uno rememora las andanzas de la niñez: no solo recuerda con regocijo nostálgico las picardías juveniles, sino también explora la transformación que ha de sufrirse con el pasar de los años. Aquella transición que va desde la inocencia infantil hasta la madurez queda retratada en la novela País de Jauja, libro clave de la obra del escritor jaujino Edgardo Rivera Martínez (1933-2018), quien fue finalista del premio Rómulo Gallegos en 1993 y recibió la Distinción Casa de la Literatura Peruana en 2012 por su trayectoria literaria.

Sin embargo, antes de profundizar entre las páginas de la novela, abordemos al autor que se encuentra detrás de las palabras que la componen. Edgardo Rivera Martínez nació el 28 de septiembre de 1933 en la singular Jauja, ciudad de integración racial y cultural, en palabras de Arguedas; plagada, además, de tísicos en busca del milagro curativo.

El pequeño Edgardo creció por aquellos lares, entre la mística de los relatos andinos y una multitud de personajes, dignos protagonistas de una novela. Recorrió las aulas de San Marcos y, años después, arribó al anhelado destino de todo escritor: París. Inició su carrera literaria con cuentos como “El unicornio” (1963) o “Azurita” (1977) donde la cepa del indigenismo se anudaba con la mística serrana. A inicios de los años noventa, en 1993, Edgardo Rivera Martínez concluye su más ambicioso proyecto: País de Jauja. De esa manera, el Perú concluyó el siglo XX con una obra magnífica que reúne los valores de una Jauja de antaño.

En País de Jauja, se narra la historia de Claudio Alaya Manrique, un joven de 15 años, y su relación con un conglomerado de personajes durante sus vacaciones de verano. Entre estos personajes encontramos a Laura, su madre; Abelardo, su intelectual hermano; las enigmáticas tías De los Heros; el fabricante de ataúdes Fox Caro; la tierna Leonor; Palomeque, el peluquero latinista; entre tantos otros.

De tono dulce y prosa cálida, Edgardo Rivera Martínez nos muestra que el talento literario en el Perú no se extingue. Así, el autor nos ofrece una novela de aprendizaje donde Claudio, nuestro novillo protagonista, afronta una serie de situaciones que lo despojarán de las vestiduras de la niñez para otorgarle una mentalidad distinta, más sensata, donde la realidad puede ser comprendida desde un enfoque más amplio. En País de Jauja, el lector podrá vislumbrar el momento en el cual el infante deja de serlo para siempre.

Además, entre sus páginas, se aborda la dicotomía cultural de un país como el nuestro, es decir, aquella dualidad entre los valores nacionales y una cultura importada de occidente. Esta lucha cultural se reflejará en las melodías que un piano, elemento simbólico, puede entonar. Claudio se hallará en la encrucijada de decidir si un piano puede ejecutar las partituras de un yaraví, un huayno o un pasacalle, que retratan los sentimientos andinos, o interpretar solo las tonadas clásicas de Beethoven, Schubert o Verdi. La respuesta puede hallarse entre las páginas de la fabulosa y hechizante novela País de Jauja.