Editado por Fiorella Germán Celi

El Gobierno ha tomado decisiones cuestionables que podrían agravar la propagación de coronavirus. Por su parte, los economistas toman el protagonismo en los medios de comunicación para justificar dichas políticas con la finalidad de ganar décimas de productividad a cambio de vidas humanas

Corre el telón. Los reflectores enfocan al único protagonista que, sobre el escenario, recibe el flash de las cámaras, la ovación del público, un ramo de rosas y el aplauso del director. En la oscuridad, detrás de escena, ocultos en el camerino, los personajes secundarios se alistan para un nuevo día.

Parece, pues, que en el Perú, el papel protagónico se lo ha robado el economista. Aquel que con saco y corbata visita noticieros, realiza entrevistas diarias y escribe cada fin de semana una columna en los diarios. Y en las antípodas de la fama, sin muchas cámaras a su merced, los médicos, enfermeros, epidemiólogos, policías y soldados, la línea de frente en la guerra contra la COVID-19, ostentan papeles secundarios.

Con el levantamiento de la cuarentena para algunos sectores, no hay duda de que Vizcarra es parte del público que con entusiasmo aplaude la recomendación de los economistas. Solo veamos a España, que se aventuró hace solo unos días a flexibilizar, con sutileza y precaución, la cuarentena, tras meses de aislamiento desde su primer caso el 31 de enero. Por otro lado, Italia aún mantiene las estrictas restricciones.

Sin embargo, Perú, con 51 días de cuarentena y una cifra de infectados y fallecidos que no para de subir, ha decidido liberar “progresivamente” algunos sectores de la economía para mitigar los efectos económicos del virus.

Tal medida responde al temor que los populares economistas, con sus apocalípticas predicciones, han generado en el Gobierno; y a ello se suma la presión de los grupos de poder económico. Para suerte nuestra, entre el conglomerado de opiniones, hallamos académicos que sí se atreven a cuestionar la repentina decisión del Gobierno. Uno de ellos es Waldo Mendoza, que no se intimida al afirmar que “por ganar un poco de producción en el corto plazo, los problemas de salud se pueden agravar”.

Ahora, se recurren a estadísticas para justificar que, con la liberación de algunos sectores, ganaremos “décimas” de productividad. Que no sea sorpresa que en el futuro, debido a decisiones erróneas, el Gobierno se lamente al contemplar estadísticas que muestren el costo humano en el que se incurrió con la única finalidad de salvar unas cuantas cifras del PBI.

Al parecer no recuerdan —o no conocen— el simbólico y humano proverbio del Talmud: “Quien salva una vida salva al Mundo entero”.

Los valores del Pueblo

Hace unos días, un video mostraba una multitud iracunda derribando las rejas del Mercado Mayorista de Santa Anita. Días después, decenas de ambulantes tomaban las calles aledañas a Mesa Redonda.

¿Por qué algunos peruanos actúan de esa manera? Es complicado llegar a una respuesta concreta. Múltiples factores (culturales y sociales) convergen para dar pie a este fenómeno. Sin embargo, entre ellos destaca la figura de un elemento esencial: la extrema necesidad de los desafortunados.

La idiosincrasia de cada país es realmente compleja. En nuestro caso particular, la desigualdad y la pobreza, que derivan de la existencia de necesidades vitales, pueden aproximarnos a una explicación de la “indisciplina” social.

Cuando injurie contra los indisciplinados hasta el punto de culparlos por la propagación del virus, solo recuerde que el 4% y el 2% es el único porcentaje de la clase C y D, respectivamente, que recibe ingresos con normalidad. Recuerde también a los pequeños empresarios arruinados por completo, a los 650 mil jóvenes que dejarán de estudiar por falta de recursos económicos y tecnológicos, al 41% de hogares que no puede abastecerse de alimento y al 17% de la clase B, el 21% de la C y el 33% de la D/E que se encuentra desempleado y con ingresos nulos.

No obstante, no podemos acusar únicamente al Gobierno de Vizcarra por los altos índices de desigualdad y pobreza. Nuestra realidad actual es el agregado de un sistema injusto, sumado a políticas inadecuadas y a la detestable corrupción. Son estos problemas estructurales los que dan origen a conductas y actitudes, en algunos casos, cuestionables. Frente a todo ello, y bajo la complicada situación que atravesamos por el virus, solo queda esperar por una vacuna, ya que los ciudadanos no modificarán sus actitudes en unos pocos días, mucho menos cuando las necesidades son más que urgentes.

Tecnócratas al poder

En un sugestivo artículo para la Fundación Carolina, la socióloga Deborah Delgado afirmó que, en el Perú, una pequeña tecnocracia se está enfrentando a las consecuencias de la desigualdad —etiqueta más que adecuada para este caso—. Estos tecnócratas, como ella afirma, recolectan ideas de diferentes sectores, cual rompecabezas, para armar políticas públicas sin ideas definidas y afrontar la situación. Dichas políticas no tienen cimientos sólidos, pues solo imitan recomendaciones individuales y estratégicas del exterior.

La clase gobernante no comprende aún que el Perú debe poseer criterios propios para actuar. Jugando con la esperanza de los peruanos, nuestra vida depende de aquellos tecnócratas al poder.