Días atrás, me hice con un libro que había guardado yo mismo hace cierto tiempo. El libro estaba relacionado a la filosofía y a una manera algo más simple de entenderla. Uno de los temas que tocaba, y lo recuerdo aunque haya sido hace unos cuatro años, era el de los «límites» (en la definición más asociada a la que conocemos).

 Este libro presentaba este punto como si, para entenderlo,tuviera truco, en el sentido de que estaba presente la siguiente pregunta: “¿Dónde está el límite?”. El libro ponía el ejemplo de un hombre que se arrancaba uno a uno cada cabello: en algún momento iba a pasar de tener todos sus cabellos a no tener ni uno; el problema era que, sin verse al espejo, no podía saber en qué momento se daba el límite de tener sus cabellos (o, al menos, uno) a no tener ni uno. Un ejemplo demasiado cotidiano, pero hay que abstraerlo y transportarlo a la actualidad social real.

Un fenómeno común ha sido, durante años de años, el maltrato de diversos policías de Estados Unidos a grupos de «minorías» sociales (negros, latinos, sirios, homosexuales, etc.). El maltrato no solo abarca daños o perjuicios físicos y emocionales hacia ellos sino también, y en casos más extremos,  la muerte.

El hecho de que estos últimos asesinatos a algunas personas de estas «minorías» dio pie a que, finalmente, se diera una marcha en contra por la paz y contra del racismo. Fue una marcha pacífica. Lo fue por un tiempo. De repente, algunos disparos desataron el caos: se había matado a algunos policías. El número no importa. Lo que importa es lo que se puede colegir de esto. Eran francotiradores que, al igual que hace 53 años (la muerte de JFK), volvían a causar pánico en Dallas. Era un asesinato múltiple causado por la venganza y aparecido dentro de una protesta pacífica que, valga la redundancia, pedía paz.

¿Y dónde está el límite, pues? ¿En el inicio? ¿En el final? ¿Es acaso un círculo vicioso en el que el límite se va arrimando? Ha aparecido, desgraciadamente, un acto de injusticia hacia un grupo humano y la respuesta no se hizo esperar. Los aires de venganza destruyeron la muy interesante – en la teoría- pero muy poco aplicada – en la práctica-  idea de que “la paz engendra paz”. De hecho, el círculo vicioso ahora tiene un inicio llamado “violencia” que engendra otro fin llamado también “violencia”.

Buscar el límite y establecerlo es un ejercicio difícil, pues hay que primero identificar en dónde se puede eliminar el problema. En los dos casos, unos han pagado por muchos (y por muchos que no, también, en un caso más intensamente e injustamente que en el otro, pero con límites difuminados el problema tiene que cambiarse de la base. Los dos grupos deben generar paz. Los dos grupos deben comenzar con ella y los dos grupos continuar así. Ningún atacante atacado más y ningún atacado atacante más; simplemente, respeto al otro y consciencia. Por ahora, desgraciadamente, seguimos viviendo en el infierno.