Siempre nos encontramos en búsqueda de catalogarlo todo, desde las cosas materiales más pequeñas hasta los estados de ánimo más sombríos que podemos tener. Ante esta lógica, la literatura, fiel seguidora de su contexto, no podía quedarse atrás. No solo la literatura como un texto que sigue ciertas pautas -o no las sigue- sino la literatura como un todo, desde los mismos textos, hasta los autores y, en especial, el grupo de lectores, se encuentran en esta constancia de clasificar y ser clasificados por el momento. Hoy, año 2019, siglo XXI, la visión del mundo se encuentra bajo el dominio de la tecnología, tanto así que los libros en papel pueden ser considerados como algo antiguo, pues con los libros digitales podemos tener, en un menor precio y cuidando el medio ambiente el mismo contenido. Por estos cambios no había habido una mayor queja o sorpresa por parte de la comunidad literaria. Sin embargo, presiento que está comenzando a nacer un verdadero problema: los seguidores virtuales.

Un ambiente de amistad, alcohol, y a media luz, era considerado (o puede que hasta ahora lo sea para algunos) el lugar propicio para compartir los primeros manuscritos de un proyecto literario. Con un vaso de cerveza en la mano y agarrando la hoja bond manchada de la tinta de impresión, uno de tus grandes amigos te comentaba sus primeras impresiones de tu texto. Pasabas a una re-edición considerando los puntos señalados por tu pata del alma para, posteriormente, comenzar a difundir el manuscrito más elaborado a otros amigos, menos cercanos, por supuesto, para que también opinen al respecto. El texto se volvía cada vez más conocido, iba agarrando forma, hasta que la oportunidad de publicarlo, tras miles de recomendaciones por supuesto, llega. Traté de representar de manera general cómo es que se viviría un momento así anterior a la inserción de la tecnología en este ámbito. Un contraste inmenso con la forma de difusión actual. Ojo, con actual me refiero a la generación en específico que ha crecido en este siglo, pues es más que seguro que los escritores que pertenecen a varias generaciones precedentes siguen teniendo estos encuentros literarios tan bonitos.

¿Cómo difundir un manuscrito o un texto ya terminado hoy en día? No hay nada más fácil que tomarle foto a lo que escribes, subirlo a alguna de tus plataformas virtuales, por ejemplo Facebook o Instagram. Es aquí donde reside el problema. No porque el compartirlo virtualmente le quite el valor a la literatura -aunque sí existen opiniones que apoyan esta idea-, sino porque la calidad y la consideración de qué tan bueno es el texto se comienza a medir en cuestión de seguidores. La lógica es la siguiente: mientras más seguidores tienes, mejor escritor eres. Obviamente, existen casos de escritores que comenzaron de 0 y poco a poco se fueron ganando el cariño de la comunidad virtual; sin embargo, también se dan los casos de bloggers (con miles de seguidores) que escriben o hablan sobre moda o de algún otro tema, totalmente alejado de la literatura, y publican libros que consigue mucho más valor, acogida, y ventas que el de una persona que se dedica realmente a la escritura.

Se vive, por tanto, un momento en donde las apariencias se llevan la importancia más grande. Tan solo es relevante tener muchos seguidores, subir contenido por el mismo hecho de generar abundancia, y no objetos de calidad, y vender textos por vender. La literatura se comienza a calificar de acuerdo a la relación del autor y el mundo cibernético. En un momento en el que solo importa la inmediatez de las cosas, además se publicar cosas más que nada visuales, se está yendo mucho para el lado de escritos cortos que se pueden leer en un viaje en tren o en la pausa de estudio. Ante esto, en Instagram incluso se ven páginas que sube fragmentos o pequeñas frases que tienen mucha acogida. Las grandes obras de 600 u 800 páginas son consideras muy tediosas por los jóvenes, pero leer 1000 frases en fotos es cosa de 5 minutos de su vida. Todo evoluciona (no necesariamente en sentido positivo), las tradiciones se rompen tan fácilmente como los cargadores de celular y la comercialización del arte es lo que más abunda e importa.

Y tú, ¿cuántos ‘likes’ tienes? Tal vez, podrías ser el siguiente Premio Nobel.