Después de hacer el amor, en ese lapso donde se suspenden las fricciones amatorias y el descanso es rey , yo solía leerle bellos extractos de mis poemas favoritos, amparados por la débil luz nocturna que entraba por mi ventana. Poemas propios y ajenos, como propios me eran sus labios – flores mayores e inferiores que decoraban el monte romano de la zona sur de su ombligo- y ajenas, muy ajenas eran sus frías ráfagas de indiferencia. Yo recitaba con la voz del deseo, palabras que sanan. Ella sonreía y en su sonrisa-cavidad sin tiempo- contemplaba una experiencia religiosa, un nuevo orden en el caos que nos circundaba. Y eso, ese ritual poético – ese pequeño espacio de íntima solemnidad- era como una sublime forma de hacer el amor, sin tocarnos, exentos de la perversión de la piel, solo mirándonos.