¿Debemos vivir más o debemos mirar las cosas –casi todas– críticamente? No pensemos en diferenciar ambos planos, pues ambos, quizá uno más que otro, subsume al otro.

Si viviéramos más, si tuviéramos más experiencias de vida, tendríamos la capacidad de leer las percepciones, los comportamientos: tener una determinada lectura del ritmo de las cosas y, sobre eso, poder decidir y manejar nuestra conducta. Creo que de esta “medición” se deduce una mirada crítica, una mirada que sopesa, evalúa. Los choros no roban cuando, por sus mismos procesos, saben que hay mucha gente que pueda inculparlos o llevarlos al fraude. Es, claro que sí, un ejemplo “cutrero” que me sirve para demostrar la idea de que todos realizamos prácticas en las que analizamos una determinada situación. Lo que pretendo decir es que si saliéramos más de nosotros mismos, de esa zona de confort al que la sociedad nos lleva complacientemente de la mano, obtendríamos ese bagaje habilidoso del que necesitamos cuando estamos ante algún conflicto, alguna situación en la que nos ponemos a prueba.

Todo ello aporta a la buena mochila del investigador. Sin embargo, de más está que leamos a Marx, a Bourdieu, a toda la teoría crítica y al –intragable- posmodernismo, si es que antes no se ha vivido, si uno no se ha empapado de la realidad y la ha sufrido en carne propia. De vivir en el opio del ombligo, está uno destinado no solo a ser un académico de esos que detestamos, esos típicos pedantes que se creen la última chupada del mango y que se ríen, mas no discuten, alguna intervención que no les complace. Decía que uno no solo está destinado a ser eso, sino a ser una persona detestable que vive en su cómoda torre fabricada de débiles huesos.

En la línea anterior, empero, tampoco se pide a un empírico. Puede que tengas calle, pero si no tienes un adecuado o mínimo conocimiento crítico –es decir, la facultad de descubrir las incoherencias dentro de cualquier contenido y también la propiedad de recibir y elaborar nociones por ti mismo– de la historia, las ciencias sociales, las humanidades vastas, la geografía, el urbanismo, etc., seguirás siendo el típico peruano vivo en su cancha pero al que le sale el tiro por la culata no cada cinco años, sino durante toda casi la vida social: con la injusticia en las labores, con los atoros en las calles por el transporte público, con la seguridad ciudadana sin saber sus fuentes, con la inviabilidad de una idea como lo la educación entendida como superación personal y social, etc. Esto implica, por supuesto, una visión de la sociedad como un todo capaz de ser explicado y entendido. Visión que sirve para que los individuos se sitúen y se comprendan y en la que la historia tiene influencias importantes a aportar; sobre todo los aportes hechos por el marxismo.

Pero no se trata de elegir entre uno y otro comportamiento: se necesita de los dos. Por eso Nach, el músico que me introdujo al mundo bravo del hip hop, hablaba del Señor Libro y el Señor Calle. Gran binomio. De vincularlos, viviríamos en la desdicha o la posibilidad. Uno por el pesimismo de la ruda comprensión de los acontecimientos, el otro por esa vitalidad que muchas veces sentimos en el calor de la calle, de su apasionado hervidero de historias. En un contexto espacial, tendríamos entre ceja y ceja los accidentados discursos de la universidad: la de las carreras a elegir y la de la Revolución de los pequeños cambios. En lo primero, es natural que, dada la politizada mercantilización de la educación, el producto se sirva impecable de defectos y no se mencionen, entre otras cosas, la invisible cultura de la argolla (¿y la meritocracia?). En lo segundo, que se hable de la acción transformadora del individuo y no se abogue por la creación de espacios de acción colectivos. Pero, es claro: en el plano de la disputa, cada quién sabe cómo defiende sus intereses.

Si ya sienten el caldeado sentimiento de este escrito, es por lo que sentí, con mucha joda interna, cuando leí los testimonios de jóvenes intelectuales –como Carlos Aguirre, Cecilia Méndez, José Luis Rénique, todos historiadores; un arquitecto, el más sentido y del cual perdí su nombre; Eduardo Chirinos, hábil poeta fallecido este año; entre otros– quienes en 1998 rindieron una encuesta para la edición nro. 16 de Márgenes, la revista fundada por el historiador marxista Alberto Flores Galindo, pero editada en ese entonces por un tipo de agresiva inteligencia como Gustavo Buntix. Los intelectuales mencionados respondieron a “la pregunta más peruana de todas”: ¿por qué no vivo en el Perú?”.

Una primera lectura a esas respuestas quita todo reposo y obliga a una toma de posición fría y realista en razón de la situación básicamente precaria que siguen viviendo los intelectuales en este país y de la posible domesticación en la que te encierra esa también jaula de hierro que es la academia. Mejores condiciones económicas, sociales, la posibilidad de dedicarse a la investigación y la docencia, la búsqueda de seguridad en un contexto de violencia senderista y estatal. La manera en que lo contaban, su pesimismo, cierta sensación de tristeza (Aguirre), de derrota, de aturdimiento entre quienes se quedan (Rénique), de no resignarse (Méndez), de nervioso absurdo (Chirinos) y hasta de irritabilidad ante la pregunta (Montalbetti). Cadena de sensaciones del que transpiraba duda, ilegitimidad, errancia: ¿las condiciones del peruano? Experimenté un vacío, es cierto. Fue la misma sensación que tuve cuando meses atrás unos profesores de Ciencias Sociales hablaban de que seguir un doctorado era como ampliar tu situación de universitario por aproximadamente 10 años más…

“¡10 años más!”, razona un fastidiado estudiante que vive en un contexto en el que el cuento más comentado es el de los científicos sociales muertos de hambre.

Pero tras la sospecha de lo que se había dicho en el conversatorio, aparece un contrario al statu quo de la academia que iba de grupo en grupo para desmentir toda la perorata de los doctores:

–Tranquilos, hay chamba. Ellos la han puesto así porque viniendo de clases altas o clases medias altas sus expectativas origen social no han colmadas. Yo, que sabes de dónde vengo, estoy a gusto. Gano, comparándome con lo que recibían mis padres, más que ellos. Trabajo hay. Entonces…

Entonces a lucharla. Sin confiarnos a ojos ciegos pero inteligentes siempre. Esta columna ha sido un intento de aterrizarnos al piso, pero siguiendo mirando al horizonte. Como decía con precisión un señor del barrio: “caminar seguro, mirar alto”.