Existe un extenso debate sobre cómo debería representarse el contenido lírico de una creación musical. Algunos apelan a la necesidad de poetizar la canción y otros, a la franqueza total, aunque dentro de este espectro se encuentran miles de formas distintas para poder expresarse. Lo cierto es que una obra musical, sea cual sea su contenido lírico —e incluso en el caso de una canción instrumental— nunca está exenta de ideologías. La forma en la que el compositor comprende su realidad le confiere una dosis de su propia filosofía a la canción. Esta puede estar bañada de un tinte político, sentimental y hasta filosófico, por lo que tal discurso tiene gran potencial de influencia en sus oyentes e incluso en la sociedad. En ese sentido, ¿qué tanta responsabilidad recae sobre un músico?

 

Hace poco, Pedro Suárez-Vértiz se jactó de su postura “apolítica” que resiste hasta la actualidad y que, en sus palabras, concibió su generación, la cual vivió la crisis económica y política de los ochenta y la dictadura de los noventa. Una opción que prefiere dar la espalda a la problemática social y que, en la mayoría de los casos, más que una decepción de la clase política, es síntoma de la comodidad de los privilegios. Es muy fácil permanecer en deliberado silencio cuando no se ha adolecido las consecuencias de la violencia terrorista y militar en provincia o de la desaparición de alguna voz disonante de un régimen trasgresor del orden democrático. El reciente comentario del autor de “Mi auto era una rana”, además, se manifiesta en un contexto de descontento popular provocado por la revelación de audios que evidencian las redes de corrupción tejidas en el Poder Judicial y cuando las marchas en contra de estos actos comienzan a concretarse. ¿Curioso, no?

 

Desde Aristóteles se comprende al ser humano con la capacidad de tomar decisiones gracias a su razonamiento (como un “animal político” en sus términos) y, efectivamente, el “apoliticismo” no es excepción de decisión política. La pasividad, así como el activismo, influyen en la preservación o el cambio de la configuración de la sociedad. Así como Suárez-Vértiz reclama que quejándose detrás de una pantalla no se logra cambio alguno, un llamado a la individualidad tampoco transgrede aquello que es defectuoso en el status quo. Detrás de ese llamado individualista a “luchar por uno mismo” se camufla el discurso enemigo de la movilización que no cuestiona la desigualdad de dificultades en la pugna por salir adelante.

 

Sin embargo, pese a las apariencias, la crítica no va dirigida hacia el repertorio de Pedro Suárez-Vértiz, pues, cada artista contempla total libertad para escoger la temática de sus obras. Por el contrario, va a la atribución del apoliticismo como factor determinante de su éxito comercial y al discurso de pasividad hacia la problemática social que alude siendo un personaje con alto nivel de influencia. Algunos contraejemplos exitosos a nivel regional pueden ser los de Charly García en Argentina y Los Prisioneros en Chile, quienes, frente a la situación de su política nacional, alzaron la voz por aquellos que no ostentaban de micrófonos; no obstante, en el Perú existieron y existen gran cantidad de voces protestantes, las cuales veremos resumidamente.

 

De aquella generación “apolítica”: la movida subterránea de los ochenta

 

Leusemia en sus inicios.

 

Mientras Arena Hash se convertía en el grupo de pop rock más popular del país, en el subsuelo limeño se desarrollaba una movida musical conformada por grupos inspirados en el punk de protesta inglés. En un principio fueron “Leusemia”, “Narcosis”, “Autopsia”, “Zcuela Crrada” y “Guerrilla Urbana” quienes, sin pelos en la lengua, vociferaron en contra de todo lo que consideraban equivocado de la sociedad y del gobierno. Considerados por la prensa como anarquistas, revoltosos y hasta terroristas en alguna ocasión, la verdad es que se identificaron como un grupo de amigos que encontraron en la música una vía auténtica para demostrar su inconformidad con el status quo. Al menos fue así hasta que, por disputas ideológicas internas, las bandas se segregaran en dos grandes grupos distribuidos geográficamente, por un lado, en el Centro de Lima y, por otro, en Barranco. De todas formas, el discurso contestatario es más que evidente. Canciones como “Sucio Policía” de Narcosis y “Astalculo” de Leusemia son ilustrativos ejemplos.

 

Voces disconformes del siglo 21

 

Foto: René Rodríguez

 

Actualmente existe una gran diversidad de bandas que, de manera independiente, van alcanzando mayor relevancia y muchas de ellas no se desligan de la crítica social. Desde el pop de Tourista a la post-cumbia de La Nueva Invasión, la performance y la canción de protesta se adapta a todo género músical que la invoque. Uno de los casos más interesantes es el de Los Mortero. A pesar de no haber participado en alguna de las ediciones del “Vivo X El Rock”, cuentan con un repertorio que es fiel al discurso de la banda. Con una curiosa combinación de la cumbia, el ska y el punk, los músicos llevan reclamando sin escrúpulo por 15 años desde El Agustino, a pesar de ser ignorados por las radios oficiales. Temas como “Vivo por la lucha”, “Parasitando” y “Los Medios” son muestra de que, afortunadamente, el apoliticismo del que Pedro Suárez-Vértiz se enorgullece no nubló a las nuevas generaciones.