Comparar profesiones no tiene por qué ser tan difícil, ya que sin duda podremos encontrar alguna similitud relevante. En este caso, quisiera comparar la labor del médico y del periodista.

Las dos profesiones, si son bien desarrolladas, tienen como objetivo fundamental el de dar servicio a otras personas. Estas, luego de haber sido curadas o tratadas de/por algún problema, pueden volver al mundo como antes gracias a la ayuda del médico. Las otras personas, luego de haberse informado con noticias y con comentarios de opinión que les pueden ocasionar interés acerca de algún o algunos temas en específico, puede afrontar el mundo con mayor sensatez gracias a la ayuda del periodista. El médico debe realizar arduas investigaciones y constantes prácticas para hacer que su trabajo funcione bien, para que su efectividad salve vidas. El periodista debe, igualmente, hacer aquello para lograr dar la información verídica, más correcta, y más útil a la hora de que sea difundida; incluso así, podría llegar a salvar vidas. El médico debe quedarse despierto largas horas en la noche para que sus pacientes se encuentren en la mejor situación posible. El periodista tiene que quedarse despierto para investigar todo aquello del asesinato sobre el cual le han mandado a escribir. Muchas características más tienen en común estas dos profesiones aparentemente tan distintas si se miran con cristales más prácticos.

No obstante, hay una característica en común que debe ser considerada quizás como una de las más importantes: la frialdad a la hora de ejecutar sus tareas. Y he aquí la referencia directa al título de la entrada: al igual que, cuando un médico, preocupado por su paciente, debe actuar con la mayor frialdad posible para salvarlo o para comunicarles la muerte de este a sus parientes en caso de que la salvación no haya tenido lugar. El periodista (y, creo yo, sobre todo el que trabaja “desde lejos”) es frío en el momento en el que le toca informar al resto de aquella noticia que podría tocar las fibras sensibles de uno. En muchas ocasiones, es más, el periodista debe ser frío para que de esta manera no afecte la objetividad que es de él totalmente esperada y necesaria. Esta entrada se valdrá de algunos ejemplos para confirmar esta característica periodística que es tan fundamental, pero tan difícil de desarrollar a la vez.

Este lunes, en Europa, han sucedido al menos dos hechos de importancia relacionados con procesos actuales que, sí o sí, tendrán consecuencias tan graves como han sido las causas: el asesinato del embajador ruso en Turquía a manos de un oficial (que, además, resultó grabado) y el atropello a varias personas (con muertos y heridos) en una feria navideña en la ciudad capital de Alemania. No es apresurado, ni exagerado, ni siquiera desesperado, decir que ya entramos en una crisis.

Ocurren asesinatos a cada instante de maneras nuevas y no tan nuevas, pero, al fin y al cabo, cada muerte siempre es algo nuevo; y es algo nuevo que nos gustaría que es vuelva algo de un lejano y viejo pasado. La cantidad de muertes e injurias de/a estas personas que buscaban algo que regalar por Navidad, que solo paseaban o que estaban haciendo quién sabe qué, se vuelve sinónimo de incertidumbre de lo que vaya a pasar luego, se vuelve sinónimo de preocupación, se vuelve sinónimo de cosas que simplemente ni sinónimo deberían tener. Gráficos en los periódicos, pequeñas presentaciones en vídeos o en una imagen colorida; sin embargo, convierten a la noticia en algo más (o en algo menos): en estadística, en una presentación de aquello que afecta al mundo, pero que ya es común que pase y que, sobre todo, a corto plazo apenas altera el orden de las cosas en los lugares en donde ha sido consumida.

Así se consume. Y así se produce también. El periodista de lejos, aquel que observa con binoculares los problemas del extranjero a partir de fuentes que podríamos llamar primarias y secundarias (publicaciones de Twitter, de Facebook o las investigaciones próximas al hecho logradas por periódicos de tal país u otros países), puede hablar de la noticia de la que se ha enterado con considerable menor exasperación, desesperación, subjetividad (en caso de que esta se pueda medir gradualmente) que alguno que viva en el país de los hechos. El periodista peruano que relata estos casos le dará dos o tres páginas de importancia en los más importantes periódicos. Hablará de estos casos con la lejanía característica a la hora de escribir: con varios verbos en potencia (podría, debería, tendría), con énfasis en demostrar que la información que se tiene ha sido recolectada a partir de investigaciones extranjeras que aún no tienen datos cien por ciento comprobados, entre otros.

Esa frialdad característica ocurre tanto en Perú como en otros países que hablan del Perú. Como sabemos, las noticias en un mundo en el que siempre pasan cosas y no todas pueden ser relatadas por falta de tiempo y espacio, tienen que ser realmente muy impresionantes, raras y únicas. El periódico de Medio Oriente Al Jazeera publicó, hace poco, un vídeo en el que por segundo año consecutivo, aquí en Perú, un hombre vestido de Papá Noel ingresaba a una vivienda para detener a un grupo de traficantes de drogas. Otro vídeo, esta vez del New York Times, le daba cámara a un grupo de jóvenes que, a falta de nieve y hielo en gran área del Perú, practicaban sandboarding.

Este tipo de noticias aparentan trivialidad en un ambiente en el que los casos de corrupción, de censura política, de inseguridad, de reformas de transporte, etcétera, no pueden ser ya más comunes. Sin embargo, la prensa extranjera se da un tiempo para resaltarlos. Pareciera algo frívolo que, dentro de todos los grandes problemas que atañen al país tan graves y tan necesarios de ser narrados, medios foráneos subrayen otras pequeñas noticias. ¿Será, pues, porque lo grave es normal en Perú y ya no es noticia o será porque los periodistas de afuera miran con la misma frialdad que nosotros los problemas del país otro? Queda reflexionar al respecto.

La frialdad al momento de escribir o dar a conocer una noticia al igual que al momento de operar o informar alguna defunción es decisiva. No obstante, así como el médico nunca pierde su lado humano ni fundamental cuando hace su trabajo aun así la frialdad le deba ser característica, el periodista tampoco debe perderlo; y siempre debe recordar que cualquier forma de expresión más racional que emocional de una noticia o de un artículo de opinión, incluso, tiene como fin informar para no repetir lo malo y para sí repetir aquello que es bueno. La frialdad desde lejos, pues, resalta la objetividad, pero tumba la importancia muchas veces. Habrá que encontrar el equilibrio.