I

Frente a Bellas Artes espero a Fonseca. Cosas de la vida, del dormir, del tráfico, soy yo quien llega primero. Al rato aparece, con cara de despertar poco amistoso. Me encuentra sentado en la vereda, después de haberme dado un paseo por la esteta institución.

– La fotógrafa no viene. Hay que esperarla. Pero ya debe estar cerca. Me dijo que está por Amazonas.

Llega Carola, vestida toda de negro y con unos pantys alucinantes que hace que tema lo peor: los pendejos que la joderán. Y como si me hubieran escuchado, pasa un camión y le silban. Pero es fugaz. Durante el resto de la jornada no volverá a pasar lo mismo.

Caminamos por la parte de atrás del Congreso en dirección a Barrios Altos, su barrio. Fonseca nos cuenta que vivió en Japón unos años a raíz de un llamado de su viejo. Le pido que hable en japonés y nos entrega la previsible respuesta de las personas a las que se les hace ese pedido: “¿Y qué digo?”. Unos metros más arriba, sin embargo, se volverá un nipón.

II

El cielo está gris para ser todavía de mañana. Los viejos edificios aparecen, cada uno con su color en retirada. Pero no hay un punto de comparación con ese gigante caído en desgracia que es el Buque y al que nos avecinamos.

Está pasando la Plaza Italia, entre Jr. Junín y Jr. Cangallo. Queda en una esquina, a la vista, desde donde sus transeúntes pueden ver la agonía del titán. A él se entra por una enorme boca en desarreglo que parece una grieta, abertura inmensa que quedó así después del olvido y del incendio que lo consumió todo en el 2012. Según se ha testificado, fue el lumpen del lugar que por una llama hizo que caiga abajo la estructura. Hoy nadie vive en el Buque, salvo los drogadictos de la zona, las palomas y los gallinazos que se posan en sus famélicos y perturbadores escombros.

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Cuando accedemos se percibe la atmósfera de resecos orines y de suciedad mezclada con abandono y tierra. Fonseca empieza a contarnos sobre la historia del lugar, pero la desmesurada visión del antro nos hace olvidar su plática. Camina, y lo hace por unas tablas deshechas en lo que presumiblemente era el hall. Pisamos historia: por aquí pasaron, en olor de algarabía criolla, personajes de la talla de Lucha Reyes o Felipe Pinglo. Hoy solo quedan paredes carcomidas y pintarrajeadas, abolición por los suelos, un Buque devastado. Pareciera un chiste que aquí el piso era de mármol y que las barandas de los balcones del tercer piso eran de bronce.

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En proceso de descomposición, es temerario querer subir. La escalera de calamitoso estado así nos lo hace ver.

Y los fumones, por ahí suben –comento.

Fonseca a falta de mayor lumbre me dice con un inseguro gesto: “Sí…

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En el forzado patio al que da el visitante, hay una puerta de tablas raídas y fragmentadas que nos separan de otro espacio. Es mejor que así sea. La puerta contiene un hábitat sin techo en donde se apilan gigantescas maderas, como sobredimensionados mondadientes sin filos. Las aves no se posan en las amenazadoras lanzas. Esperando tener un titular o algo parecido, dejé esa puerta semivencida para intentar entrar a una habitación inquietante y de paredes verduzcas. No pensaba en nada, solo adentrarme por segundos en esa oscuridad marrón. De pronto, un temblor muy leve provoca el ruido de tierra y piedras pisadas, y un puñado de granuja polvo me cae a la cabeza. Salgo de inmediato, temeroso de que la escoria inquilina se haya despertado. Miro hacia arriba y un animal de aleteo rígido se mueve por los filos del segundo y alto piso.

Oe, si eso hacen las palomas…-previene Fonseca.

Nuevamente en mi sitio veo que desde la grieta por la que cualquiera puede entrar pese a la restricción aparece un carro con policías dentro. Uno de ellos, reclinado en el asiento de atrás, me queda mirando con ojos de autoridad venida a menos.

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Nos retiramos. La fotógrafa se queda por un rato más en el Buque lanzando flashes a los gallinazos que se quedan como estatuas en los quebrados esqueletos del gigante. Miro los alrededores. Frente al Buque hay un restaurante, cuyo dueño, un ayacuchano, es el propietario del Buque, según Fonseca. Al otro lado de la pista, en el mismo Cangallo, un depósito se erige en vulgar comparación a la estructura colonial. Como este, hay otros muchos más que, por un lado, sirven de almacén para los mercados contiguos y, por otro, atentan contra la visión y arquitectura antigua del lugar. Cabe mencionar que estos depósitos son ilegales.

– Esa es la contradicción –dice Fonseca– entre el lucha del derecho a la vivienda y la ciudad contra el capital especulativo.

En efecto, en Barrios Altos se están tirando abajo varias edificaciones antiguas y se construyen este tipo de inmuebles. Es la economía ilegal y la falta de respeto por el patrimonio, la desidia de las autoridades, la inoperatividad de los vecinos, la búsqueda del dorado dinero.

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III

Seguimos caminando por Junín hacia el barrio de Fonseca y en una esquina veo como un montículo muy negro, que en nada se parece a una bolsa de basura.

Aquí está –nos dice.

Es una piedra negra que parece una desgarradora gota que impacta enraizándose en el agraviado piso de cemento y que nos llega hasta la cintura. Es negra como las piedras del mar que se suelen usar para chancar alimentos en la cocina; y por dentro tiene una deformación, una abertura que la penetra toda. Es la piedra del diablo o la peña horadada. Sobre ella y a la altura de los ojos, se lee en una placa de material cerámico la historia de esta piedra narrada por Ricardo Palma.

Eran los “tiempos oscuros coloniales” y Satanás paseaba sin miedo al hurto por Barrios Altos. Buscando alguna alma para la compra, miró con ojos sorprendidos y horrorizados la imponente procesión del Cristo Moreno que, súbitamente para él, venía de Cangallo. Intentó escapar el rojo personaje, pero el catolicismo popular se la pondría difícil: en Junín desfilaba la imagen de la Virgen del Carmen. Deseando no ser consumido por las divinas presencias, el diablo tentó el escape  y viéndose frente a la pétrea formación de conservadora consistencia la atravesó. Dice la narración atribuida a Palma que por las noches se escuchan alaridos y maldiciones. Verdad o mentira, la piedra sigue aguardando un misterio. Un investigador, empero, dice que fue una ordinaria protección de esquina. Aunque viendo al Buque pensamos en la real existencia de la amenaza satánica.

2

IV

Son más de las 11 de la mañana y  el día sigue manteniendo su grisáceo color. Hay pocas personas por estas cuadras. Fonseca, a medida que la caminata sigue, nos va contando sobre la especulación y la compra de propiedades de la zona.

No me sorprende que venga un chino y se lleve esa casa”, nos dice viendo una casona en venta que sigue siendo habitada, a juicio de la visión de ropa tendida que se cuela por las ventanas. En la recta en donde estamos se comprueba, una vez más, el poco cuidado que se siente hacia el patrimonio. La entrada antigua de una de las casonas ha sido despojada de sus anteriores detalles y acabados; en su lugar hay una sosa puerta de metal.

Seguimos de frente, y volteamos a la izquierda en dirección a Jr. Áncash. Para llegar atravesamos una arteria estrecha, en donde a horas pico, los adolescentes de las quintas, aquellos universos dentro del vecindario, salen para pulsear los carros. Un gimnasio, un antiguo asilo, unas pintas sobre Goyo Santos, casas que no van más allá de un piso. Viejos carros pasan por nuestro costado y también viejos hombres, como aquel que era delgado, acabado y de pelo largo y gastado, que fumaba un cigarrillo. Pasa y se pierde. Llegamos a Áncash y, ahí sí, se nota más movimiento de gente. Doblamos para la derecha; otra sensación. Es el efecto del mercado.

V

Vendedores apostados en el filo de la vereda para que el caminante tenga oportunidad de escoger y llevar los productos. Se amontonan, ofrecen, se compra. Una señora de ronca y gruesa voz habla. Su cabello corto y pintado, y el saoco, me recuerdan las fiestas de las personas mayores del barrio.

Aquí estaba el mural de Pinglo”, nos dice Fonseca señalando una pared azul. Del mural no queda nada por disposición de la alcaldía que mandó a cuidar las viviendas restringiendo la memoria popular hecha de brochas. Sin embargo, en vez de enfilar sus baterías contra la canallada de Castañeda que priva de arte los muros, Fonseca se dirige hacia el autor del mural: Del Río, un novel muralista comunista. Menciona que para que los vecinos defiendan sus murales, estos deben hacerlo suyo, y eso se logra si ellos mismos colaboran. Es decir, deben de participar en la elaboración; y si a ellos no les parece Pinglo, entonces no lo defenderán. Pero a un Chavo sí, un Chavo con…

Un fierro y un troncho. En su barril y sobre una nube –dice, recordando el pedido de la muchachada de la zona.

Y en efecto, cuenta cómo no solo no se impidió el borrado del mural sino también que los mismos niños, con lo que tenían al alcance, le hacían pintas a los Pinglos y a los Amautas que la JUBA, su organización juvenil y social de la zona, ha dibujado por las aceras barrioaltinas. No hay, intuimos de lo que dice, una vinculación con los intereses de la gente. El asunto está, subraya la fotógrafa que interviene también, en ver cómo se supera el querido pedido de los niños de ver al representativo niño latinoamericano con una pistola y un porrito de María.

“¿Y si se ensalza la defensa del barrio por otros medios y se valoriza más la figura de la pipa de la paz?”, pienso para dentro, tratando de buscar respuestas.

VI

Al otro lado de la pista, hay un policía que observa cómo una familia resuelve sus propios problemas. Es una casa azul antigua y de un solo piso. El policía solo ve, es un desarmado testigo.

Esta zona es picante –dice Fonseca. Y la fotógrafa pregunta sobre la veracidad de lo dicho. Hace unos cuantos meses estuvo por esa misma calle con su hermana y ellas, mandadas, llegaron sin chaleco.

Antes de dar con la Plaza de las Maravillas, una plaza remodelada de la zona, Fonseca nos cuenta sobre la rivalidad entre la gente de la 14 de Áncash –calle que acabamos de pasar– con los del impenetrable barrio de La Huerta Perdida que está cruzando la pista, a la izquierda. Fonseca relata, entonces, cómo a un pariente suyo lo dejaron cojo después de un balazo.

Y cuando le pusieron el dedo en la nariz se hizo el muerto. Se salvó.

Su tía vive en La Huerta Perdida, barrio al que se ingresa por una puerta en pleno Áncash. Se entra y pareciera que todo el barrio se ubica en pisos subterráneos, bajos. La puerta de ingreso está flanqueada por puestos de comercio ambulatorio.

VII

Llegamos a la Plaza de las Maravillas. Un lugar de apariencia apacible y despejada en el que desentona, en el medio, un poste. El Jr. Áncash se pierde hacia nuestra izquierda y nosotros seguimos por un anexo ladeado a la derecha en donde otro tipo de viviendas nos hablan del propósito modernizador en Barrios Altos: es la residencial Los Incas, construidos hará unos 30 años.

En ese tercer piso, es mi casa. ¿Ves la ventana abierta? ¿La banderita roja? Ese es mi cuarto.

Miramos y pareciera que una pulsera roja pende de la ventana abierta. La pista está maltrecha, escamoteada. Nuestro guía narra que hubo violencia y que aquí mismo uno de sus amigos fue baleado.

VIII

Bordeando el complejo familiar, caminamos hacia la derecha para ir a la Plaza del Cercado, lugar que quiere hacernos conocer. En lo alto, por el lado siniestro, se puede ver la infraestructura plomiza de las vías del tren eléctrico. A la derecha hay un convento de monjas, frente a ella una fábrica de hilos a la que Fonseca entró a trabajar hace unos años, pero de la que salió con varios kilos menos de peso. También hay un terreno, defendido por rancias tablas de madera. Es posible que se construya ahí otro almacén más.

¿Y esta joyita? –digo mirando la plaza.

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Es otra cosa. Según Fonseca, la plaza en donde hay sillas distinguidas y algunas efigies, tiene algo de El Agustino y Barrios Altos. Es notable, conservada y de elegancia antigua. Sobria a estas horas. Pero como quiera que se desee recordar en dónde estamos, vemos las aguas sucias y con envolturas. Una de las figuras que sobresalen del medio de la pileta está rota. Cansados por la caminata, nos sentamos en los bordes de lo que parece ser mármol.

–Se nota tranquila –le digo a Fonseca.

Claro, ahí están los tombos.

En la esquina se lee “Dirección de Prevención de Investigación de Robo de Vehículos. Diprove” y es lógico que la sola presencia del establecimiento sirva para dar una percepción de vigilancia y de cuidado. Ventajas del simbolismo policial, pero también de sus recónditas prácticas, como las del cobro de cupo a delincuentes, como le han hecho llegar a Fonseca algunas personas del barrio.

A más cupos, más robos –me dijo, expresando lógica, un domingo que nos vimos en el Barrio Chino.

Y aunque suene obvio, es la delincuencia uno de los temas privilegiados en el lugar. Medio en serio, medio en broma, me dirá después que casi la mitad de Barrios Altos ha estado en la comisaría de San Andrés, que queda más abajo, en Plaza Italia. Hablamos, entonces, de cómo es que se produce. Él me refiere que son los medios de sobrevivencia de las familias; que tiene que ver también la cultura delincuencial, cierta música reggaetonera, las películas violentas, “una especie de hip hop”, la forma de vestir. Le cuento sobre una foto que vi en Quilca, caminando días antes. Un póster de Tony Montana, Caracortada, en el que se lee: “In this country when you get the money, you get the power. When you get the power you get the women”.

Lo mismo vi en un bus por la Brasil, lo mismo se desprende de las icónicas imágenes de los reggaetoneros del Caribe y de sus imitadores nacionales.

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El también estudiante de Ciencias Políticas toca el tema del poder, tan revisado en su carrera. Habla de cómo la gente en el barrio, a pesar de todo, se vacila y vive el día a día. Le recuerdo el tema delincuencial como parte de ese menú de vida y hace alusión a que el bandolerismo es una forma de resistencia social: si uno no lo conociera, creería que está haciendo apología al vandalismo. Es un tema, como sabemos, picante:

Están los palenques… –Y cuenta del método de resistencia latinoamericano de las poblaciones afro, en la que se mezclaban dignidad, cultura, delincuencia.

Los bandidos.

De pronto nos encontramos hablando acerca del rol de las clases altas en la geografía de la ciudad.

Las clases altas dejaron a la deriva el lugar –me dice, cuando cuenta el éxodo de las clases altas en Barrios Altos ni bien vieron venir las migraciones masivas de las primeras décadas del XX.

Entonces dialogamos acerca de cómo las clases altas influyen en el funcionamiento de la sociedad y la traslación de las poblaciones. Así las cosas, pareciera como si las poblaciones fueran satélites que giran en torno a la productividad y oportunidades que da la clase alta.

Como las rabonas peruanas en la guerra con Chile –le digo para hacer pedagógica la idea.

Algo así.

Pero no solo es algo de inicios del XX, también se aprecia hoy. Fonseca cuenta, por ejemplo, que suele escuchar de los vecinos: “Quiero irme a un lugar mejor”; y casi siempre la constante es una joven clase media que se mira en el espejo del de la escala superior. He ahí el síntoma de la movilidad.

Cuando le digo para qué fines se usa el dinero robado o ganado a la legal, si es para la recreación inmediata o el largo plazo (intuyendo que más se piensa en lo fatalmente primero), me dice que –no cabría de otra forma– hay familias que reúnen su plata, se educan y salen. Explicando a los que se quedan, dice que lo hacen por las facilidades de vivienda, pero que eso puede volverse apenas un premio consuelo si se agudiza el peligro del lugar.

¿Quiénes se quedan?

Un ejemplo: él. Se justifica: el trabajo político para recomponer al barrio, recuperar el pasado criollo, tener, finalmente, un sujeto político barrioaltino. Al hablar de retomar un camino de lucha poco conocido, lo hace para poner sobre el tapete la participación de las ciudades en las revoluciones o la beligerancia de las polis. En el intento de recuperar eso, a Fonseca le entusiasma la figura de Tatán, histórico bandido del barrio que le robaba a los ricos y distribuía a los pobres. Un Robin Hood con calle y pinta.

Y por esas razones regresa al barrio de su viejo y obvia La Perla, donde también vivió. En ese sentido, se politiza como persona y también como vecino. De ahí que integre la JUBA, juventud barrioaltina, que nació bajo el fragor de las movilizaciones contra la Ley Pulpín a fines del 2014. Anarquistas, comunistas, raperos, entre otros, la integran y eso no es problema pues Fonseca, citando a su cercano Mariátegui, dice: “somos muy pocos para dividirnos”. Hacen labores en el barrio y proyectan tener un local comunal para hacer talleres diversos. Una vez, la JUBA, en el mismo lugar en el que estamos, bajó con un parlantito en el que sonaba música criolla. Un señor de la vieja guardia apareció y les dijo:

Qué bien que pongan esa música. Así nomás no veo que los jóvenes escuchen es…

¡Marco! –grita un niño.

¡Habla! –le dice Fonseca haciendo aparecer una sonrisa en su rostro.

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Carlos se apoya en el murito de mármol acompañado de su causa, Félix. Están a unos cuantos centímetros. Miro la escena y me olvido del entrevistado. Me acerco a los niños y, cosa que lamentaré después, les miento.

Soy de canal 2.

¿Y vamos a salir en la tele?

–Estamos viendo…

Les hago algunas preguntas: ¿Cómo te llamas? ¿Dónde estudias? ¿Qué hace la JUBA? ¿Quiénes son? ¿Te gusta tu barrio?

Son preguntas rápidas. Por lo apuradas, bobas. Con razón no obtengo nada, solo sus monosílabos tímidos. Pasa la tía de Carlos y pasa también un amiguito, quien me dice, cuando me demoro en responderle:

Mañana me cuentas –y se va el vivaracho con su botellita que parece la nostálgica Chiki.

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IX

Regresamos a Jr. Áncash. El cielo ya parece de verano, pero el sol no ha querido molestar el encuentro. Volteando una esquina, vemos un puestito de comida, del cual se dejan ver algunos panes y bebidas de la hora matutina. Nos sentamos. Fonseca se empuja el desayuno.

Termina y vamos hacia el Presbítero Maestro, camposanto en donde están Mariátegui, Gonzáles Prada y otros ilustres personajes que hicieron historia. Son ellos los que nos reencauzan al tema de la política.

Antes de cruzar, Fonseca me señala una gran piedra que se ve a lo lejos.

A ver si sabes, loco, ¿de quién es esa tumba?

De Gonzáles Prada, pe’ cholo.

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Por suerte, atino. Es de él; y el autor de “Discurso en el Politeama” propicia un diálogo sobre el anarquismo, el cual Fonseca cree que ha sido desfavorecido en el ambiente político peruano. Inclusive menciona, cuando tras las rejas vemos la piedra respetable y monumental que pertenece a Mariátegui, que los maestros del Amauta fueron anarquistas.

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Parece ser un buen lugar para que se explaye acerca de su ideario político. Proyectados, nos acercamos a la puerta pero el vigilante, sentado, nos dice que no se puede, que se entra con permiso, el cual se saca más abajo, pues además de cementerio, el Presbítero es museo. Ni consideramos lo que dice. Como no hay ganas de caminar para hacer trámites, nos vamos al cementerio que está al otro lado, al frente.

Vamos a ver a Chacalón –dice, propositivo, Fonseca. Y esta entrevista decide hacerse en territorio chicha.

X

El Ángel está cruzando la pista, y no por ser más actual que el Maestro tiene menos historia. Aquí no solo descansa el Faraón de la Cumbia, sino también Juan Velasco Alvarado y la autora de la “Flor de la canela”, Chabuca Granda. Algunas vendedoras se acercan ofreciéndonos flores pero es en vano. Volvemos a la izquierda. Fonseca habla de que uno de los problemas de esta es su exagerada ignorancia. Al respecto, le pregunto sobre la validez de lo que dice o, en todo caso, sobre qué tipo de ignorancia es. De acuerdo a lo investigado por Gorriti, para realizar la lucha armada, Sendero  Luminoso problematizó su incursión en la guerrilla al considerar anteriores experiencias de la misma índole en el Perú y el mundo, lo cual daba a entender que, por mismas razones de estrategia y de marxismo, debían de manejar un mínimo de conocimiento histórico. Así que no sé si eran exactamente ignorantes o…

¿Firme? No sabía eso –me dice.

Y yo le digo que sí. Así que replanteamos los términos de debate respecto a la carestía de la izquierda. Entonces me dice que probablemente más que ignorante, la izquierda peruana tenga en la causa de sus problemas el seguidismo, que es, como su mismo nombre lo dice, el seguir por seguir al líder; con lo cual tenemos otro campo de problemas: el caudillismo, pero es algo que no se toca pues el tema de fondo viene a tropel.

Fonseca tiene la palabra y continúa hablando de los problemas de la izquierda. De pronto dice algo que me provoca mucho interés pero que también decido dejar de lado para postreros encuentros. Él dice que la visión corporativa de la sociedad ha hecho mucho daño. Pero se refiere a esa visión como una que mira a personas de arriba y personas de abajo; ricos y pobres. Para mí eso es hablar de clases sociales, si bien de manera muy subrepticia. Lo que me causa interés es qué visión propone, siendo, como suelen decir los entendidos, el concepto de “clases sociales” uno de los más acabados. Aunque, claro, está la visión de género, étnica. Como digo, vale para discutir luego. Fonseca pasa a hablar, siendo el tema las trabas, del “pensamiento guía” de Abimael, pensamiento que propiciaba una repetición de conceptos uniformizada y casi mecánica, que se vive como una fe. Y ya que esto es un diálogo, nos desplazamos, casi en el acto, a hablar de…

Maestro, ¿dónde está la tumba de Tatán? –les pregunta a unos señores que se protegen del sol que ya está bravo.

Los señores quedan en silencio, y uno dice: “Aquí no está. En otro…”.

Seguimos el camino y perdemos la oportunidad de ver a uno de los personajes más representativos que tuvo Barrios Altos: El bandido Tatán, cuyo verdadero nombre era Luis D’Unian Dulanto y que cada vez que caía en desgracia penitenciaria, una amante suya lo salvaba. Adineradas, se enamoraban por la pinta del barrioaltino de ascendencia francesa y atrapante personalidad.

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XI

Seguimos. Le comento, ya que habla de fe, sobre el Alma Matinal, cuya una de sus tesis es la provisión de una fe que movilice al pueblo; una fe que, a mis ojos, es casi ciega, impulsiva, vital. Bacán, me digo, para tiempos de modorra espiritual, pero qué tan válida sería si es que se necesita mesura. Probablemente es ahí donde flaquea la tesis de Mariátegui y Fonseca coincide conmigo al pensar ese tipo de fe, cuasi irracional, como peligrosa. Pero rápidamente me plantea otro tipo de fe, la que probablemente ha aprendido a conocer en la universidad donde estudia. Me habla, entonces, de una fe abierta a nuevas fuentes, que escruta y pretende conocer y plantearse interrogantes, pero que en esa dinámica, se reafirma más. Esa es la fe, abierta, plural, tolerante que debería ser guía de muchos.

Contándome sobre su ex partido, cuestiona a Patria Roja por panudearse en las llamadas bilaterales, reuniones internacionales de PC, en donde las cabezas se llenan la boca hablando de su hegemonía en el movimiento social peruano. Sus fundamentos: poder en el Sutep, en la Derrama Magisterial y en la Federación de Estudiantes del Perú (FEP). Nada de eso, estima él, en una organización de espacios poco democráticos.

XII

Es hora de un break. Hemos llegado a la tumba de Lorenzo Palacios y una familia bebe unas cuantas cervezas cerca. Hablan en quechua, y al preguntarnos por qué estamos acá, le respondo que es una investigación periodística. Llega mi turno y la señora, una señorona, me dice que Chacalón le hace milagros. No dice más, se retira. De alguna manera, quebramos la confidencialidad del momento. Nos quedamos solos, pues Carola parte. Volvemos al tema de la izquierda…

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¿Y qué le reconoces a la izquierda? –le pregunto.

Ah…–me dice desganado, aunque no sé si es por el sol, por la falta de un desayuno consistente o por el tema– yo diría que por su perseverancia. Aunque –acota después de pensar– esta se haya desvirtuado en atornillamiento.

¿Cómo entras?

Llega de Japón en el 2011 y en la calle vio la paradoja: “Un montón de camionetas” con miseria de trasfondo. Eso le jodió. Así que decidió hacer algo involucrándose con movimientos culturales, como el de la Casa Pokofló; marchas como la del agua. Pero se fue dando cuenta de que, si bien la cultura es necesaria como hubiera deseado Gramsci, no “es suficiente”. Su tesis, entonces, fue que la actividad social debería vincularse más a la política.

Es así que va al local del Partido Socialista. Al ingresar al local de plaza Bolognesi encuentra una reunión en la que hay puro tío, salvo Abraham Valencia, militante del PS y de conocida cabeza lampiña. Les tira arroz sin tanta espera pues ve con desconcierto que, apenas llegado, ya lo llaman militante.

Ha sido rápida su inmersión en los aparatos políticos de izquierda, pues en el mismo año de la Marcha por el Agua se acerca a Patria Roja, allá por el verano del 2012. Por redes ve algunas publicaciones relacionadas a las movilizaciones cajamarquinas y, decide asistir a un evento en la casona de Miró Quesada, local en donde queda el partido. Ahí Fonseca escucha con emoción a un hombre de piel cobriza, macetón, que se dirige al público. Es Gregorio Santos y en su lenguaje no niega su simpatía por aquella vez que lo oyó, por la corajuda manera de animar la pelea por el agua.

Entonces Fonseca milita, y con él su cólera, la huevada que todos tenemos dentro. Con él no funcionó la serenidad oriental. Empichado, dolido, furioso. Al venir y verlo todo mal él quería…

Tenía la necesidad de… Asu mare.

“Querías ir al monte”, reservo la expresión.

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XIII

Aunque no lo crean los militantes actuales, Fonseca guarda reconocimiento a Patria Roja. Aprendió de táctica y estrategia, maduró políticamente. Inclusive lo eligieron –él no sabe por qué– para que vaya a Venezuela en el 2014.

Viajó durante 25 días, de los cuales 15 estuvo en Caracas y los otros días los empleó para ir y venir pues el trayecto se realizó por transporte terrestre. De todas maneras, fue interesante lo que vio respecto a la horizontalidad de las propuestas de organización pese a las estructuras verticales. Había de todo, organizaciones que eran autónomamente políticas pero dependientes en lo económico. Él se refiere a las comunas, de las que recuerda a una que tenía una plantación propia que proporcionaba alimentos para las familias. La idea de estas organizaciones  de base, propiciadas por el gobierno, era que sean espacios de poder popular, que las comunidades sean ellas mismas dueñas de las comunas.

Otra de las cosas que vio fue la creación de universidades hechas por el chavismo. Me cuenta de la Universidad Bolivariana de los Trabajadores Jesús Rivero y de la innovadora forma organizacional que tenía. También me relata cosas acerca de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV), que tiene sus instalaciones en donde estuvo la petrolera PDVSA, lugar en el que alcanzó su cenit el “paro cívico” de la derecha venezolana contra Hugo Chávez en el 2002. Aspecto “muy simbólico”, señala Fonseca. Y también…

Oímos música. Hay una orquesta cerca. Se siente la melodía hasta la banca en donde estamos. Entre el pabellón San Lusgardo y San Luis, en el margen posible, se ve pasar un cortejo fúnebre seguido por un grupo de músicos.

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XIV

Llegamos a una explanada en la que firmes paredes paralelas asentadas en el piso sirven como telón para el último adiós del finado. Fonseca me cuenta que los 1ros de noviembre esas paredes blancas se vuelven auténticos urinarios públicos y ríe. Quito la vista de esas paredes que, de respetables y dignas, se han vuelto malolientes y viles, y llevo mis ojos al cerro inmenso que está detrás del Ángel. Tiene cuatro puntas sobresalientes. Por alguna razón pienso en las divinidades prehispánicas, los Apus.

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El ataúd y su séquito desaparecen. La fotógrafa hace su entrada y juega con unos niños. Vuelvo a la carga y le pido a Fonseca más datos respecto a las universidades. Él recuerda cuando fue a la UBV. Llegando nomás, un estudiante se ofreció a guiarlos. En el camino, empezaron a hablar y Fonseca se dio cuenta del eximio manejo temático que tenía el venezolano de la obra de Mariátegui. “Ese on’ sabía más que un peruano”. También vio con sorpresa que en el sótano de la biblioteca se regalaban libros, entre ellos un compendio de pedagogía latinoamericana y otro que contaba cómo Chávez jodía a los intereses yankees. Pero de las cosas que más recordó, más allá de la comida y de las mujeres venezolanas, hermosas e inalcanzables, fue cuando en el comedor universitario un profesor de la universidad arengaba a los estudiantes con una música…

Calma pueblo que aquí estoy yo. Lo que no dicen, lo digo yo…

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XV

Al preguntarle si Venezuela es una dictadura o no, me da un ejemplo: él vio como una movilización se apostaba frente al Ministerio de Trabajo y que bajaba el viceministro de trabajo, sin resguardo policial, a buscar soluciones. Me dice que si eso no es democracia, entonces… Cuando le pregunto sobre si las movilizaciones de ese tipo eran frecuentes, me dice que no vio tantas. Cuando le pregunto si esa movilización era de miles… o de cientos… o de…

Era una huelga”. Juntos recordamos las desnutridas huelgas de la Av. Salaverry.

Hablamos un poco más del gobierno. Me dice que hay clientelismo por los programas sociales, que hay una tendencia al ocio; y que esa no es la idea de una revolución. Las revoluciones producen, me dice. Y para producir hay que exigir. Me comenta del individualismo de los bachaqueros, aquellas personas que revenden los productos de primera necesidad, y del difícil cambio que exigen los grandes procesos, pero que finalmente operan en las personas de carne y hueso. Me habla de una idea guevarista: “El hombre nuevo”.

¿Qué sientes ahora por Venezuela?

Se siente mal. Justo el chavismo perdió las elecciones parlamentarias en el día de su cumpleaños, 6 de diciembre. Sin embargo, cree que los venezolanos son “mil veces más conscientes” que nosotros. Por último, me habla de los aprendizajes. Chávez aprendió de Velasco, también de Chile. Si de algo se ha caracterizado América Latina contemporánea, dice, es del aprendizaje de los procesos alternativos. Hay que aprender… “hay que aprender de todos”.

XVI

Cambio de tema. Hablamos de su carrera, Ciencia Política, la cual no estudia para ejercer.

No pongas eso –ríe.

Dice estudiarla porque le da herramientas para la labor social. Que si entró a la Ruiz de Montoya, la universidad jesuita de Pueblo Libre, es porque una tía monja lo contactó con ella y que, en un principio, su padre quería que estudie Turismo. Hoy sabe que su hijo será politólogo.

–¿Y cómo tomas el hecho de que se ligue a la Ciencia Política con la administración del statu quo?

Hemos iniciado un camino sin retorno. Me dice que hay que para cambiar al monstruo, hay que conocerlo por dentro. Los caminos de la política nos conducen a la ética, el ejercicio del poder y la miseria que se vive en la patria.

Eso me deprime –confiesa–. Yo me deprimo.

Lo taso en una, mismo delincuente del espíritu. No me imagino a este tipo de suma seriedad en plan bolita. No me cuadra.

Tú no tienes depresión. Tú no, loco.

¿Ah no?

No. Tú tienes… Impotencia –y Carola instantánea nuestro abrazo.

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Le pregunto por quién votará. Consulto sobre Goyo Santos, el candidato preso y me dice que verá al final. No confía en Carlos Alcántara, el presidente del FONAVI. Al regresar sobre los pasos, volvemos a hablar de ética y política. Cita a la historia y rememora cuando Lenin pactó con el II Reich. Yo, para sopesar la idea de la política, le recuerdo a Patricio Navia, politólogo peruano que habla que en la política uno necesariamente se ensucia, pues es como la mecánica.

Me comenta sobre el Pomalcazo del FA. Y como si se volviera abogado del diablo, empieza a sugerir el beneficio de la duda a organizaciones o personas que se meten en política electoral por los fines que buscan. Habla de Cerrón, Malpartida, Villarán y sus habilidades para la agilidad de coyuntura. Y lo que dice tiene alguna semejanza a lo que plantea Levitsky cuando menciona que hay saltos de este tipo debido a la precariedad de las instituciones políticas. Recalca que se están cuestionando los medios, pero no los fines. Ahí la duda. Me dice que si Humala llegó al poder y se volteó, ¿qué pasaría si uno de los candidatos “volteados” llega al poder y sorprendentemente plantean algo de izquierdas? Dice también que ver a la política puristamente es, por decir lo menos, complicado. Pues uno ingresa a política, expresa, para ganar. ¿Para qué si no?

Ante el descalabro de mi sistema de valores gracias a movidas como las de Villarán, le pregunto, después de escuchar estos argumentos tan maquiavélicos (autor citado por él), tan pragmáticos, tan realpolitik:

¿Pero qué señales le están dando a quien…

¿A quién? –le pregunta al entrevistador de tartamudez ética.

–…A quien entra a política por primera vez y que se quiere valer de los principios? ¿Cómo entender a este sujeto hipotético que ve con horror a personas que literalmente hacen de todo para llevarse una tajada de poder?

No recuerdo si se queda pensativo, lo que sí logro memorizar es cuando le señalo que, con lo que plantea, se estaría formando un círculo vicioso de parte de esas personas de izquierda. Se lo digo porque no me creo que estas personas y sus reducidos círculos puedan dar el gran batacazo parlamentario a la hora de colocar o defender agendas en el Congreso. Es fácil pensar que serán engullidas por la máquina, por “El Bacán”.

¿Qué alternativas quedan? –pregunta el desesperado entrevistador.

No necesita de mucho tiempo para decir que hay que organizar a la gente, estar con el pueblo. Por ello, en vez de apoyar directamente a Goyo Santos porque es consecuente, de abajo y porque gente de Patria Roja que tiene deseos de transformar el partido lo apoya, él mantiene el deseo de hacer algo en la ciudad, de cambiarla, pues la tesis del campo a la ciudad no funcionaría en un bastión como Lima.

Entonces, ¿qué planeas? ¿En este panorama electoral dónde te colocas?

El piso es de cuadrados y ocupo exactamente uno. Cuando termino la pregunta salgo del cuadrado para estar en otro. Fonseca ve el forzoso teatro y responde:

Desde abajo.

 

Fotografías: Carola Campaña Alva

Día de la entrevista: 20-01-16